Los recuerdos más obstinados de mi infancia retroceden, una y otra vez, hasta la casa de la abuela donde yo escapaba tan pronto volvía de la escuela pues por aquellos pagos era yo el rey y la casa era como un principado maravilloso donde hacía y deshacía a mi antojo y albedrío. Mi sola tarea consistía en llevar grano a dos perdices que mi abuelo utilizaba como reclamo cuando salía de caza aunque también yo estaba muy dispuesto a acompañar a la abuela Goya hasta el tinao a llevar pienso a los chotos, o las sobras a la corte de los gorrinos o a asomarme por ver ordeñar a mis tíos en la cuadra mientras echaba paja al toro mocho.
La casa de la abuela era para mí, ya está dicho, como un alcázar prodigioso aunque tuviera el suelo de piedra pues no era sino la misma losa del terreno. Pues era una casa pobre, como todas las casas de aquel tiempo lo eran, pobres, con una parra que trepaba la pared encalada de blanco, unas matas de hierbabuena, claveles, jazmines y la higuera al fondo. Era la casa de piedra y adobes y contaba con angostos ventanucos, pues propiamente no eran ventanas sino pequeños huecos que eran como troneras. Un saloncito a la izquierda, la cocina después, dos cuartos ciegos y una suerte de desván donde se oreaba la matanza. Y esto era todo en el conjunto de dependencias imperiales de que les hablo. Pues imperiales eran, se lo aseguro, y como un recinto palatino me lo parecía, con su salón del trono que era, sin duda alguna, la cocina de la casa ocupada por un inmenso hogar y la lumbre siempre ardiendo. Allí, entre grandes calderos y bajo los trofeos de la matanza, hacíamos la vida, se hilvanaban conversaciones y discurría el día a día de cada día, cada uno con su canción.
Y era por Nochebuena cuando se abría una portezuela que estaba al dorso de la cocina, junto al poyo, y empezaba un animado trasiego por allí. Y es que en esa parte se encontraba el horno de pan, que no siempre cocía sino de vez en vez, y desde luego cuando llegaba la Pascua de Navidad que era el tiempo en que la abuela hacía tortas y rosquillas y bizcochos y finísimas galletas bañadas de azúcar, canela y limón que luego nos comíamos al paso de algún moscatel o algunos traguitos de anís.
Pero con la llegada de los productos envasados a la tienda de ultramarinos del pueblo y, más que nada,por los años que le fueron cayendo encima a la abuela Goya, el horno dejó de humear y así lleva, a oscuras, desde hace más de treinta años, lo que ya es lástima. Y aunque sabemos muy bien que ni vuelve el tiempo ni tropieza, y que la vida se nos va, también lo es que permanecen en nuestra memoria esos recuerdos fascinantes de un tiempo que fue y que puede seguir siendo si somos capaces de hacer memoria del mismo un rato. Y a este viaje quiero invitarte yo por esta Nochebuena, de la mano de unas ricas galletas caseras, como aquéllas que nos sacaba humeantes antaño la abuela del viejo horno de piedra y que sabían a gloria, y lo eran, de tanto amor en ellas.
Doña María almorzaba cada día junto a la ventana del comedor, sola. Vestía trajes de chaqueta de sobria elegancia, de cheviot o patas de gallo u ojos de perdiz, impecables sobre sus blusas blancas. A sus casi sesenta años hacia un lustro que había llegado como maestra al pueblo –la maestra, propiamente- y se alojaba en la pensión que mi madre regentaba y de la que antes se había ocupado la abuela.
Tenía doña María el pelo corto y cano y llevaba, por coloretes, la tristeza pintada. De piel lechosa y tersa, sus grandes ojos grises parecían una fuente clara; su expresión era severa pero no agria; su temperatura, prusiana. Era catalana pero, sobre todas las cosas, era una maestra nacional. Yo, que era un crío y que me había criado entre aquellos maravillosos pobladores de la pensión de mi madre, me arrimaba a escuchar las preciosas historias de doña María y también algunas canciones de melancólico sonar…
Les coses que jo voldria
són aquestes: bona sort,
aigua de Santa Maria,
una tartana i un hort…
Pues esto fue lo que escribió en el libro de dedicatorias de mi primera comunión poco antes de que marchara para nunca más volver. Y, al irse, todo calló y callaron las historias y se hizo el silencio en el comedor de la pensión hasta que, pasado un tiempo, apareció por allí Pedro el de Valladolid, un técnico electricista de ojos glaucos y bigotes galantes, que era un rato cuentista y tenía enamoradas a las chicas de la cocina.
Pero, además de las canciones, lo que más recuerdo de doña María eran las latas pintadas que nos traía por Nochebuena llenas de figuritas de chocolate, unas figuritas pequeñas de chocolate blanco y chocolate negro, riquísimas. Huecas por dentro, venían envueltas en dorados celofanes que representaban de costumbre a pajes y magos de Oriente o angelotes o pastorcillos. Y eran tan bonitas esas figuritas con sus papeles de celofán, y tan radiantes se me aparecían, que a mí me hacían contenerme y refrenarme, y de qué modo, y ponían como en entredicho mi glotonería la cual libraba un bárbaro combate con el esplendor de plata de las figuritas, y con el fulgor de sus efímeros trajes, hasta que, ante tan irresoluble aporía, un poco antes o un poco después, cabezas de pastorcitos y testas coronadas rodaban sin remedio antes de ser roturadas, pero no sin algún ahogo desde luego. Aunque luego me relamía por la presa cobrada, para qué lo vamos a negar, pues como decía esa vieja glotona del Toulouse del XVIII, madame Drouillet, el remedio más seguro para librarse de las tentaciones es sucumbir a ellas.
Y por eso he resuelto traerte unas figuritas para que las cates, y por ver si eres capaz de comprender esa tensión y ese frenesí que yo tenía; y por hacer memoria de doña María, la maestra; y para que de mí te acuerdes, siquiera un rato, esta Nochebuena.
Hace ya algunos lustros, muchos, tantos que su cuenta no llevo, me recuerdo muy bien aquellas mañanitas de aguinaldo que, en llegando Nochebuena, nos disponíamos, como si de una acción de asalto se tratara, por las casas a perpetrar. Y eso era propiamente, una suerte de irrupción que la ruidosa chiquillería, armada de latas y panderetas, y zambombas y alguna botella de anís, ejecutaba entre la complacencia de las gentes aunque también parecía como una maravillosa procesión de muchachos con todas sus músicas de irrealidad.
Y la cosa estaba en ver qué era lo que llevábamos a la talega, cosa de unas pesetillas no más, aunque la tía Julia siempre nos daba un duro, de los de antes, que era como un lucero o un astro de plata que mirábamos entontecidos con pasmo y turbación. Pero comúnmente eran naranjas lo que nos daban, y avellanas y nueces y castañas; y algún sorbito de anís con mazapanes y galletas, y ricas roscas de aceite de Navidad.
Llegado el momento de hacer cuentas, siempre me acordaré de mi arrimo por las castañas, tan ricas. Y de todas las castañas, unas pequeñas y blandas que nos daba la tía Victoria, que tenía un huerto y en su huerto un nogal y que nada más tenía por lo que era cosa de mucho mirar y remirar de dónde sacaba esas castañas. Y nos parecía como cosa maravillosa y de mucha pesquisa y averiguación saber de dóndediantre podía la tía Victoria sacar las castañas cuando sólo tenía un nogal. Y magia tenía que ser, pensábamos nosotros.
Y así me tuvo cavilando el asunto mucho tiempo, y meditabundo me tuvo, sobre todo en los tiempos de aguinaldo, hasta que un día ella se murió y se llevó consigo en la mortaja el enigma de las castañas, que un misterio grande tuvo que ser, y de mucho secreto y admiración, también ahora cuando, al pasar por la plaza, veo las altas ramas del nogal.
Y por eso quizá este año me he ido a por unas castañas que he mandado moler y cocer con azúcar y miga de mazapán para que te las comas estos días de nevisca e hielo azul de Nochebuena, y para que te entones y pongas un poco de fuego en las tripas, que hace bien. Y por hacer memoria de aquellas castañas estupendas cuya paternidad en vilo nos tenía a los muchachos, y de la misma tía Victoria, que se nos fue. Y por felicitarte esta Nochebuena que, como un precioso aguinaldo, nos llega otra vez, como llegaban aquellas castañas maravillosas a mi poder.
Lo más inquietante de nuestra cultura, y lo más amenazador, es que no puede acercarse a algo sin des-hacerlo; esto es, sin moler en su molino su ser e identidad propia para mejor asimilarlo a las categorías superiores, absolutas y definitivas, que son las del tiempo presente, culminación y plétora de la historia. Porque si de algo hay constancia, pues en todas las bocas está, en todas, es que a la plenitud hemos llegado: a la plenitud y la felicidad completas.
Y, claro, esta situación tiene su qué pues, habiendo tocado con nuestros dedos la decantación definitiva de la historia, manifestada en radiante teofanía por los nuevos dioses del mundo, uno sólo puede que admirarse ante un conjunto tan acabado. Pero ni admirarse siquiera porque ante un círculo tan redondo ya no habrá espacio para el estupor, ni para la alegría habrá espacio, y para las preguntas no habrá, porque cualquier novum habrá sido debidamente orillado y arrojado después al desván de las cosas viejas.
Y es que de algo hay evidencia: es el nuestro un tiempo de liquidaciones por cierre del establecimiento.Un mundo y una cultura antigua –la cultura tout court- están siendo sepultadas alegremente, entre la irrisión y el desprecio, mientras ruge el estrépito de la trompetería, las músicas del progreso y la postmodernidad, de los nuevos demiurgos. Sólo importa el hoy y el ahora mismo que, como una folie du jour, detiene la vida y clausura lo real amputando el horizonte ilimitado del hombre. Las cosas se vuelven irreales, y no se sostienen solas, porque de la realidad presente se quiere eliminar el pasado ausente, con sus memorias.
Porque la cultura ha sido convertida en un artilugio o divertissement, en un conjunto de operaciones vicarias para olvidar la muerte pero aún más radicalmente para prevenirnos contra el amor.Pues en el amor se muestra el milagro y éste es el problema precisamente: que unas palabras de amor al borde del silencio son más poderosas aún que las que levantaron el mundo, y muy subversivas. Y si el amor no cuenta, y si, como escribiera Stéphan Mallarmé, la carne es triste y las palabras son mentira, ¿qué haremos? ¿y cómo coceremos el pan de cada día?
Uno, que tiene los huevos ennegrecidos del humo de mil batallas, va perdiendo con el tiempo la capacidad de indignarse. Se da la vuelta, apaga la radio, como si no quisiera escuchar la noticia inevitable, mientras se lame las heridas al sol. Es lo que tiene vivir en un mundo donde la mentira es la gobernadora de todo, la gobernadora, y la impostura aparece como el más grande de los deberes del vivir.
Sin embargo, nos lo decía Pascal, están ustedes embarcados. Y eso, pese al navío que nos lleva, que la nave de los locos es, nave de insanos y salteadores de caminos. Y porque lo estamos me veo obligado a dar la voz de un asunto que me ha llegado muy de mañana y que va de eso, de salteadores de caminos precisamente.
Ayer el diario El País [no hay boda sin la tía Juana] acusó a la concejal de cultura de Majadahonda (Madrid) de haber retirado de la programación municipal la proyección de la película Camino, de Javier Fesser. Esta higiénica decisión fue tomada por la concejal tras escuchar las numerosas protestas de sus vecinos los cuales se sentían denigrados y ridiculizados por el contenido de la película en cuestión. La retirada de la película ha permitido que la prensa progresí se lanzara a tumba abierta contra la concejal acusándola de retrógrada, cavernosa, fascista y demás adjetivos ad usum para estos casos.
A la acostumbrada lapidación practicada por la división acorazada progresí, me gustaría humildemente añadir algo:
La película es, a mi parecer, mala de solemnidad o ad nauseam. Y lo es no tanto por la historia en sí –una más entre mil- sino porque es una película viciada ab initio. En efecto se trata de una película mentirosa y completamente tramposa, donde la trama no fluye por la deshonestidad de su planteamiento y donde los personajes son, desde el principio, previsibles; de la commedia dell´arte parecen y es milagro que Arlequino y Colombina no aparezcan, enmascarados, que de eso va precisamente. Los personajes no crecen, ni crece la historia. Al tratarse de una película ideologizada y que tiene como objeto el transporte de ideología, se procede a caracterizar y encorsetar a los personajes como si fueran muñecos, buenos o malos, sin redención posible. A un lado los buenos, al otro los malos: maniqueísmo de alta escuela. Los personajes son in-humanos, robóticos; ya desde el principio sabemos quién será indultado y quién condenado. Lo dicho, un horror.
Pero ha ocurrido sin embargo que, al tiempo, las salas de cine están pasando en paralelo otra película, Doubt, La duda. Este film toca un tema tan sensible como el de Camino pero, a diferencia de ésta, a mi parecer, la película americana es soberbia. Y no sólo por la caracterización espléndida de los personajes, sobre todo de Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman, sino porque –al contrario que Camino- los personajes son creíbles. Ninguno de ellos es completamente bueno ni completamente malo, en cada uno se entreveran las luces y las sombras, la sal y el azúcar: son reales verdaderamente, son humanos, no monigotes de pim-pam-pum o muñecos de feria como los de la película de Fesser.
Y algo más hay que decir. La intención de Camino no es contar cosas. Seguramente el productor, el señor Roures y la banda [de música] de la Sexta, saben muy bien que los grandes relatos se han terminado. Como decía M. Blanchot: Un récit? Non, pas de récit. Plus jamais[¿Un relato? No, nada de relatos. Nunca más]. Nada de relatos en estos tiempos de plenitud. Se acabaron los relatos. De lo que se trata, comme il faut, es de triturar a la Iglesia o, por mejor decir, a la Iglesia Católica a la que quieren pasar por los dientes del pasapuré. No tiene otro objeto ni más intención esta película.
La concejal ha tomado, cosa rara, una decisión correcta a mi parecer. Lo ha hecho en el uso legítimo de sus facultades y prerrogativas. Y lo ha hecho en atención a sus vecinos, cosa desacostumbrada en el theatrum político. Pienso que el que quiera ver la película, ahora que estamos en Cuaresma y es tiempo penitencial, que la vea, naturalmente, pero que se afloje el bolsillo y se vaya a una sala comercial. Nada que objetar a las nuevas y exquisitas formas de flagelación. Pero lo que no es normal es que los dineros públicos se destinen a la promoción de la carcundia antieclesial, a que los nuevos y descreídos salteadores de caminos hagan caja a costa de todos y al pregón de productos tan lesivos y tan insultantes para las creencias de la gente. A otro perro con ese hueso.
Todo llega y es llegado el momento de ir echando a andar con Vincula Christi, asociación civil constituida el pasado 29 de septiembre y aprobada oficialmente el 3 de diciembre del presente. El Preámbulo de la Asociación ya lo publiqué en este blog de "El tiempo roedor" y también en el blog de la asociación www.vinculachristi.blogspot.com a fin de que pudieran hacerse una idea general de la misión que tenemos por delante.
Sin embargo ha llegado el momento de empezar a andar y eso requiere alguna organización. Saber al menos cuántos somos a la hora de empezar, elegir una Junta Directiva y unos órganos de representación, determinar las prioridades, recoger sugerencias y propuestas, vernos, conversar, almorzar juntos; es decir, conocernos mejor y ver por dónde tiramos y cómo. Les propongo entonces que nos reunamos en el Monasterio de San Julián y San Antonio de La Cabrera (Madrid), un mágico recinto proto-románico del s. IX, enclavado en un bellísimo paraje de la sierra de La Cabrera. Un sitio al que estoy muy vinculado por muchas razones que les contaré a su debido tiempo. Los monjes nos dejarán una sala de reuniones y además celebraremos allí una misa "fundacional". La idea es que llevemos cada uno alguna cosita para comer y almorzamos allí también. O sea, retiro monástico absoluto.
Nos hemos dado cita el sábado 24 de enero, festividad de San Francisco de Sales -patrono de escritores y periodistas, por cierto- a las 10,30 de la mañana . Mantendremos una reunión hasta las 13; celebraremos una Misa después en el viejo cenobio mozárabe, almorzaremos y proseguiremos un rato de sobremesa con la reunión. Quien pueda y quiera incorporarse a esta aventura apostólica, sea bienvenido. Quienes vengan tengan la bondad de confirmarlo en este blog. Y si quieren que acuda alguna otra persona que a su juicio sea conveniente que esté o pueda tener ganas de incorporarse a la Asociación, pueden invitarle con absoluta libertad.
Quisiera dejarles, antes de despedirme, unos versos del poeta y premio Nobel de literatura, Eugenio Montale. El poema lleva por título "Antes del viaje":
Antes del viaje se escrutan los horarios,
los enlaces, las paradas,y las reservas...
(En fín, antes del viaje, uno lo prevé todo)
Antes del viaje se está tranquilo [...]
Después se parte y todo está OK,
y todosale bien y es inútil.
(De acuerdo, hagamos un crucero. Todo OK. ¿Y luego? Ha resultado inútil)
Y ahora, ¿qué seráde mi viaje?
Demasiado cuidadosamente lo he estudiado [mi viaje],
sin saber nada de él.
(Como el hombre moderno, que hace mil análisis pero no comprende nada del significado). Aunque Montale continúa...
Un imprevisto
es la única esperanza.
(Todo está previsto ¿no?, todo ha sido previsto. Pero un imprevisto es la única esperanza). Y el poeta concluye:
Pero me dicenque
es una estupidez decírselo.
Cristo es el gran imprevisto. Él es la única esperanza.
Habrá que decirlo.
Feliz Octava de Navidad y que el año que asoma por la esquina nos sea benigno a todos.
Todo llega y es llegado el momento de ir echando a andar con Vincula Christi, asociación civil constituida el pasado 29 de septiembre y aprobada oficialmente el 3 de diciembre del presente. El Preámbulo de la Asociación ya lo publiqué en este blog de "El tiempo roedor" y también en el blog de la asociación www.vinculachristi.com a fin de que pudieran hacerse una idea general de la misión que tenemos por delante.
Sin embargo ha llegado el momento de empezar a andar y eso requiere alguna organización. Saber al menos cuántos somos a la hora de empezar, elegir una Junta Directiva y unos órganos de representación, determinar las prioridades, recoger sugerencias y propuestas, vernos, conversar, almorzar juntos; es decir, conocernos mejor y ver por dónde tiramos y cómo.
Les propongo entonces que nos reunamos en el Monasterio de San Julián y San Antonio de La Cabrera(Madrid), un mágico recinto proto-románico del s. IX, enclavado en un bellísimo paraje de la sierra de La Cabrera. Un sitio al que estoy muy vinculado por muchas razones que les contaré a su debido tiempo. Los monjes nos dejarán una sala de reuniones y además celebraremos allí una misa "fundacional". La idea es que llevemos cada uno alguna cosita para comer y almorzamos allí también. O sea, retiro monástico absoluto.
Nos hemos dado cita el sábado 24 de enero, festividad de San Francisco de Sales -patrono de escritores y periodistas, por cierto- a las 10,30 de la mañana . Mantendremos una reunión hasta las 13; celebraremos una Misa después en el viejo cenobio mozárabe, almorzaremos y proseguiremos un rato de sobremesa con la reunión.
Quien pueda y quiera incorporarse a esta aventura apostólica, sea bienvenido. Quienes vengan tengan la bondad de confirmarlo en este blog. Y si quieren que acuda alguna otra persona que a su juicio sea conveniente que esté o pueda tener ganas de incorporarse a la Asociación, pueden invitarle con absoluta libertad.
Quisiera dejarles, antes de despedirme, unos versos del poeta y premio Nobel de literatura, Eugenio Montale. El poema lleva por título "Antes del viaje":
Antes del viaje se escrutan los horarios,los enlaces, las paradas,y las reservas...
(En fín, antes del viaje, uno lo prevé todo)
Antes del viaje se está tranquilo [...]Después se parte y todo está OK, y todosale bien y es inútil.
(De acuerdo, hagamos un crucero. Todo OK. ¿Y luego? Ha resultado inútil)
Y ahora, ¿qué seráde mi viaje?Demasiado cuidadosamente lo he estudiado [mi viaje],sin saber nada de él.
(Como el hombre moderno, que hace mil análisis pero no comprende nada del significado). Aunque Montale continúa...
Un imprevistoes la única esperanza.
(Todo está previsto ¿no?, todo ha sido previsto. Pero un imprevisto es la única esperanza). Y el poeta concluye:
Pero me dicenque es una estupidez decírselo.
Cristo es el gran imprevisto. Él es la única esperanza.
Habrá que decirlo.
Feliz Octava de Navidad y que el año que asoma por la esquina nos sea benigno a todos.
Me acuerdo que, siendo un chico, no había acabado de sonar la campana de la escuela anunciando el paréntesis de la Nochebuena cuando ya estaba yo corriendo a casa de la abuela a pedir posada y allí me instalaría por dos o tres semanas como un pequeño príncipe real, para mi felicidad y la de ellos. Eran aquéllos los días de la matanza y todavía resuenan la algarabía y el bullicio, las idas y venidas de familiares y vecinos, los ganchos y cuchillos del sacrificio, las brasas, las artesas y toda la cacharrería. Estoy viendo los pucheros, calderos ymarmitas en su siempre hervir junto a la lumbre, a madre y a las tías lavando las tripas en el arroyo, los palos ahumados de la cocina de donde colgaban adobos, morcones y somarros. Y hasta escuchar puedo el ronco y monótono sonido del carrizo frotando la piel de la zambomba, el cencerro de las cabritas que el tío guardaba en el tinado de atrás o el clarín del gallo rasgando, como si de un velo de seda se tratara, la delgada piel de la noche.
Cuando la quietud volvía, diezmadas ya morcillas y longanizas, las manos de la abuela Gregoria obraban el verdadero milagro con los cazos y los pucheros, convertidos en lámpara de Aladino: sopa rica de berros y croquetas de acedera, una fuente de cardos borriqueros con la crema de la bechamel, que como filtro de amor era, los guisos de conejo salteados con hierbas y endrinas, la sopa de arroz con malva, el gallo de corral con romero molido y vino blanco, qué fiesta para una cena amistosa, o una deliciosa tortilla con brotes de hinojo. Aunque el momento más glorioso –ya me conocen, el burro siempre vuelve a las coles- es cuando preparaba esos postres prodigiosos que tanto me turbaban y sacudían como los buñuelos fritos y remojados en licor, el bizcocho de moras y avellanas o unas simples tortas de aceite con un toque de café y limón que eran para pasmar al rey de Persia y a toda su corte. Aunque más pasmados quedarían si probaran el flan de castañas que hacía por Navidad, exaltado con nata, una pizca de anís y ralladura de naranja; misterioso avío, no me digan.
Se dice que componendas como éstas descuentan en el Purgatorio a quien las hace yprobablemente a quien las prueba y es a lo que yo te he de convidar esta Nochebuena, para mi bien y el tuyo: a unos gajos de naranja cubiertos de chocolate, a unas guindas mareadas y a trufa. Para hacer memoria de la abuela, claro, y de sus santas manos, y para que de mí te acuerdes ahora que se anuncia ya, entre nieves, la Nochebuena.
Como hay algunos que nos pasamos el tiempo discurriendo cabronadas y cavilando algunas maldades, ha tiempo que les anuncié que estábamos en ello y pergeñando una. Algunos amigos como McMurphy, Fredense y otros manifestaron en su momento su interés por pertenecer a una asociación, que quiere ser guerrera, y que acabamos de crear con el nombre de Vincula Christi, cuya traducción del latín sería algo así como "Capturados por Cristo" o "Atrapados por Cristo". La razón de ser de esta Asociación -de carácter civil y con vocación de zambullirse en las pantanosas aguas de la laicidad- no es otra que dar testimonio de nuestra alegría de ser hijos de Dios, dar razón de nuestra esperanza, dar cuenta de la experiencia cristiana y ser colaboradores eficaces de la misión ad gentes que los creyentes, en cuanto miembros de la Iglesia, tenemos encomendada.
A continuación les transcribo el Preámbulo de la Asociación que resume bastante bien nuestras intenciones. Si alguno de ustedes quiere incorporarse a esta aventura, será bienvenido; ya saben que lo pasaremos rabiosamente bien y daremos cuenta de ese verso de Jose María Pemán que decía:
No hay virtud más eminente
que el hacer sencillamente
lo que tenemos que hacer.
Si alguno quiere complicarse la vida, no tiene más que decirlo.
Asociación Vincula Christi.- Preámbulo
El hombre busca la verdad y alguien de quien fiarse, escribe el Papa Juan Pablo II en la carta encíclica Fides et Ratio. Y esta búsqueda, junto al deseo de la belleza y el bien, es el factor determinante de lo humano por cuanto en ella se desvela, siquiera parcialmente, la humanidad al hombre. Por eso, ponerse en búsqueda, es una exigencia para poder construir la vida sobre una verdad que la inteligencia pueda reconocer como tal.
Esa búsqueda que trataba de comprender el Lògos de la realidad llegando a su primer principio ha cristalizado, en nuestra cultura occidental y de un modo sobresaliente, en la experiencia cristiana, que ha fecundado y vertebrado la vida de los hombres durante largos siglos, arrojando a su paso un torrente de creaciones espirituales, artísticas, filosóficas, asistenciales y culturales de extraordinario valor. Sin embargo esta experiencia, desde hace cinco siglos ya, quedó fragmentada dando paso a lo que ahora conocemos como modernidad caracterizada por la fractura nominalista entre el ser y la palabra que terminaría alumbrando el absolutismo y una concepción de la relación del hombre con el mundo circunscrita a términos de puro dominium.
Estos hechos, entre otros, dieron lugar a la marginación de la experiencia cristiana a un espacio propio y cerrado que es una invención típicamente moderna: el espacio de lo religioso, separado y fuera de otros espacios del conocimiento y de la actividad humanas, concibiéndose como dos mundos inconexos y extraños el uno para con el otro. Este es el origen del dualismo que ha ido contaminando más y más esa experiencia cristiana y que ha terminado generando el ateísmo y el nihilismo contemporáneos. Porque ha sido ese confinamiento de la experiencia cristiana a un espacio “propio”, aunque también la reducción de esa experiencia a un conjunto de prácticas rituales o de abstracciones doctrinales o morales, lo que hace imposible que Cristo pueda ser percibido como clave de lo humano.
Pero, pese a tantas sombras y dificultades, la historia de la Encarnación permanece en el espacio y en el tiempo aunque, en cierto modo y especialmente durante la modernidad, hayamos presenciado una cierta “desencarnación” manifestada en la secularización, descristianización y disolución de la propia modernidad en una cultura de la muerte, marcada cada vez más por la censura y la abolición de lo humano. Y por eso hoy más que nunca a los cristianos nos corresponde dar testimonio y dar la voz al mundo de la dignidad sagrada de la persona humana en tanto que persona humana, y de la consecuente dignidad de la razón y de la libertad.
A los cristianos nos corresponde anunciar la verdad última sobre la vida del hombre, Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). Por eso la diaconía de la verdad es esa misión que asume la comunidad creyente dirigida a comunicar las certezas adquiridas aun a sabiendas de que, como dice San Pablo: Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial pero entonces conoceré como soy conocido (1 Co 13, 12). Sólo así superaremos esa fractura entre fe y razón, esa separación entre Dios y la creación (la realidad), característica de la modernidad.
Por eso, los miembros de esta Asociación, y en línea con lo expresado por el Concilio Vaticano II, afirmamos que Cristo, el Señor, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y descubre la grandeza de su vocación. Afirmamos también que Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin (Ap 21, 6; 22,13), que todo ha sido creado por Él y para Él y todo tiene en Él su consistencia (Cl 1, 18), que Cristo es el centro del cosmos y de la historia (Redemptor Hominis, 1) y que, como leemos en la Carta de San Pablo a Filemón, Cristo es el verdadero libertador. Por todo ello, el acontecimiento de Cristo tiene consecuencias decisivas para la comprensión del hombre y de la realidad.
Y siendo así las cosas, y porque la experiencia cristiana da respuesta a las preguntas y aspiraciones más profundas del hombre, también en esta hora de la historia, y porque, como decía Hans Urs von Balthasar, es urgente abatir los bastiones en los que está encerrada, nosotros, los últimos trabajadores de la viña del Señor, nos disponemos, desde la libertad y el afecto por todos los hombres, a comunicarla.
Hasta ese día eran sólo algunos ademanes y maneras, y mínimos ciertamente, los que podían revelar que Julián era un muchacho distinto de los otros aunque, para los más, era un raro, como su padre o las tías con las que vivía y que le trataban como a un infante real. Pues eran estas señoras de muchas armas tomar, y pólvora disparaban, pero también eran eruditas, y de nota, por lo que, ya desde la cuna y muerta la madre en aquel pozo funesto, quisieron hacer del chico un hombrecito y le aficionaron a mirar álbumes con pájaros maravillosos o fieras sobrecogedoras y a guardar estampas o cromos y postales en cajas de lata pintadas o a recortar con las tijeras las cartulinas de colores con uniformes de granaderos, húsares y dragones.
- Hay que ver mundo, le decían todos los días; y por ahí parece que asomaba.
Porque estaba claro que aquella aldea no era mundo propiamente, o a ninguno le parecía que lo fuese, como si no fuera mundo.
Y luego estaba eso de que él no hacía las mismas cosas que los demás pues no era de los de estar a cantazos por las callejas ni correr como un bobito detrás de una pelota. Tampoco blasfemaba ni robaba cigarrillos al señor Tomás en la taberna ni andaba cogiendo nidos o destripando ranas. Y por ahí empezaron los cargos y acusaciones y las otras investigaciones circunstanciadas que luego se verían.
Pero hasta aquel día de carnaval no empezó el proceso a tomar bulto y grosura, aunque ya se veía que el racimo iba maduro aunque con mosto amargo. Y que cualquiera valía para pisar la uva y derramar el zumo en tierra de hombres. Y el derramamiento como piedra de molino es, que todo lo mastica y muele, y a los hombres muele y a las cosas este mundo en su molino.
De manera que todo empezó por una nada, que ni una bagatela era sino nada, cuando al salir del baile de máscaras de la casa de cultura, se les acercó el Pascualillo, el tontito del pueblo, dulcísimo, alabeando de lado, por mendigar unas perrillas. Y unos se las dieron y otros no se las dieron pero Julián, además de acercarle unas pesetillas, le dio un beso.
Y ese día a cuchilla le destriparon. Le destriparon como se destripa o desarma un cojín lleno de blanca pluma de ave; una raja limpia y ya.
-Maricón, gritó alguien detrás de una máscara.
Y ahí empezó el derramamiento y no hubo ya quien lo parara. Aunque otros dicen que sangre roja era lo que echaba, y que sangrando andaba, como sangra una gallina cuando las demás advierten que está herida y la matan enloquecidas a picotazos en la cabeza. Pues en la cabeza y a picotazos propiamente lo mataron y no las aguas negras del pozo cuando aquella tarde se cansó de ver mundo y bajó a buscar a su madre.
La primera muestra de los hermanos Chapman en España (Málaga) supera las 18.000 visitas
MALAGA, 11 (EUROPA PRESS)La exposición de los hermanos Chapman instalada en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Málaga, y que es la primera muestra individual de Jake y Dinos Chapman en España, recibió más de 18.000 visitas desde su comienzo, el pasado día 30 de abril.
'El Matrimonio de la Razón y la Miseria', que concluirá el 25 de julio, reúne un total de 10 obras, producidas entre los años 2000 y 2004, entre series de grabados, esculturas e instalacionesEstos artistas, pertenecientes a la generación de los llamados Jóvenes Artistas Británicos, son conocidos en todo el mundo tanto por sus obras "impactantes" y "provocadoras" como por su "gran talento para el dibujo y la escultura".La exposición ha tenido "muy buena acogida y creíamos que esto era difícil ya que son unos artistas muy polémicos, de hecho esperábamos reacciones mas contrarias", afirmó la coordinadora de la exposición, Helena Joncosa, a Europa press.La instalación de la obra 'La Violación de la Creatividad' "ha centrado la atención del público malagueño, ya que invitan al espectador a pintar sobre lienzos", según informaron fuentes del CAC. La obra es una caravana forrada en su interior de pornografía y coronada por una "M" de McDonalds que a su vez aparece rodeada por excrementos de perro y otros desechos. Una de las obras que ha causado más polémica en el 'Agravio para Insultar al Agravio' y reúne 80 grabados de Goya en los que los artistas Jake y Dinos Chapman pintaron sobre las caras de las figuras representadas cabezas de payasos, animales y criaturas monstruosas. Joncosa destacó que "a pesar de la manipulación de la obra del pintor aragonés, la obra ha recibido menos críticas de las esperadas".Desde el centro tienen constancia de la asistencia a la exposición de los hermanos Chapman de visitantes del extranjero y del resto de España. El 25 de julio finaliza la exposición y se trasladará a un centro de arte de Suecia.
DE ARTISTAS Y OTRAS LACERACIONES
El mal, desde luego, lo que quiere son voceros. Y no los encontraría mejores ni más dispuestos ni entrenados que en las perfumadas lonjas del arte. Porque algún placer, sublime o sublimado, ha de haber en el hervir frenético de corrillos y reuniones expertas concitadas para explorar, o eso dicen ellos, las relaciones entre arte y violencia, o arte y terror, o como llamarlas quieran. Pues todas estas voces y decires son perfectamente intercambiables y vienen a ser lo que don Miguel de Unamuno llamaba chiboletes o contraseñas; trucos, en fin, para que no haga falta explicar nada aunque todos sepamos, en este tóxico almuerzo, a qué mantel nos han sentado.
Por eso uno, que recorre a menudo esos corrales, se admira al ver como losnuevos muecines que son los artistas concienciados y postvanguardistas, convocan al personal al oficio divino al grito de “ir contra toda violencia” o “contra la violencia mediática”, qué risa, aunque también vociferan, por ejemplo, sobre “la perspectiva crítica sin rehuir la expresión ideológica” o “la crítica a la hipocresía que envuelve el discurso de la razón de la ética capitalista” o acerca de la “grieta en la realidad del mundo civilizado”; qué cosas, madre. Porque ahora a cualquier ocurrencia lo llaman “reflexionar” y hasta para salir de paseo debe ser “en diálogo con”, lo que explica que gentes como los hermanos Chapman dialoguen con Goya sobre los muertos y otros muchos detalles de ultratrumba, aunque nadie nos ha dicho si Goya tiene algún interés en dialogar con ellos, que va a ser que no de cierto. Pero, al parecer, estas amenas conversaciones acontecen porque la vieja estampa de la muerte era, o así les parece, insuficiente para la denuncia del peor horror que, como es sabido y probado, es el occidental, europeo o norteamericano.
Pero hay, de todas formas, un pequeño problema, o dos. El primero es que la autonomía o descatequización del arte, su modernidad, se tiene por ganancia, según repiten como un mantra los altavoces del alminar, de una razonabilidad civilizadora y esto lo que significa es que se ciñe al ámbito de la cultura opresiva, o sea, al “arte materializado” -como expresa esa jerga- “en países capitalistas y en obras creadas por varones occidentales de raza blanca”. Y la segunda cosa que se olvida es que el arte mismo tiene su propia historia de brutalidad y matanza que ha venido a añadirse, o de peralte ha servido, a los propios horrores del mundo pues es muy claro que el propio arte ha esmaltado y hermoseado muy a menudo, o ha ocultado groseramente, la historia del mal mismo. Y eso si no llevamos cuenta de las veces que los propios artistas, como expresan los manifiestos surrealistas y dadaístas, pero también Bardem y su cuadrilla,han echado mano al revólver “para disparar a la multitud” o han llamado a la violencia liberadora o a “cantar al movimiento agresivo y al golpe de puño”, que decía Marinetti o, sin tanto pleonasmo, madame Regás. Y el que quiera engolfarse más pues que pegue un trago al manifiesto futurista publicado en Le Figaroel 20 de febrero de 1909 y verácómo pasa el aguardiente.
“Es Arte” dijeron los hermanos Chapman, y con eso todo estaba dicho. Porque los nuevos oráculos son también Intratables Pontífices, y su palabra es la ley, versión novísima del Roma locuta, cosa finita. ¡Es Arte! La sola palabra, mágica y poderosa, se sobra y se basta ahora para eludir cualquier apreciación de derecho y justicia, amparando, bajo sus democráticas escamas, cualquier acción que en cualquier otro sitio o lugar sería seguro asunto de la fiscalía.
Hay una frase de Emmanuel Levinas que retrata como pocas la cara interna de nuestro tiempo. Hay épocas, escribe, en las que se puede sentir vergüenza del goce artístico, como de hacer festejos en plena peste; y eso lo dice un iconoclasta hebreo para quien el goce artístico es sólo una dulcería o una golosina, un regaliz acidulado y adiposo, imposible sustituto de la Belleza Única e Invisible. Porque otros, con más verdad todavía, sostienen, como Hans Urs von Balthasar al comienzo de su inmenso Gloria, que la belleza es la primera palabra pero también la última palabra que les es dado escuchar a los hombres.
Y es curioso cómo se crispa la peña cada vez que escucha la palabra “belleza”, esa chuchería exótica del pasado burgués. Y esto ocurre porque es el nuestro un tiempo, dice Von Balthasar, en el que el hombre se siente humillado y degradado ante la profanación y negación de las formas. Y son los cristianos –sigue diciendo- los que asumen la responsabilidad de la forma, porque saben del origen de esa forma, en el que no hay ni un espíritu sin cuerpo ni un cuerpo sin espíritu.
Porque el arte no pierde su vergüenza por ser un gozo –que no un goce, atentos-, sensible, sensual, carnal también, sino por detenerse ahí y por ponerse al servicio de cualquiera de los señores del mundo. Y de eso tuvo algún vislumbre o parpadeo el mismo señor Levinas, lo tuvo, pues no se explica de otro modo que llegara a escribir que “la Cruz libera”, y lo hace porque su promesa de libertad lo es contra el tiempo de hierro, contra el tiempo que pesa, y contra la imposibilidad de todas las cosas humanamente imposibles.
Porque ¿quién ha dicho que la belleza, o el amor, que no son de humana medida, tengan su equivalencia o justiprecio políticos? No lo tienen, desde luego. Y esas ideas mundanas de paz y de justicia, o de progreso y solidaridad, en las gratificadas y muy remuneradas manos de los artistas, dorados abalorios con los que salir a escena son o pálidos conejos que sacar de la chistera; engagement político al fin y al cabo, cantos rodados por la pendiente de la docilidad, el precio y la mentira.
Porque el mandamiento artístico verdadero no procede de leyes humanas sino de un amor, de un amor incancelable por lo vivo y real que intenta devolver, a la realidad, la altura en la que lo real y lo vivo es oscuro o hermoso, y hasta horrísono o cruel, pero es siempre verdadero. Pues todo lo creado gime, como un gran parto, se dice en Romanos, en el dolor de ser, que lleva en sí algo del ansia de seguir siendo, de volver a ser en otra ronda que nunca se acabe, o de ser eso mismo que es ahora, aunque a otra luz. Amor intenso y escrupuloso para las cosas, decía Azorín.
El arte antiguo no es que se desentendiera del espanto de los hombres ante los crímenes del mundo; sencillamente no se ha entendido con él, ni ha esposado sus horrores. Arte y artista se han des-comprometido de lo estrictamente social o político o mundano; salvaguardando así el espacio infinito e imprescriptible. Y éste es el extravío de todo artista comprometido, según cree él, con la justicia, no digo ya con la filfa del progreso: no el de no saber, cuya ignorancia lo salvaría, sino el de creer que sabe las causas del mal y sus tratamientos o soluciones artísticas y estéticas, convencido como está de que la estética es la que ha salvado los restos del naufragio de las ideologías. Porque el mal no es un problema; es sustancialmente parte de la realidad que, buena o mala, justa o injusta, apacible o áspera, está viva y es verdadera. Y por eso lo que quiere el mal es que el arte se le entregue, y que encuentre en él y en su lenguaje su único alfabeto. Y esto por muy transgresora o denunciante, o crítica, que nos parezca su mascarilla, es decir, la trampa de su artística representación.