El tiempo roedor
 
Página pricipal del blog


Enviado a las 09/05/2008 23:09:11
De viaje con Teresa

Bien que caigan unas hojas del calendario, tres lunas gibosas o menguantes más exactamente, y se vaya arrimando el estío con sus estiramientos y calenturas,  o sus avasallamientos y premuras, ya estaremos hechos un ovillo de nervios por estas tierras meridionales preparando el tinglado y la intendencia para salir corriendo hacia la mar inmensa o hacia la montaña fascinante a lomos de esas reluctantes carrozas metálicas con que las gentes se transportan ahora por los mundos de Dios, no sin antes dejar algunas cruces por el camino para socorro de las estadísticas.  Y uno, cuando ve lo que estos tiempos nuevos y feroces han traído, que sal y arropes o fiebres y mordeduras han traído, no puede menos que recordar aquellas viejas historias llenas de apuros que nos cuenta esa viajera brava y animosa que fue Teresa Sánchez y cómo ella se las apañaba junto a unas flacas mujercitas en sus idas y venidas, vueltas y revueltas que pegaron.

 

Porque cuenta la susodicha que, yendo a fundar a Valladolid por los secarrales castellanos, y como ignoraran el camino, lo erraron; y que anduvieron aquel día con harto trabajo porque hacía muy recio sol. Y que cuando creían estar llegando, otro tanto les faltaba y que parecía aquel juego como el de las aporías de Zenón pues no había manera de dar remate al camino. Y, claro, ella se recuerda del molimiento y el desvarío que traían y de lo fatigoso que es allanar los negocios para dejar a Dios servido. Y todo esto había que hacerlo como en precario, pues marchaban sin blanca, en una andadura interminable.

 

A falta de otra cosa mejor, circulaba Teresa en una carreta cubierta, muy cubierta, con grandísimo encerramiento, que siempre era ésta nuestra manera de caminar, para evitar impertinencias de mirones y proteger la vida de comunidad bajo el toldo pero, si las circunstancias mandaban, no se andaba con remordimientos y tiraba de coche, que era un lujo, como el que le ofreció don Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila, con velos largos y una campanilla de plata que convidaba a la oración y al oficio divino. La de Alba y la de Éboli también le prestaron los suyos de vez en vez aunque, metidos en aguas, los coches eran un tostón y un quebradero de cabeza. Y, llegado el caso, hasta aceptaba la litera, un vehículo de placer ciertamente, como se lo dice por carta a María de San José, cuando le transmite las quejas de la priora de Granada, Ana de Jesús, escandalizada al ver aparecer en coche de litera a las monjas procedentes de Sevilla…

 

No he dicho a Vuestra Reverencia  cuán en gracia me ha caído la queja que tiene de la Madre Priora de Granada y con tanta razón. Porque antes se lo había de agradecer lo que hizo y el enviarlas con tanta honestidad, y no en unos borriquillos que las viera Dios y todo el mundo. Así fuera litera, y aun no lo tuviera yo a mal, no habiendo otra cosa. Dios me la guarde, mi hija, que ella lo hizo muy bien; y a quien no le pareciere así, no le dé pena, que son melindres.

 

Y es que muy bien sabía ella lo que era trastear en un asnillo porque bien que se acordaba, y cómo, de la caminata que años atrás, y en pleno diciembre, tuvo que arrearse para obedecer las órdenes estúpidas de un superior muy necio que la hizo salir de Medina rumbo a Ávila a lomos de un jumento de aguador. Y otras veces en compañía de un mulo, como aquel viaje atroz hasta Duruelo, en pleno agosto, o a su regreso de Malagón. Y como decía ella: No pongo en estas fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, soles, con nieves; que venía vez no cesarnos en todo el día de nevar, otras perder el camino, otras con hartos males y calenturas. O sea, una tortura y de las peores, como aquel postrero viaje a Burgos en el que se vio sumida en un mundo de agua sin camino ni barco, o ese otro desde Beas de Segura a Sevilla en el que el calor era tal que les parecía estar cruzando el purgatorio, un tormento semejante a si las condujeran a tierras de turcos.

 

Y luego estaban las ventas y posadas, tan descuidadas y llenas de rufianes, sin estrellas ni tenedores, como la que encuentran cerca de Sevilla en la que, en fin, tuve por mejor levantarme, y que nos fuésemos; que mejor sufrir el sol del campo que no de aquella camarilla; o esa otra de Medina del Campo que estaba de tal suerte, que no nos atrevimos a quedar allí aquella noche, por causa de la demasiada poca limpieza que tenía y mucha gente del agosto. O sea que ya por 1568 había overbooking  y listas de espera en los establecimientos de estas tierras de adentro, qué cosas. Y una condena eran estos albergues y casas rurales que por allí había, tanto que, al verlos, de los condenados se acordaba cuando decía: ¡Qué será de los pobres que están en el infierno, que no se han de mudar para siempre! Y seguramente por eso, en Camino de perfección, describirá el infierno de esta rotunda guisa: Una posada de para siempre, siempre, para sin fin.

 

 

Y es que tantos ge-pe-eses, vuelos charter y guías michelín nos han privado de las emocionantes salpicaduras del viaje, que ahora ya es medido y programado por los tour-operadores, escoltado de seguridades y garantías u hojas de reclamaciones, coberturas sanitarias y asistencias en viaje, que tan bien le hubiesen venido a aquellas mujercillas cuando hacían sus viajes de trabajo. Aventuras, maravillosas aventuras que nos cuenta la andarina Teresa como el día que, al cruzar el Guadalquivir, se rompió la maroma de la barca que llevaba su carreta y por la corriente se precipitaron hasta que un banco de arena las detuvo; o cuando aserraron los goznes de las ruedas de los carros porque no pasaban por el puente de Córdoba donde se toparon con una turbamulta al otro lado del río al  apearse a escuchar misa, cubiertas con velos grandes y blancas capas de sayal, asustando a la concurrencia. Y todas estas correrías acontecieron mientras ella se determinó a hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese, y procurar estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada yo en la gran bondad de Dios. Que está visto que, hasta de viaje, uno puede cavar en lo hondo y engolfarse en las cosas de Su Majestad; y sacar del apuro a este Señor mío, que tan apretado le traen a los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían ahora tornar a la cruz estos traidores y que no hubiese adonde reclinar la cabeza.

13 Comentarios



Enviado a las 06/04/2008 23:00:59
Abel

Cuando lo soltaron, porque ya todo estaba visto y medido y era tiempo de redimir pena e ir cosiendo los adentros, lo mandaron a casa de su madre pero parecía otro. Estaba llagado, como si  claveles nuevos mordiesen por ramos su piel marrón, y con los dientes reducidos por la heroína, y consumido estaba y muy acabado, que así estaba, pero tenía un raro claror en sus ojos, y en su cara mismamente, que parecía un ángel, herido y diezmado después de una batalla perdida. Porque había perdido la batalla ciertamente, ésta y todas las que diera a sus veinticuatro, pues nunca pudo o supo concluir buenamente una sola cosa en su vida. Por eso su cuerpo no era sino una pobre cesta de huesos que jugaban con la muerte al escondite pero sus ojos lucían como los de un ángel tuberculoso y fallido.

 

Aquellos meses en prisión hasta le parecieron golosina. Los pájaros de la ansiedad habían ya migrado lejos y hasta los grillos de la decepción y los perros crepusculares enmudecieron para siempre. Porque una cosa es fabular actos de martirio en seso y otra ver la muerte al ojo. Y por allí estaba ella, monstruosa parricida, con sus tacones de hierro y charol, asomada a la posada del fracaso, de espaldas al cielo, estragando los pétalos de una deshabitada margarita.

 

Fue una muerte sin duelo; no hubo exequias, no hubo voces, no hubo adioses, ni un toque de difuntos sonó; sólo unas mudas lágrimas de roca y sal. Y el clavo que se te clava cuando uno piensa que este cuento pudo haberse contado de otra manera; pero todos los días, con sus noches laborables, fueron miércoles de ceniza y tos.

 

Su vida se anunciaba alegre y repartida como el pan de los pobres. De zagal ya llenaba la talega con guindas y membrillos del huerto de la Paula, sisaba unos cigarros en la taberna de la Nicolasa o jugaba con la criada a probar las cerezas del pecado, que ya entonces enfiló ese maldito callejón sin salida. Era dueño de un cuerpo interrogante, encarnado en sombras y deseos,  por mitad. Cientos de peces pescó y  todos se los comió, hasta las espinas tragó, besando besos que no daba, besos despeñados que llevarse a la boca hasta que sus labios impares perdieron la cabeza. Por la santidad de un beso que le dieran, por la monarquía de un beso, hubiera tirado la manzana. Pero esos besos no llegaron y sólo mordía besos rotos y mutilados y por eso, entre sábanas de fuego, en la noche deliraba como un pájaro en llamas; y ardía, mientras le escocían las luces puras de la madrugada.

 

Y el vino dulce en vinagre se tornó cuando se dispuso a buscar en la basura un gramo, dos gramos, tres gramos de locura, haciendo turismo en la orilla del infierno. Y nunca cicatrizó de esa cornada. Hasta que incendió su nave sin dar tiempo a la injuria de los años y todo se mudó en calentura, en pan negro, en el mapa de las horas contadas. Y empezaron a herirle los cristales, a herir sus pies nupciales, caminando entre la niebla reiterada mientras comenzaba a sonar la trompeta de plata.

 

El día que me acerqué hasta el talego lo encontré cansado, definitivamente solo, habitando el olvido y el desierto ilimitado, como un cabo de vela en su acabamiento. Una primavera vieja y amputada asomaba por su mirada ciega o una ronca canción de invierno o el hueso de la duda, no lo sé. Pero esas son las cosas, dicen, que asoman cuando uno prepara las maletas hacia ese lugar sin nombre ni coloreada geografía. Ciego por voluntad y por destino, escribía Juan de Tassis, y eso me pareció. Pero a ciegas aún miraba ese pequeño toldo o tejadillo azul al que entre rejas llaman cielo, sin saber muy bien cuál era la deuda por pagar. Porque nunca los deudores saben bien exactamente cuales son las cuentas pendientes; hasta que un día canta el gallo de la tiniebla incurable y desciende el ángel rojo a sacarte del paraíso.

 

Sugiero que el más triste de los presos,

tenga derecho a sábanas de seda.

Bendita sea la boca que da besos

y no traga monedas.

 

Personalmente creo, cosas mías, desde luego, que quiso venderse al diablo pero éste no pagó las monedas suficientes. Y fue este desprecio lo que le valió. Y por eso quizá se hizo curandero de la noche, del abreviado placer, de tristezas a la carta. Pero todas las mañanas le mintieron, todas las mañanas, hasta que una le mató por la espalda; por cobrar el rescate, más que nada.

 

 

67 Comentarios



Enviado a las 17/03/2008 20:42:09
De profundis clamavi

 

De profundis clamavi ad te, Domine; Domine, exaudi vocem meam. Fiant aures tuae intendentes in vocem deprecationis meae. Si iniquitates observaveris, Domine, Domine, quis sustinebit? Quia apud te propitiatio est; et propter legem tuam sustinui te, Domine. Sustinuit anima mea in verbo eius; speravit anima mea in Domino. A custodia matutina usque ad noctem, speret Israel in Domino; quia apud Dominum misericordia, et copiosa apud eum redemptio. Et ipse redimet Israel ex omnibus iniquitatibus eius.

 

Amen.

 

13 Comentarios



Enviado a las 02/03/2008 20:16:41
Los hijos del juez Wang

El día que el gobernador Shin anunció que era llegado el tiempo de casar a su hija Murmullo bajo el Ciruelo, porque las lunas estaban cumplidas y contadas y era llegado el  tiempo de las consumaciones, hubo muchos corrillos y bisbiseos por toda la región. Muchos recordaban lo que había pasado hacía cuatro primaveras con Ascua de Té, la hermana mayor, que, unos días antes de la boda y, mientras paseaba por la Poza del Pelícano Encarnado, se enamoró perdidamente de un zorro de larga cola y no pudo mirar ya a hombre alguno.

 

Pero cuando un procurador imperial y tres alguaciles, a la grupa de veloces caballos negros con penachos del color del azafrán,  dieron el aviso de que el gobernador Shin buscaba esposo para Murmullo bajo el Ciruelo, la noticia voló hasta la hondonada de Shan Dong donde moraba el juez Wang a la sombra de una paulonia cuyos dedos enramados alcanzaban las estrellas.

 

El juez Wang tenía dos hijos; el menor era Fulgor de Mandarino y el mayor Turba de Acacia. Los llamó y habló de esta manera:

 

-         Mirad que el gobernador Shin es un príncipe poderoso y justo y busca varón para su hija. Vosotros ya sois fértiles como el ciervo con cuernas de nueve puntas y fuertes como el tigre de Amur. Id y disputad.

 

 

Fulgor de Mandarino era un muchacho dulce, amigo de poetas y bufones, poco ducho en el arte de la guerra y del gobierno pero siempre atento al porte y la compostura por lo que se adornaba con tocados excelentes y vestía batas tejidas con hilo de seda y botones primorosos. Hombre delicado y menor, de su boca siempre colgaban bonitas palabras y su sonrisa era tan estable como el cielo de junio o las llamas del templo de Feng. De su abuelo Kwan, legendario guerrero de quien guardaba exaltada memoria, aprendió el arte de la alquimia y la logomaquia componiendo hermosas sentencias y decires llenos de gracia y primor. Fulgor de Mandarino tenía vértigo a las profundidades y a los abismos pero también a los  pensamientos osados pues le parecían pozas en las que nada veía. Por eso él creció en las regiones del sueño y pasaba su tiempo componiendo dibujos y caligrafías extrañas y maravillosas, y canciones aseadas que eran de mucha admiración.

 

.

Su hermano Turba de Acacia era un joven simple y tranquilo, y hasta un poco desarreglado. Gustaba al abrir la aurora pasear por la ladera de los abetos gigantes para ver los nidos de cigüeñas rojas mientras recogía semillas y brotes que iba guardando y clasificando en una alacena blanca con la paciencia de un monje. Ayudaba corrientemente a su padre a limpiar los musgos y líquenes del sendero del jardín y, como era aplicado, pronto encontró un empleo en las oficinas imperiales donde se le tenía por discreto y cumplidor. Disfrutaba ejercitando cuerpo y conciencia y, con el tiempo, fue un maestro respetado en la técnica del wushu. Pero, por lo general, no tenía nada por lo que se hiciera notar de no ser por su ironía triste y afilada y por una rara destreza para no complicar las cosas más de lo necesario. No creía en magias ni encantamientos ni en alquimias ni en espíritus.

 

 

Murmullo bajo el Ciruelo era una muchacha muy bella pero también muy desgraciada pues nadie había conseguido nunca arrancarle una sonrisa. Permanecía todo el día mirando a un lagarto de ojos claros que nunca se separaba de ella y por las tardes caminaba entre los crisantemos salvajes o se sentaba en un taburete de tres patas a mirar los granados y cerezos del jardín donde crecían peonías rojas y doradas. Conocía centenares de historias, y todas tristes.

 

-         No llores, le decía Liebre Matizada, su hermana pequeña

-         No lloro, respondía taciturna Murmullo bajo el Ciruelo

-         Estás llorando, insistía Liebre Matizada

-         No estoy llorando, contestaba la desdichada

 

Y así fue como el gobernador Shin determinó que concedería la mano de su hija al hombre que superase la prueba de la doma del arpa, por ver si alguno le arrancaba una sonrisa. Sucedió que en tiempos remotos, en los manantiales de Liao Yang, se alzaba un aliso formidable que se decía plantado por la Gran Serpiente Negra y que hundía sus raíces de bronce en el dragón plateado que vivía debajo del pantano. Pero un día un poderoso mago lo derribó y de su madera hizo un arpa prodigiosa cuyo espíritu rebelde sólo podían domar los músicos más virtuosos. El gobernador Shin atesoró ese instrumento pero todos los esfuerzos por arrancar de sus cuerdas una melodía serena fueron en vano. El arpa sólo concedía ásperas notas de desdén.

 

Cuando los hijos del juez Wang llegaron al palacio del gobernador Shin todos los demás pretendientes habían fracasado ya en su intento de componer música con el arpa maravillosa. De modo que el primero que se dispuso a acariciar sus cuerdas fue Fulgor de Mandarino, el menor, un muchacho sensible y amigo de los músicos y del celeste canto. Convocó a los espacios infinitos y a los universos felices, a la guerra deplorable, al cielo intangible y a las ansias de paz. Pero el arpa se negó a reconocer a su maestro y sólo emitió notas desarregladas de desprecio. Entonces fue Turba de Acacia el que se acercó al arpa tranquilizándola como si fuera un búfalo indócil y comenzó a tocar suavemente las cuerdas. Cantó al despojado invierno y a las corrientes de agua, al relincho del caballo y a las ranas dormidas, a los cisnes alegres y al caluroso estío, al tamborileo de la lluvia y a la garza azul. Y el arpa respondió con notas animadas. Cambió después de registro y evocó la dulzura de la madre muerta, sus manos deshechas por el trabajo de los días, su miedo a la noche interminable. Y en el arpa se alzó una tempestad de melancolía. Todavía cambió una vez más para entonar una canción de amor y de deseo y cantó los gritos enardecidos de los monos enamorados y a la nube veloz que pasa proyectando sombras negras y alargadas sobre nuestra cabeza. Y entonces del arpa se descolgaron sollozos y balbuceos.

 

Y en ese momento Murmullo bajo el Ciruelo, entre lágrimas, sonrió.

 

Maravillado, el gobernador Shin quiso saber dónde habitaba el secreto de su victoria.

 

-         Señor –respondió Turba de Acacia- otros han fracasado porque sólo cantaban acerca de sí mismos. Yo he dejado al arpa cantar.

 

49 Comentarios



Enviado a las 25/02/2008 13:39:36
La peste

Escribía don Juan Gil-Albert (1) que de todos los abismos que atraen al hombre, ninguno tan insistente, tan tenaz y, al tiempo, tan muelle y placentero, tan tierno, como el de la mediocridad, esa dulce tentación niveladora. Y es que la mediocridad no estorba nunca, es solícita, quita la soledad aunque no dé la compañía y, como apostillaba Nicolás Gómez Dávila, es inquieta y viaja. Y viaja y viaja…hasta hacerse con todo en la sombría corriente multitudinaria. Por eso cuando, de vez en vez, como a mí ayer tarde, viene al encuentro alguien que no frecuenta la televisión, el periódico o la radio, el mundo recobra su majestad más alta o un blancor tan limpio y una soltura tan desenvuelta, y un frescor, que nos admira y desconcierta y que, desde luego, nos deja recado de lo sucio e infestado de nuestro arrastramiento por la vida, uncidos como estamos a esa lepra amiga de la mediocridad, también en las palabras.

 

Pero es efímera la alegría en la casa del pobre; lo es. No habían pasado unos minutos de mi despedida cuando ya me había topado con la mirada positiva de nuestro hombrecito, dispuesto, con todas sus fuerzas, a privarme de un rato de respiro.  Su mentalidad aniñada, propia de quienes tratan de convertir la última ocurrencia en artículo de fe, y su ayuno de inteligencia y de conciencia, nos devuelve precipitadamente al mundo, a esa España de barriadas, descoyuntada y borracha, con sabor a encierro; como si uno tuviera que sentarse, invitado por el Gobierno, en la silla eléctrica a cada rato…

 

Macbeth.- Siempre los mismos gritos: “Ahí vienen” (2)

 

Boling.- Ved, ved, el rey Ricardo aparece en persona, como el sol descontento sale enrojecido del umbral inflamado del Oriente cuando descubre que las orgullosas nubes se disponen a oscurecer su gloria y manchar la huella de su viaje luminoso al Occidente. (3)

 

York.- Aún mira como un rey. Observad; sus ojos tan brillantes como los del águila irradian una imperial majestad. (3)

 

Bedford.- ¡Qué los cielos se tiendan de negro; que el día ceda a la noche!¡Cometas, que anunciáis los cambios de los tiempos y de los Estados, blandid en el firmamento vuestras trenzas de cristal y servíos de ellas para flagelar a las malas estrellas insurrectas! (4)

 

Exeter.- ¿Debemos maldecir a los planetas por la desgracia que ha provocado la caída de nuestra gloria? (4)

 

Gloucester.- Estos recientes eclipses en el sol y la luna no nos auguran ningún bien (5)

 

Edmundo.- Es la suprema estupidez del mundo que cuando enfermos de fortuna, muy a menudo por los excesos de nuestra conducta, culpemos de nuestra conducta al sol, la luna y las estrellas; como si fuéramos malvados por necesidad; necios por exigencia de los cielos; truhanes, ladrones y traidores por el influjo de las esferas. (5)

 

Casio.- La causa verdadera de todos estos fuegos y espíritus errantes, de todas estas aves y estas bestias desviadas de su índole y esencia, de todos estos viejos idiotas y chiquillos metidos a profetas, de todas estas cosas que reniegan de su ley y su naturaleza por cualquier aberración, verás que el cielo les ha dado ese carácter para que sean instrumentos de temor y aviso de cualquier monstruosidad. Casca, yo podría nombrarte a un hombre semejante a esta noche horrorosa, que truena, fulmina, abre las tumbas y ruge como el León del Capitolio, un hombre que no nos supera en la acción ni a ti ni a mí, pero que se ha vuelto tan terrible y portentoso como estos fenómenos extraños. (6)

 

Hamlet.- El espíritu que he visto bien podría ser el diablo, pues que al diablo le es dado presentarse en forma grata. Sí; y ¿quién sabe si, valiéndose de mi debilidad, y mi melancolía, ya que él ejerce tanto poder sobre semejante estado de ánimo, me engaña para condenarme? (7)

 

Hyppolyte.- El crimen tiene, igual que la virtud, sus grados; y jamás se ha visto a la tímida inocencia pasar de súbito a la licencia extrema. Un solo día no hace del virtuoso mortal un pérfido asesino, un vil incestuoso. (8)

 

Bolingbroke.- Aunque le desease muerto, odio al asesino y amo al asesinado. Recibe por tu trabajo los remordimientos de tu conciencia…Ve a errar con Caín a través de las sombras de la noche… (9)

 

Rey Ricardo.- ¿Qué temo?¿A mí mismo? No hay nadie más aquí: Ricardo quiere a Ricardo; esto es, yo soy yo. ¿Hay aquí algún asesino? No; sí, yo lo soy. Entonces, huye. ¿Qué, de mí mismo? Gran razón, ¿por qué? Para que no me vengue a mí mismo en mí mismo. Ay, me quiero a mí mismo. ¿Por qué? ¿Por algún bien que me haya hecho a mí mismo?...Mi conciencia tiene mil lenguas separadas. Y cada lengua da una declaración diversa…Todos los diversos pecados cometidos, todos ellos en todos los grados, se agolpan ante el tribunal gritando todos: ¡Culpable, culpable! (10)

 

Porque lo que empezó con el mal, con el mismo mal se hace más fuerte; es Hamlet en el acto III. ¿Por qué acto vamos? Y la función ¿cómo va? Cambio de frecuencia y escucho la voz arrabalera y etílica, una brasa, puro ron, de Guadalupe Victoria Yolí Raymond, La Lupe,…

 

Igual que en un escenario,

finges tu dolor barato,

tu drama no es necesario,

ya conozco ese teatro.

Mintiendo que bien te queda el papel.

Después de todo, parece

que es tu forma de ser.

 

Teatro...

lo tuyo es puro teatro,

falsedad bien ensayada,

estudiado simulacro.

Fue tu mejor actuación,

destrozar mi corazón

y hoy que me lloras de veras,

recuerdo tu simulacro.

Perdona que no te crea,

me parece que es teatro

 

Apago la radio mientras nuestro hombrecito imposta una voz payasa que se pierde en gollerías y nadas. Y es que el estiércol del palomo se paga muy caro, dicen los labradores de mi pueblo. Me acuerdo entonces de ese viejo proverbio borgoñón:

 

-         Si la peste te pide un ducado, dale dos y que se vaya.

 

Ahí los tienes, campeón.

 

Porque vemos con toda claridad, con toda claridad lo vemos,  que jamás nos perdonarán lo que nos han hecho.

 

 

************************************************************

 

(1)   Juan Gil-Albert: Breviarium vitae

(2)   William Shakespeare: Macbeth, acto V

(3)   William Shakespeare: Ricardo II, acto III

(4)   Willliam Shakespeare: Enrique VI, primera parte, acto I

(5)   Willliam Shakespeare: El rey Lear, acto I

(6)   William Shakespaere: Julio César, acto I

(7)   William Shakespeare: Hamlet, acto II

(8)   William Shakespeare: Fedra, acto IV

(9)   William Shakespeare: Ricardo II, acto V

(10)William Shakespeare: Ricardo III, acto V

 

20 Comentarios



Enviado a las 18/02/2008 17:54:16
Espaņa en astillas

“Esparta es tu lote; hónrala y adminístrala” escribe Marco Tulio Cicerón a su amigo Ático (1). Esta sentencia, de la que ya encontramos ecos en Eurípides y en Platón (2), es una muy seria advertencia a los príncipes para que se ocupen verdaderamente del bienestar de sus súbditos, de la justicia y el bien,  la evitación de daños a las personas, el castigo de los crímenes y la promoción de magistrados irreprochables e íntegros. Seguramente Cicerón, que se debatía en ese momento entre la retirada de la palestra o el regreso a la lucha política, había leído aquellos versos de Teócrito que decían

 

Compite pues en tu sitio y desde ahí canta tu canción,

Mantén los pies en tus campos y sigue bajo tus encinas.

 

Pero nada hay tan duro como el oído del tirano, nos dirá Juvenal en su Sátira (3). Y es tirano el que ejerce el poder en provecho propio, añadirá Erasmo de Rotterdam. Y además luego está eso que escribía el mismo Erasmo en su Adagiorum Collectanea, publicada en Venecia en 1508:  Stultus stulta loquitur –el necio profiere necedades-, texto en el que desarrolla su convencimiento de cómo las cosas excelentes se esconden y cómo prosperan los silenos invertidos que son aquellos, al decir de Giordano Bruno, que bajo el seño severo y  el semblante sumiso, encierran expresamente, con daño universal, una ignorancia no menos vil que arrogante y una maldad no menos perniciosa que ostentosa. Discurre además el holandés sobre el modo y manera de cómo las palabras y las cosas se invierten y refiere que “de las opiniones al revés se sigue que las cosas se denominen al revés; lo que es elevado se llama bajo; lo amargo, dulce; lo precioso, vil; y lo que es muerte, vida”

 

Y todos estos avisos y decires a uno le mueven a la melancolía y a una luz muy amarga cuando vemos lo que está acaeciendo por estas tierras de España en estos días de progreso, jocunda plenitud y felicidad rabiosa. Y entonces, escuchando a nuestro hombrecito, se acuerda uno de Homero cuando, en la Ilíada (4), Aquiles apostrofó a Agamenón como el rey demóvoro o comedor de palabras aunque Hesíodo había preferido llamarle  pánfago o fagocitador de todo. Y además, para qué voy a decirles que es que no si es que sí, en el sujeto en cuestión se cierra, de modo asombroso y perfecto, el binomio necio-rey o fatuus-rex que ya se predicaba de algunos encumbrados a quienes se les permite todo a causa de su inopia mentis o debilidad mental y todo se les aplaude por razón de su poder. Porque nunca como ahora al príncipe puede llamársele tal si no se le añade una diadema con las más resplandecientes y doradas mentiras, de modo que llamaremos demócratas a quienes montan a horcajadas sobre los lomos del pueblo; serán declarados modernos los que miran por escarbar con los ojos de la memoria las tumbas de los muertos; pacíficos a los sembradores de locuras que trastornan el mundo con disparatados enjuagues y dibujos políticos demenciados; ilustrísimos a los ofuscados por la más profunda ignorancia de todo lo que es bueno.

 

Y es que posiblemente la fatuidad sea la raíz de todas las mordeduras, piraterías y violentos derrotes que nos golpean. Fatuidad, lo saben, es la necedad o falta de inteligencia; pero también la vanidad o presunción ridícula. Ambas cosas pueden ir en amistosa coyunda, y propiamente van, si nos detenemos a mirar a nuestro menguado e insuficiente hombrecito. Como decía Séneca, a propósito de un libelo que sacó contra el emperador Claudio, y a cuenta de Craso a quien el césar mando eliminar, en verdad era tan tonto que incluso podría haber llegado a reinar (5). Y es que, a la vista del precio tan barato por el que ha vendido España, que precio de saldo de febrero nos parece, todo nos recuerda a ese otro gran majadero, Agamenón, que sacrificó a su única hija por el puesto de comandante supremo. Y es que el mundo, como expresó Horacio con elegancia (6), de reyes y de pueblos insensatos una avalancha contiene. El mismo Hesíodo, ya antes que Homero, había descrito a los príncipes como devoradores de regalos e infantiloides (7). Vivir es ver volver, nos decía Azorín; apunten.

 

Y es que, según parece, nuestro minúsculo príncipe electo está ávido de cualquier cosa excepto de lo que justifica su título. Es de ésos que buscan agua en el mar y se hacen trucos para sí, y ríen solos; de los que carecen de recta opinión sobre las cosas, porque no las comprenden ni quieren, los que se complacen en la corrupción de las costumbres y ponen freno al gusto y al amor por las cosas honestas. Individuos para los que el pueblo es ciertamente populacho, un rebaño al que pastorear al ladrido de vigilantes perros televisivos, que confían los asuntos no a prudentes o peritos sino a sabuesos a los que antes han saltado los ojos y comen de su mano. Son los que no saben de los deberes que contrae el príncipe y que obligan, y que Erasmo recordaba pacientemente: atender el interés de todos, dignificar la magistratura, identificar lo bueno, desterrar el crimen, respetar a los magistrados y corregir leyes dañosas.

 

Cuatro años son pocos para edificar la ciudad pero muchísimos para astillar el paisaje y sembrar la ruina y el desasosiego más lacerante si la piqueta no cesa en el apeamiento, y no ha cesado. Porque, aunque pintada la nave de coloretes y vestida de vivaces reposteros, nuestro hombrecito lo que ha hecho ha sido demoler crujías, molinetes y cabestrantes, y abrir grandes vías de agua. Y la nave no va, se hunde; dulcemente pero se hunde. Como no fue la flamante nave fletada por Gustavo II Adolfo de Suecia en 1628 y que naufragó a los pocos metros de su botadura y que ahora podemos ver en el Vaasamuseet de la isla de Djurgarden, en Estocolmo. Engalanada con bellos adornos y deslumbrantes esculturas en el casco, especialmente en el puente de popa, de grandes velas y atavíos y de una imponente y solemne presencia, el navío era una pavorosa máquina de guerra pero también una obra de arte desconocida. Aunque bastaron quince minutos para arruinar un sueño de años. El Vasa se hundió en las frías aguas del Strömmen por carecer de estabilidad principalmente pero también por falta de ciencia y de consejo; y por el enorme lastre que arrastraba. Y también, que todo hay que decirlo, por las continuas concesiones que los constructores navales de Skeppsgården aceptaron de un príncipe caprichoso, torpe y entrometido.

 

Pero una parte de estos males se nos han de apuntar, desde luego, a nosotros mismos. A unas gentes a las que ya Lepanto les importaba bastante menos que sentarse a proferir maledicencias en la taberna o experimentar en el casino modernos arbitrismos en nombre de la libertad y de los nuevos tiempos redentores; que hasta sobre el derecho a no ser calvo se polemizaba, y cómo. Y entre tanto indocumentado ha descollado siempre la casta de los listos, artistas e inquisidores del glamour, que son los que se ponen de perfil y enarcan la ceja, arrogándose el monopolio de pólizas y certificados, o controles de calidad y caducidad de ideas que expender a los demás. Y entre unos y otros hemos larvado grandes desgracias aunque, jugar a las mismas, siempre ha resultado en estos pagos un deporte muy entretenido, que siempre hemos sido muy buenos en punto a la imbecilidad y la inconsciencia, pero también a la vileza. Porque el timón de una nave no se le confía a quien no tiene experiencia en ese arte tan delicado, aunque sean cuatro los que vayan a bordo; y nosotros hemos confiado el Estado, hemos entregado a millones, a cualquiera. A un príncipe que, por decisión imperial, considera residuo sanitario a un feto de siete meses o consagra, por real decreto, que todos somos iguales aunque algunos, naturalmente, mucho más iguales que otros; sólo faltaría.

 

Spartam nactus es, hanc orna: Haz honor a Esparta, la suerte te la otorgó. Sobre esta frase de Cicerón reflexionaba Erasmo en la primavera de 1511, en Inglaterra, junto a sus amigos humanistas Warham y Colet, a la vista de los destrozos que venía produciendo el rey Enrique. Y sobre ella quiero volver ahora, a las puertas de una contienda electoral incierta que, si bien no será cauterio de las grandes dolencias y tumoraciones que nos roen, nos dejará al menos dar la voz contra quien, con tanto empeño y entre canciones, ha hecho de nuestra nación un paisaje en astillas. Aunque todo esta por ver, desde luego; porque, como decía Mijail Bajtin, lo hemos traicionado todo, y como jugando a los dados mismamente.

 

*********************************************** 

 

(1): Marco Tulio Cicerón: Cartas a Ático 4,6.

(2): Eurípides: Télefo (fragmento);

       Platón: Gorgias 499 ss  y Teeteto 187 e

(3) Juvenal: Sátira, 4, 86

(4) Homero: Iliada, I, 231

(5) Anneo Séneca: Apocolocyntosis 4, 1 (literalmente significa “encalabazarse” o “transformarse en calabaza”)

(6) Horacio: Epístolas, I, 2, 8.

(7) Hesíodo: Los trabajos, 38 y ss

28 Comentarios



Enviado a las 26/01/2008 21:30:27
Blancanieves

-         Hija, que me has perdido las gafas, ¿por qué no me las encuentras? Me paso la vida buscándomelas y tú siempre perdiéndomelas.

 

Y vuelta; la salmodia de todos los días. Es lo que tienen los años cuando se pintan de plata, que el aire va madurando y lo que antes era exacto, ahora no encuentra su sitio. Y la señora Aurora busca que te busca, rebuscando, sus gafas por el cosero, perdiéndoselas. Y todo es un poco así, como dudoso y perdidizo, una buscándose las cosas que están siempre perdiéndoselas. Y vuelve por algo al cuarto pero ya no se acuerda, y se detiene, pensando en lo que pasa. Hasta que una cosa pequeña captura sus ojos claros, un viejo almanaque, una blusa tendida, un tordo escudriñando por el alfeizar de la ventana. Y entonces sus ojos viajan, pues de viaje van. Y se queda quietecita, inmóvil, encogidilla.

 

Cuando Julia le echa la rebequita por encima, porque hace fresco, ella aún no ha regresado de sus viajes por las regiones del tiempo; como dormidita está.Y la hija le da un beso y la llama Blancanieves, guapa, cómo estás; porque a menudo la vida se levanta con un beso Y entonces la señora Aurora regresa pero ya sin equipaje y de ninguna cosa se acuerda. Y mira, y se da cuenta de que hace fresco, y pregunta si es la hora de cenar.

 

Pero nada se pierde por los adentros; los besos no se pierden. No se pierden los versos, ni amores ni dolores se pierden; ni aun de viaje. Se pierden los nombres, las llaves se pierden, los guantes, el paraguas se pierde; o se escapa. Por favor, señorita, ¿ha visto usted mi paraguas? Por el amor de Dios ¿alguno de ustedes ha visto mi paraguas? Estaba en ese banco…

 

Son las cosas las que se pierden, un pañuelo. El tiempo se pierde, las palabras. La cabeza se pierde. No dejes que se me pierda, Señor, que yo soy ésta que todo lo va perdiendo; que se me ha ido la cabeza y todo lo voy perdiendo. ¿Dónde están esas cosas que están todo el día perdiéndose?¿Dónde, dónde? Y no es que yo las pierda, hija, eres tú que me las escondes. Vamos, cariño, devuélvemelas.

 

Pero aquel día Aurora tenía las gafas delante, porque todas las cosas comparecen cuando el amor anda cerca, y se las puso y se parecía a la lechuza de Minerva, que levanta el vuelo y vuela cuando se ha vivido el día, y leyó esa carta que les acababa de mandar el Ministerio y que Julia había dejado en el aparador. Y habiéndola leído la cerró y la dejó donde estaba y se deshizo de las gafas para siempre y se fue otra vez de viaje, entre misericordias, como si le diera vergüenza vivir.

 

- Conmigo no tengas remordimientos, hija.

 

- Calle usted, madre.

 

43 Comentarios



Enviado a las 31/12/2007 19:51:55
Una de gambas

Este tiempo estanco del año viejo era, por estas tierras de adentro y hasta no hace muchos lustros, un momento aconsejado para irse al teatro en la ciudad cuando todavía el shopping y el aturdimiento no lo eran todo, y la fiesta era concebida como celebración pero también como una conjura contra la muerte, o como protestación de la nada. Al contrario que las mariposas, que capturan el calor tiritando a muy bajas temperaturas, las gentes corrían al abrigo de esos apriscos elegantes que eran los salones o los cafés por donde todos asoman y por donde pasaban muy ricas horas. Allí se comentaban los estrenos y festivales entre humeantes chocolates y moscateles de calidad o se hacia el traje al más pintado. Los más refinados preferían estarse a solas con algunas pinturas de los museos, entrenando el ojo o haciendo compañía a una virgen preñada o recién parida o a la sagrada familia de emigrantes camino de Egipto, a lomos de una borriquilla; o se espantaban viendo a la soldadesca de Herodes partir por mitad con afiladas alfanjes a jóvenes infantes ante el desespero y el llanto de las madres.

 

 

Ahora sin embargo ya no necesitamos ir al teatro a ver ninguna cosa, para luego glosarla en el café, ni tampoco a los museos para ver hermosuras y maravillas o los terrores del mundo. Primeramente porque todo está visto y también porque el tiempo en que vivimos, este tiempo-express del desarrollo y la tecnología, nos lo trae todo a casa para que, entre peladillas y dry martinis, podamos deglutirlo tan ricamente y sin sobresalto alguno. La belleza del mundo ha quedado embozada y la luz se apaga y el cielo se aborrasca, porque esas cosas ya no dicen nada al hombre de hoy, instalado en ciudades con uñas de asfalto y dedos de neón, entre cristales ultrarracionales y herméticos, y porque son cosas viejas; y los terrores, debidamente lavados y presentados entre vistosos celofanes, ya no nos asombran y paralizan sino que nos los administran en series interminables de píldoras de sabores, qué es eso de la automedicación, en los noticiarios, enlatados y perfumados con zotal desde luego, para que ninguno pueda sufrir un ictus o dolerse de una úlcera de estómago. A sorbitos todo esto pasa mejor. Otra de gambas.

 

Sin embargo este año parece que el gallo se ha escapado del corral y se ha liado a picotazos con el personal, que eso es lo que me parece este tema de los abortos que cuatro desprogramados se han atrevido a denunciar ante la Justicia. Y, claro, en la Corte del Rey Sol y Aquí Nunca Pasa Nada, pues se les ha atragantado el zen y el solsticio de invierno en estas fiestas, un poquito, sólo un poquito, y no terminan de entender a qué viene tanto escándalo y tanta ceniza, a la vista sobre todo del estupendo plan bucodental que nos espera. Porque es cosa convenida que si nosotras parimos, nosotras decidimos y que eso de eliminar al que viene de camino pues es algo como muy natural, un derecho, que ya todos tenemos asimilado.

 

- Que parezca un accidente, ha comentado don Bernat, el padrino de la cosa, que se ha puesto con el asunto como la niña de El exorcista.

 

De modo que no se comprende muy bien todo el teatrillo que se ha montado con esto de los cadáveres de los nonatos, y su despanzurramiento y trituración, por más que las imágenes nos resulten pelín desagradables, qué necesidad había, al ver como las modernas máquinas de desmenuzar roturaban pulmones y costillares o esas cabecitas decapitadas que aparecían envueltas en celulosa junto a piernecillas y otros órganos humanos la mayoría de los cuales iban alcantarilla abajo y el que no sabe no sufre y aquí no pasa nada. Nada.

 

Así que más champán, sivuplé, que en estas fiestas tan laicas y extraordinarias no hace falta ir al teatro ni a museo alguno a ver la peripecia de los inocentes porque nos lo han traído a casa. Aunque lo que más me admira del repertorio es que, al contrario que en Las suplicantes de Eurípides, donde las madres argivas imploraban a los tebanos que les entregasen los cadáveres de sus hijos para darles digno enterramiento y los honores debidos, en esta obrita que ahora se representa las madres es que han desaparecido por piernas del escenario, pero del todo han desaparecido, y no sólo no lloran al hijo muerto sino que es que ni se acuerdan del desenlace. Más gambas. Definitivamente Herodes el Grande y Eurípides, para quienes los reconozcan, se han quedado gagá y no venden ni una escoba. Y eso que van unos ciento cincuenta mil a los que han dado matarile este año; bingo. Prosa maoísta, desde luego, de la mejor, como en aquellos  tiempos gloriosos en que el Gran Timonel componía melodiosas baladas y exaltados poemas a la garza del río mientras asesinaba a millones a cuenta de ciertos ajustes culturales.

 

En fin, necesitamos que la sociedad sea feliz, nos ha dicho Marina, ese filósofo tan listo. Y podía haber añadido: Explicit hoc totum, como hacían los escribas medievales.

 

Marchando una de gambas.

49 Comentarios



Enviado a las 23/12/2007 18:33:42
A mis amigos, por Nochebuena

No les revelo ningún secreto, porque es cosa averiguada y además se ve, que a mí me gusta el chocolate. Me gusta mucho el chocolate, ya venga en onzas o tabletas enteras o en espumosos pocillos o tallado en relucientes bombones, figuritas, filigranas o yo qué sé; rayado también me gusta, muchísimo me gusta y comoquiera. Naturalmente tengo mis preferencias, como esos chocolates negros y amargos de Ecuador y Surinam, los puros a los que llaman bitter o fondant, o esos otros que van en mansa compañía de finas ralladuras de naranja amarga, de guindas o mentas, o esposados al delicado aroma de las vainillas.

 

Estos amores y cuidados retroceden en mi memoria a un acontecimiento que acaecía cada año poco antes de Nochebuena. Exactamente cada trece de diciembre, fiesta de Santa Lucía, llegaba hasta al pueblo doña Fernanda desde Madrid, en un portentoso mil quinientos negro que conducía su secretario, qué coche en aquellos tiempos, que una carroza imperial nos parecía. Ocurría esto todos los años y se acercaba a felicitar las pascuas a los abuelos pues mi abuelo había sido criado de su padre justo antes de la guerra, cuando los dos eran unos mocitos, y le tenía en mucho aprecio y consideración. Doña Fernanda era alta y rubia cuando los demás morenillos y humildes; caminaba erguida como una garza o una coronada emperatriz, cosa poco acostumbrada por esos lugares tan pequeños, y se cubría con una ancha levita de garduña acabada en cuello de chinchilla, como esas grandes grullas del Nilo o de la lejana Asia. En realidad era como una epifanía y de alguna manera como un heraldo de los Magos que fuera por delante de ellos unos días pues siempre llevaba por estandarte una valija maravillosa colmada de agasajos, regalos y licores de la capital. A mí me traía invariablemente una cajita de cartón blanco llena de lenguas de gato. Miau.

 

Por eso el pasado jueves, cuando cesó la nevada y me escapé con la tarde ya de caída hasta el obrador de Santo Tomé, por ver si capturaba alguna presa, o varias, con que endulzar el buche estos días de Nochebuena, me quedé como paralizado ante una gran bandeja de loza llena de lenguas de gato que por allí había entre chorros de bombones crocantes, delfines y gajos de caramelo, pralinés, mazapanes, trufas, cocos y troncos de chocolate. Y me acordé entonces de doña Fernanda, que venía con su aguinaldo y con las primeras noticias de la Nochebuena, desde tan lejos. Y me traje la talega llena de dulces y golosinas, de pasteles y gollerías, confituras, trufas rizadas y trufas borrachas; y de un puñado de lenguas de gato que he comprado para ti, para que de mí te acuerdes esta Nochebuena.

 

 

Feliz Pascua de Navidad.

31 Comentarios



Enviado a las 07/12/2007 01:05:35
El artefacto

No habían pasado seis meses desde que asomó la nueva secretaria por el Ayuntamiento y ya  se veía que la chica apuntaba maneras y que, como decía al que oírla quisiera, había que modernizar a toda prisa ese desván decimonónico que se había encontrado al llegar. Y el asunto fue que ese día ninguno le dijo a Tomás, el alguacil, que pregonara en la plaza, avisando con su trompeta de plata, como de costumbre, el bando del señor alcalde, sino que se le había pedido que lo fuera clavando por tabernas y locales de pública concurrencia. Y, claro, con esa lengua tan administrativa y funeral, que lengua de madera parecía y era, pues no hubo nadie que se enterara propiamente de la cuestión. Pues aunque todos barruntaban que el tiento era para ordeñar el bolsillo no sabían muy bien por dónde iban las cornadas exactamente.

 

La cosa fue que, ignorante como estaba, cuando a la señora Encarna le llegó el propio del Ayuntamiento pidiéndole que se censase en no se sabe qué censo, pues a ella le dio el olor y, como apenas leer sabía y casi ciega que estaba, se acercó hasta casa de la Julia para que se lo descifrara. Y todo el desciframiento consistía en que ella, la señora Encarna, venía desarrollando una actividad mercantil sin la preceptiva licencia que ahí se decía era de actividades económicas y por la cual debía pagar, como Dios manda pero también el Reglamento, un buen puñado de duros. Y sin más componendas, y como si el ángel rojo del Paraíso por allí pasara, se la indicaba bien claramente que de empeñarse en su actitud defraudadora, no sólo sería llevada a estrados sino que sobre ella caería la Ley con todo su peso, que pesa, y los ciegos rigores de la justicia. Y para que todo estuviera bien ordenado y dispuesto, y entre esdrújulas invocaciones legales, hasta la concedían un trámite de alegaciones en el procedimiento por si pretendiera rebatir los hechos y fundamentos de derecho sobre los que descansaba tan contundente resolución.

 

Y, claro, el edicto a la Encarna pues la dejó en la zozobra y el desasosiego más grande, y muy apurada quedó, pues, siendo ella la única pobre de solemnidad que estaba registrada como tal en el Ayuntamiento, no acertaba a comprender de qué manejo se la acusaba. De modo que fue la misma Julia, que iba de abogada de altos vuelos y que no en vano había estudiado unos años en la capital hasta que murió su padre, quien hurgó por las oficinas hasta que se enteró de los cargos. Y corriendo fue a contárselo a la mujer.

 

Porque el problema estaba en la cajita de pino que la Encarna llevaba para uno y otro lado, normalmente con nocturnidad. Y en que la señorita secretaria había tenido noticia que andaba por las casas con el  producto y que buenas perras le dejaba. Y que todo ese tráfico de mercaderías debía tributar lo correspondiente pues, con las leyes en la mano, esas operaciones deberían incluirse en el epígrafe de venta ambulante y que para semejante actividad lucrativa era necesario causar alta y sacar los permisos como todo hijo de vecino. Y que dura lex sed lex y que por sus muertos que la Encarna no se le iba  a escurrir como si de un pez jabonoso se tratara. Y que para eso estaba ella y por eso la pagaban, para hacer cumplir la Ley, y que muy harta estaba ya de arcanas supersticiones.

 

Y siendo las cosas de esta manera pues muy claro era, clarísimo, que la Encarna estaba extramuros de la Ley, y que era muy culpable y más, aunque ella ignorara esos preceptos y pronunciamientos y porque nunca se la había ocurrido, pero ni por asomo, que por cuatro avemarías, estuviera sujeta a tributos y contribuciones; pero estaba. Como tampoco nunca pudo imaginar que el limosnero que dejaba junto a la cajita pudiera llegar a ser el instrumento del delito porque, al cabo, ahí cada uno dejaba lo que le parecía, unas pesetillas, si las dejaban. Que ni cera ni velones vendía la pobre Encarna, lo más algunas lamparillas para encender en la tacita de aceite para que la Señora pasase en mejor compañía la negrura de las noches del mundo.

 

De modo que como no podía ella pagar licencias ni exacciones ni nada, el instructor resolvió que la despojarían la cajita de pino para dejarla en depósito primero y para llevarla después al Museo Etnológico que el Ayuntamiento acababa de inaugurar y en el cosas tan singulares había. Y pensaron que ése sería el mejor destino del artefacto y allí que pusieron la cajita en una moderna vitrina de metacrilato y unos halógenos encima, con las portezuelas abiertas de par en par, para que se viese muy bien la figura de escayola que llevaba dentro y que, como explicaba la leyenda que había al lado, era la Virgen de los Desamparados, una advocación muy remota y extraña y que nada significa en el siglo de la plenitud y la felicidad completa.

 

Y ya nunca se acordaron  en el Ayuntamiento de  Encarna, que en su casa se quedó, solita, como alelada quedó, como se quedan las palomas cuando cesa la nevada y azulea y hay nada. Y ningún otro oficio la mandaron ni la molestaron más los oficiales, contentos como estaban de ir terminando con los defraudadores y por la natural hinchazón que da siempre el haber concluido las pesquisas de inspección con resultados tan espectaculares.

37 Comentarios