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Enviado a las 20/01/2009 13:14:25
En defensa de una palabra

No suelen ser demasiados cuidadosos los columnistas habituales de los periódicos en sus escritos. Con la excusa de la urgencia de la noticia o del requerimiento del director para su publicación, no se repasan como debieran y, salvo Juan Manuel de Prada, que cuida mucho su estilo, Gabriel Albiac, que no perdona ni una coma, y alguno más, la mayoría de los artículos dan la impresión de que han sido escritos en el metro camino del trabajo. Con un repaso que dieran antes de enviarlos a las redacciones de los periódicos, con uno sólo, creo que mejorarían bastante.

 

Una de estas excepciones a los columnistas o comentaristas habituales –aunque no se prodiga demasiado últimamente-, es la del filólogo y miembro de la Real Academia Gregorio Salvador. Da gusto leer sus artículos, todo un ejemplo de tersura en el lenguaje y lucidez en las ideas. Cuando veo su firma debajo de una tercera del ABC, que es donde siempre me lo encuentro, me produce una gran alegría y ya sabe ese artículo que no tiene escapatoria, lo tengo que leer sin remedio, pues, además del contenido de sus escritos, que considero siempre interesante, sé que voy a pasar un buen rato con la forma de contarlo.

 

Publicaba el pasado sábado una tercera de ABC en homenaje a Antonio Mingote con motivo de su noventa cumpleaños –todo el periódico era ese día un homenaje al genial dibujante-, y una vez más volví a deleitarme con su palabra precisa y amena. Pero no es el maestro Mingote, ni el lingüista Gregorio Salvador, el motivo principal de estas líneas.

 

Comentaba el académico en su tercera una anécdota de una de las sesiones de los jueves en la Academia. Y hacía referencia a una palabra que me gustó bastante, acercanza (el Word no la reconoce ahora que la escribo), sobre la que pedía un veredicto de culpabilidad o inocencia para su posible paso por la guillotina antes de la próxima edición del DRAE. La palabra acercanza es una voz antigua y tiene el significado de “proximidad, relación”. Su última aparición escrita es de 1494, y, al parecer, toda voz que no haya llegado al siglo dieciséis y que no esté documentada en los clásicos debe ser tratada por el diccionario histórico y, a su vez, desaparecer del actual para dejar paso a la avalancha de neologismos que nos van llegando y que cada vez se hacen más frecuentes en el habla cotidiana.

 

Propuso, pues, don Gregorio la eliminación de esta palabra antigua. Sin embargo, se encontró con la oposición de algunos escritores –Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Francisco Brines y Emilio Lledó- que se habían enamorado de ella. Les parecía una palabra sugestiva y susceptible de ser utilizada, de competir con cercanía o proximidad e introducir algún elemento diferenciador que ahondara en su significado y pidieron el indulto para ella. Les contestó que si ellos eran capaces de revitalizarla e introducirla en sus escritos en las próximas semanas, sus textos la justificarían y la palabra quedaba salvada. Se aplazaba, por tanto, la ejecución de la sentencia.

 

Y en esas estamos, con la palabra de vuelta a su celda en espera de su indulto o de su regreso al corredor de la muerte. A mí me parece una palabra lo suficientemente bella y sugestiva como para seguir figurando en el diccionario; es más, si fuera por mí, no quitaría ninguna palabra del diccionario, me gusta todo lo antiguo y, entre ello, los ecos de una palabra que quién sabe cuándo sería pronunciada por última vez en la lengua hablada, aunque comprendo que para manejar un diccionario con todas las palabras escritas hasta la fecha habría que llamara al campeón olímpico de halterofilia, si es que no dio positivo; a ver si en las próximas semanas me la encuentro en uno de los artículos de Pérez-Reverte, el escritor que más leo de los antes mencionados.

 

Antonio Mingote estuvo de acuerdo con el parecer de sus compañeros y se mostró dispuesto a cooperar en la conservación de la palabra. “¿Cómo estamos tú y yo? En acercanza –se sientan en asientos contiguos-. ¿En qué se ha apoyado nuestra amistad de años? En la acercanza académica”, le dijo a Gregorio Salvador, al que convenció. Todos los que escribimos en estos blogs tenemos en mayor o menor medida alguna acercanza entre nosotros. Yo tengo una acercanza con Scarlett Johansson (no te lo crees ni tú). Aquí queda mi contribución a la defensa de esta palabra.

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