Mi amiga Rosana, la que tiempo atrás me “traspasó” el kiosco de prensa, me regala ahora una auténtica joya (ella sí que es también una joya, un aguamarina, supongo). Una joya que me retrotrae a un patio de colegio y a unos recreos donde no dejaban de sonar por los altavoces las canciones de un grupo que hacía pocos años se había disuelto: Los Beatles. A uno de nuestros mandos, como llamábamos a los que estaban a nuestro cargo, parece que le encantaba el cuarteto de Liverpool, y aprovechaba que también estaba al cuidado de la megafonía para escuchar una y otra vez sus canciones. Una música y una letra (más bien la música, porque entonces la letra a duras penas podíamos entenderla) que quedaron para siempre grabadas en mi memoria y que casi siempre me transportan a ese patio y a una recién estrenada pubertad cuando las escucho. Parece que fue ayer, o algo más que ayer, pero ya han pasado más de treinta años. He aquí una selección de canciones de los Beatles, letra original incluida, por si algún nostálgico quiere volver a escucharlas y quizá saber qué es lo que decían esas letras que entonces sólo acertaba a tararear. (Quería haberlas puesto todas, pero era demasiado extenso y me ha resultado imposible).
Desde hace unas semanas, promovida por la Confederación Católica de Padres de Alumnos (CONCAPA), se encuentra en marcha una iniciativa, a la que se han sumado algunas organizaciones pro-vida más, para pedir un referéndum sobre la nueva ley del aborto. No dudo en ningún momento de las buenas intenciones de estos grupos, pero no creo que sea una buena idea. Hace unos meses, escribía un post sobre este asunto, “Las leyes no escritas”, en el que a la vez comentaba un excelente artículo de Francisco Rodríguez Adrados sobre el mismo tema, en el que se refería a las leyes no escritas de los dioses, dentro de las cuales se encontraría el derecho a la vida de todo ser humano.
Si entonces decía que una ley sobre el aborto no puede estar sometida al consenso de los distintos grupos políticos, ya que el derecho a la vida se encontraría por encima de cualquier normativa humana, hoy tengo que volver a decir lo mismo ante la propuesta de este referéndum. Así es, el primero de todos los derechos, el derecho a nacer, no puede depender de lo que diga una mayoría en un momento determinado. La dignidad de la vida humana es algo superior a cualquier sistema político, por muy legitimado que se pueda encontrar éste en una época de la historia, como es en nuestro tiempo la democracia. A nadie se le ocurre someter a votación la Ley de la Gravitación Universal de Newton, por ejemplo, o que la Tierra gira alrededor del Sol. Pues lo mismo sucede con la vida humana.
No estaría en todo caso claro, además, el resultado de este referéndum que, de resultar negativo para la postura pro-vida, no haría otra cosa que reforzar el proyecto de ley del Gobierno. Por otra parte, ¿en manos de quién vamos a poner la vida del no nacido? Ahora mismo no hay en el Congreso ningún partido que defienda con rotundidad la vida, pues el Partido Popular lo único que hace es oponerse al nuevo proyecto, pero se encuentra de acuerdo con la legislación vigente, es decir, con los más de cien mil abortos que se producen cada año en España; ha pasado de ser un partido que se opuso a la Ley del año 85 a apostar sin ningún pudor por el aborto. Como para fiarse de nuestros representantes.
Estos días pasados, en medio de ese temporal de nieve y de frío que ha arreciado en toda España de una manera que nunca he conocido, me ha dado por pensar en la excelente idea que sería conservar un poco de ese frío para la canícula, para esos días de julio y de agosto en que miras suplicante al cielo por un poco de agua. Y he recordado que en el pueblo existe una calle, Pozo de la Nieve, que remite a una actividad que, como es lógico, alguien la había pensado antes que yo.
Los pozos de las nieves, o neveros artificiales, son pozos excavados en la tierra con muros de contención, de gran variedad de tamaños, incluso con techo, que disponen de aberturas para la introducción de la nieve y la posterior extracción del hielo. Se encuentran distribuidos por toda la geografía española para una actividad que data del tiempo de los romanos y que tuvo su máximo desarrollo entre los siglos XVI y XIX, decayendo su uso a mediados del siglo pasado con la aparición de los primeros frigoríficos.
Hasta ese momento, la conservación de los alimentos se realizaba por medio de la salmuera, los adobos, las conservas o, como en el tema que nos ocupa, el aprovechamiento de la nieve. Este último sistema fue el origen de un trabajo y una profesión que pervivió aproximadamente hasta 1931. Además, el frío se utilizaba también con fines terapéuticos. Ya en la antigüedad clásica los médicos prescribían su utilización con fines medicinales, un uso que se recuperó con fuerza durante el Renacimiento. El hielo servía como remedio para rebajar la temperatura en los procesos febriles, en los producidos por la epidemia del cólera, como calmante en casos de congestiones cerebrales, en particular en la meningitis, también para detener hemorragias y como antiinflamatorio en traumatismos, esguinces o fracturas.
Los trabajos en los neveros comenzaban en primavera después de las últimas nevadas. Cortaban la nieve con palas y la llevaban a los pozos de nieve, donde la prensaban hasta convertirla en hielo para que se conservara más tiempo y ocupara menos espacio. Después se cubría con tierra, hojas, paja o ramas –que servían de aislante- formando capas de un grosor homogéneo. El dicho “limpio de polvo y paja” viene precisamente de esta actividad de los neveros, de una cédula real que exigía que el hielo debía llegar así al consumidor. Ya en verano, se cortaban bloques de hielo que eran transportados a lomos de bestias de carga durante la noche, para evitar que se derritieran, hasta los puertos y núcleos urbanos más cercanos, donde eran comercializados. La dureza del trabajo debía de ser impresionante. Los trabajadores de la nieve no disponían de abrigos y calzado moderno, y trabajaban en condiciones de frío intenso acumulando nieve en los pozos.
Nuestros abuelos seguro que recuerdan cuando tenían que ir a comprar hielo para alimentar las primeras neveras domésticas o para otro uso. Luego, la aparición de los frigoríficos y la producción de hielo de forma industrial hizo que esta actividad de la nieve quedara anticuada y los pozos fueran abandonados. Hoy resisten algunos de ellos en mejor o peor estado o envueltos en el recuerdo de una calle con su nombre y en unos copos de nieve que me han llevado hasta otro tiempo.
Hace años, tal noche como hoy fue una de las más felices de mi vida. Iba por la calle y la gente me miraba con asombro y me saludaba, al mismo tiempo que los niños se quedaban embobados ante mi presencia; yo, por mi parte, les devolvía sonriente los saludos a la vez que dejaba caer sobre ellos una lluvia de caramelos. El cielo, entretanto, contribuía al espectáculo con todas sus luces desplegadas. Bueno, en realidad no era a mí a quien saludaban, como ya habrán adivinado, sino al personaje que representaba. Nada menos que al Rey Melchor. Bien pertrechado contra el frío, esa noche me tocó representar, en compañía de unos amigos, uno de los papeles más gratificantes que le pueden tocar a uno: el de repartidor de ilusiones, de la poca magia que aún queda en este mundo, el papel de los Magos de Oriente.
Casi todo lo hicimos nosotros. La carroza, los ropajes con alguna vieja sábana...; yo mismo me fabriqué unas barbas blancas con algodón y una corona de cartón y papel de platilla que aún deben de rondar por algún rincón de la casa; ya se encargaría la noche de disimular cualquier fallo en nuestra vestimenta. Aquella noche, más que una cabalgata por las luces y miríadas de estrellas, fue una cabalgata por los corazones y el entusiasmo y por ese otro universo que es la mirada de un niño. Todo salió a la perfección y, una vez finalizado el recorrido, fuimos recibidos por las autoridades municipales y por una multitud deseosa de ver de cerca a tan ilustres visitantes.
Sin embargo, lo mejor estaba por venir. Sentados en unos sillones que nos habían
preparado a las puertas del ayuntamiento y rodeados por nuestros pajes, era el turno de repartir los juguetes. Comenzaron a acercarse los niños con sus madres, sus padres y..., ¡oh Dios mío!, ¡se lo creían!, los niños se creían que estaban de verdad ante Melchor, Gaspar y Baltasar. Miraban mi rostro, mis barbas, y me estaban diciendo que yo, este simple mortal que ahora escribe estas líneas, era nada menos que el Rey Melchor, toda la noche fingiendo que lo era para luego resultar que era verdad, que en esos momentos yo era realmente para los niños el Rey Melchor; si hasta la niña, un poco mayor que el resto, que era mi paje y me ayudaba con los regalos también se lo creía cuando llegó el momento de entregarle el suyo.
Debido a mi proverbial timidez, sentía cierto temor ese día al contacto con la gente, aunque con los niños siempre me he desenvuelto mejor. Sin embargo, qué fácil fue todo, qué fácil cuando existe auténtica alegría, que fácil cuando se anda por el camino de la pureza, por unas estrellas que de verdad vinieron esa noche a la tierra. Esa noche descubrí que hay muchísimo más placer en dar que en recibir, en entregarse que en esperar todo de los demás, en llevar la ilusión que en que te la despierten. Y todos podemos ser Magos. Con nuestros hijos, nuestros nietos o nuestros sobrinos. Con nuestros padres o nuestros amigos. Con nuestro prójimo de al lado o con el que vive en algún rincón perdido de África. Los Magos siguen existiendo; los llevamos en nuestro interior y no nos damos cuenta. Pero a veces bastan unos ojos asombrados y unas palabras titubeantes, como aquella noche, la mirada pura de un niño, para verlo con claridad.
La luz de las claraboyas realza aún más el blanco de columnas y paredes e inunda el espacio bajo la cúpula, y casi toda la ermita, de una luminosidad transparente, silenciosa, sosegada, como si sólo el espíritu pudiese habitar en ella en fervorosa oración. Los rostros de las tres o cuatro personas que en ese momento ocupan los bancos se encuentran también llenos de esa luz blanca que proviene de lo alto y que parece escribir en ellos las palabras que el alma susurra. La mañana de este treinta de diciembre ha amanecido sorprendentemente clara después de varios días de lluvia y de oscuridad, como si quisiese contribuir al encuentro que a continuación se va a desarrollar. Comienza ya la rondalla el primer villancico, Glória in excélsis Deo, cuando el sacerdote celebrante y su séquito salen de la sacristía. No llegarán a veinte los muchachos que se han colocado en los bancos, los seminaristas que han elegido este día y este pueblo para disfrutar de una jornada de convivencia. Miro sus rostros adolescentes y no puedo dejar de sentir cierta envidia cuando contemplo esa ilusión en ellos, esa vocación a la que se han sentido llamados por una transparencia superior a la de las claraboyas. También siento envidia, por qué no confesarlo, por esos rostros que apenas han abandonado la niñez y que me hacen preguntar por aquel muchacho que un día se fue de mi semblante. Lucen todos el mismo corte de pelo y la misma alegría en sus miradas. Pienso, en un momento de tristeza, que el camino que les resta será largo y difícil y que tal vez algunos no lo consigan, que esa llamada que tan clara escuchan ahora tal vez se pierda en el mundo y sus ruidos. Sin embargo, me conforta pensar que aunque algunos no lleguen a vestir los hábitos sacerdotales no tiene por qué abandonarles jamás esa alegría del rostro, esa luz más allá de la claraboya que a todos nos persigue y a la que todos servimos en la medida de nuestras posibilidades. Entona de nuevo la rondalla un villancico, mientras la luz suave parece posarse ahora sobre el misterio que hay delante del altar. Una luz que parece existir sólo entre las paredes de un templo y que llama al descanso del alma. Una luz que te invita a pronunciar las palabras más íntimas y cuyos átomos parecen girar tan sólo, dulcemente, en el tiempo de lo sagrado.
Han traído los medios de comunicación estos días la noticia del hallazgo de la primera casa en Nazaret que data de los tiempos de Jesús. Situada a unas decenas de metros de la Basílica de la Anunciación, la construcción estaba formada por dos habitaciones y un patio con una cisterna excavada en piedra donde se almacenaba el agua de la lluvia. Los escasos útiles que se han encontrado son sobre todo fragmentos de cuencos de cerámica de los siglos I y II después de Cristo, además de otros fragmentos de cuencos de yeso, que sólo utilizaban las familias judías por motivos religiosos.
Bien pudiera servirnos este hallazgo para acercarnos, en estos días tan especiales, a ese Niño que nace esta noche. Si los restos encontrados son de la época del Nazareno, bien pudo conocer Jesús la casa en cuestión, e incluso haber estado en ella, quizá por algún recado de su padre, porque jugaba allí con un amigo de la infancia o porque pasó a visitar a un enfermo; o, ya puestos a soñar, acaso nos encontremos ante la mismísima casa del Salvador, ¿por qué no?
En cualquier caso, estas piedras encontradas –enterradas bajo los siglos, de una casa perecedera al fin y al cabo- pueden llevarnos a ese otro templo vivo que sólo tardó tres días en ser levantado cuando los hombres lo destruyeron, a esa otra casa de infinita misericordia que lleva en pie más de dos mil años. Asomémonos a este templo santo y sintamos el vértigo de la Encarnación, asomémonos a esta casa eterna y sintamos por unos instantes el calor del Amor más grande. Porque, si de verdad atisbamos el verdadero sentido de la Navidad, no podemos sentir otra cosa que vértigo y asombro, desconcierto e incomprensión. Góngora intuyó a la perfección su significado cuando escribió eso de “porque hay distancia más inmensa / de Dios a hombre que de hombre a muerto”. Así es. En la cruz, Cristo salta de hombre a muerto (una distancia pequeña, que todo hombre ha de cruzar), mientras que en Belén el salto es infinito, nada menos que de Dios a hombre.
En Navidad, de esta manera, lo Infinito se hace finito, Aquel que no tenía ninguna necesidad de nosotros se viste con nuestras ropas y viene a nuestro encuentro, la criatura desvalida que es el hombre encuentra al fin una casa segura donde cobijarse. Acerquémonos esta noche a ese humilde pesebre para vislumbrar siquiera el Misterio tan grande que nos acaba de suceder. Feliz Navidad.
Uno ya no sabe cómo definir lo indefinible, cómo poner nombre a lo que no es merecedor de nombre alguno. De forma magistral lo ha resumido Montoro, como es habitual en él, en su viñeta de ayer de “La Razón”. Porque, efectivamente, lo peor de todo es que sí han votado en conciencia, a ningún diputado se le ha obligado a votar a favor de la nueva Ley del Aborto, y si al final lo han hecho ha sido porque más que su conciencia ha pesado esa prebenda altamente lucrativa que es un escaño de diputado. Me pregunto, ahora que estamos a las puertas de la Navidad, qué es lo que van a celebrar esos congresistas que se llaman cristianos pero que no han dudado en amordazar su conciencia con tal de conservar su canonjía. Si a algo se ha parecido el Congreso estos días, ha sido a un mercado, a un mercado de la muerte en el que, a cambio de unos votos, han entrado en el lote unas cuantas vidas más de inocentes. También estos días hemos podido asistir, problemas derivados al margen, al maravilloso espectáculo de la nieve, a esa alfombra para el alma que son esos infinitos campos nevados que se funden con el horizonte. Qué pena. Con los días tan estupendos que ha habido y algunos no pensando en otra cosa más que en emborronarlos con sucias leyes.
Me gusta pasear con el Rufo en las puestas de sol y devolver el saludo a la buena gente. Sentir en mi piel el frío, aún no excesivo, de este final de otoño y sonreír con el alma al viento. Contemplar el sol manso sobre las paredes de la ermita y pensar que dentro se esconde otra luz que nunca cesa. El viernes es día de visita al templo, y un desfile pausado de gente se acerca a besar los pies a Jesús Nazareno y a adecentar el alma, en un diálogo cuyas sílabas a veces saltan desde el fondo de los ojos. Mientras, carretera arriba, algunos hombres del campo regresan con el sol y el dolor del día a sus espaldas. Se encienden ya las primeras luces cuando un cielo morado desciende hasta las calles y cierra el día y las palabras.
Y a ti, muchacha, decirte que muchos ocasos como éste nos separan, que algún sueño se perdió en ellos y me dejó sus cicatrices. Que el tiempo es sólo una luna que se enciende con sonrisas como la tuya, y que te amo en esa luz.