Por fin acabó la liga. Con el Madrid como justo campeón y a pesar de los ‘profetas’ del Marca y de algún que otro medio que ya habían dado por finalizado el campeonato al final de la primera vuelta y otra vez comenzado y terminado de nuevo en quién sabe ya cuántas ocasiones. No. El campeón no lo es hasta que matemáticamente consigue los puntos necesarios para asegurarse el liderato final. Algo tan elemental parece haber sido olvidado en multitud de ocasiones a lo largo de la presente temporada. Mal lo han tenido que pasar los escasos osos que aún quedan por nuestras montañas, con su piel vendida al mejor postor, o lector, antes de ser cazada. Además, ¿de qué iban a vivir estos exegetas del esférico con el campeonato finiquitado en la primera vuelta? Mal negocio para las rotativas y pequeño respiro para los árboles que suministran el papel. Sólo los niños y los ingenuos se han podido creer semejantes fantasmadas; las personas con un pulso normal, ese que se acelera cuando el contrario llega a puerta y los puntos se recortan, sabían muy bien que el campeonato no estaba acabado, ni mucho menos. Algunos, incluso, toman por idiotas a sus lectores. “Ningún equipo ha desperdiciado una ventaja de 12 puntos”, he podido leer en algún titular este año. Pero, vamos a ver, buen hombre, que diría el inolvidable Tip, ¿no se ha enterado que desde hace unos años las victorias valen tres puntos y no dos como antes? Doce puntos –cuatro victorias- equivaldrían, por tanto a ocho puntos de los antiguos con el mismo número de victorias, ventaja que creo que sí se ha recortado en alguna ocasión. Un repasillo a la aritmética creo que no estaría mal.
Me estoy liando con esto de los puntos y las victorias y no es de esto de lo que quería hablarles hoy, sino del juego limpio. Desde que el domingo el Madrid ganó la liga, no hay día que no se nos recuerde el dichoso pasillo que van a hacer los jugadores del Barça al Madrid. Como si fuera algo humillante. Como si a los madridistas –me incluyo entre sus filas- no deseáramos otra cosa que ver a nuestro más encarnizado rival aplaudiéndonos a la salida del túnel; hombre, alguno habrá, pero imagino que serán los menos. Un gesto normal, deportivo, que hemos visto en infinidad de ocasiones, está –estaba, que ya ha terminado el partido- siendo elevado a la categoría de extraordinario porque sus protagonistas se llaman Real Madrid y Barcelona. Pues mire usted, a mí me importa un pimiento lo del pasillo. Mejor dicho, no es que no me importe, que agradezco el detalle, faltaría más, lo que no me importa es la dimensión que quieren dar a algo perteneciente al más elemental ‘fair play’. Para un madridista, el Madrid ganó la liga el domingo y ya está; lo demás es secundario. Si hemos ganado la liga, pues a disfrutarla y nada más, que cuando menos te lo esperas ya estamos en septiembre con sus frescos y otra vez dando patadas al balón y con el corazón al límite de revoluciones porque no quiere entrar la dichosa pelotita. Estoy echando un vistazo a la prensa digital y leo cosas como “un pasillo al Real Madrid que pasará a la historia”. Los hay que no aprenden. Lo que pasará a la historia es el título conseguido, y al corazón los recuerdos de quienes lo disfrutamos. Y al limbo, la estrechez de miras de algunos.
Acabo de terminar la lectura de “Un día de cólera”, la novela de Arturo Pérez-Reverte sobre el levantamiento del pueblo de Madrid frente al invasor francés el 2 de mayo de 1808. La novela es un puzzle, un enorme puzzle donde encajan todas las piezas a la perfección. Sorprende la cantidad de personajes que aparecen en la historia, personas con nombre y apellidos y otras cuyos nombres las crónicas no los han guardado, a los que el escritor rinde homenaje en estas páginas. Porque el levantamiento del 2 de mayo fue una revuelta popular, protagonizada sobre todo por la gente más humilde de Madrid: manolos, chisperos, aprendices, mozos de cuerda, criados y hasta mendigos e incluso presos pueblan estas páginas en las que cada uno tiene su momento de gloria o de dolor. Sorprende igualmente el número de mujeres –también niños- que participaron en la revuelta, bien enfrentándose a los gabachos cara a cara, bien en labores de enfermería o ayudando con el suministro a los hombres, o arrojando desde los balcones cubos de agua o de aceite hirviendo. Nombres que hasta ahora sólo designaban grises el nombre de una calle –Manuela Malasaña, Clara del Rey-, cobran vida en unas páginas donde atruenan los cañones y las descargas de fusilería.
Es una pelea sucia, narrada con toda su crudeza; si los franceses tiraban contra todo lo que se movía, tampoco los españoles se mostraron menos hábiles a la hora de manejar la navaja y el trabuco, casi las únicas armas para una población indefensa pero con un impresionante arrojo como única coraza ante un enemigo superior. Son páginas teñidas de odio, de sangre, de entrañas desgarradas, pero también de valor, de heroísmo y de lealtad hacia un rey desagradecido cuyo manto ha quedado como uno de los más sucios de la historia de España.
El verdadero protagonista de la historia es el pueblo llano. Sin embargo, en medio de ese desfile de nombres sobresalen los capitanes Daoiz y Velarde, los militares que, desde el parque de artillería de Monteleón, combatieron heroicamente ese día. Y sólo por honor, por no abandonar al pueblo que combatía en las calles, sabedores de que peleaban solos y que su lucha estaba condenada al fracaso. Salvo unos pocos soldados que abandonaron sus puestos, el resto de la tropa permaneció ese día en los cuarteles bajo el desconcierto y la cobardía de unos mandos que no supieron estar a la altura de las circunstancias.
Mientras, desde su ventana, un Goya sordo y amargado contempla las escenas. En su interior combatían la oportunidad perdida por un a su juicio pueblo inculto y temeroso bajo el poder de la corona y las sotanas, y el amor a ese mismo pueblo, masacrado por los supuestos portadores de la Ilustración. Mas, por encima de todo, sus pinceladas dibujaban ya la crueldad de la guerra, la locura de la guerra, el monstruo que bajo cualquier bandera aparece en todas las luchas.
Muchas veces he recorrido los mismos escenarios que aparecen en la novela, y sorprende pensar que hubo una época en que estuvieron manchados de sangre, que los gritos de dolor y los relinchos de los caballos salpicaban cada esquina y que el aire y el alma se oscurecieron bajo el siniestro perfume de la pólvora. Hoy, muchas de esas calles, de esas plazuelas, sólo son frecuentadas por los zapatos gastados de la rutina y por grupos de turistas curiosos. No sé si habremos avanzado en la historia –al menos los europeos no nos peleamos como antes, y los ‘mosiús’ sólo se dedican a desvalijarnos los camiones-, pero creo que deberíamos valorar lo que tenemos, que el sol sale cada día y que una vez más, a pesar del gesto hosco de los madrugones, nos disponemos a vivir otro día de paz.
Aunque vivo en un lugar de la Mancha, cuyo nombre me permitirán que no mencione, suelo viajar una vez por semana a Madrid –mucho tiempo también mi hogar- a por trabajo y por unos dolores que desde hace bastante tiempo me llevan haciendo la vida imposible. Viajo siempre en autobús, no tengo carné, y aprovecho la hora y media de viaje para ir leyendo algo o para escuchar música.
Los viajes, especialmente si son largos y hacia rutas no visitadas, pueden servir para admirar la arquitectura del paisaje y la otra arquitectura, la humana, las huellas que el hombre ha ido dejando en cada sitio, como rúbricas de cada época, a lo largo de los siglos; además, por supuesto, de para una buena plática con tu compañero de asiento. En cambio, en estos trayectos cortos y rutinarios, cuyo máximo aliciente suele consistir en cómo van avanzando las obras de la nave del kilómetro 53, dejando aparte la lectura o la música, también alguna oración, sólo queda lugar para el aburrimiento o para mirar de refilón a la belleza de al lado, si tienes esa suerte. Sin embargo, y precisamente por lo conocido del paisaje, a veces es también una buena ocasión para contemplar los paisajes interiores.
Muchas veces, el viaje parece llevarte hacia momentos anteriores de tu vida, hacia tus otros yoes que también miraron ese mismo horizonte. Quizá sea la sensación de ir flotando, la elevación del autobús, y esa somnolencia que parece ceñirse sobre cada viaje lo que provoque esta asociación de tiempo y viaje. En especial, en las últimas horas de la tarde, cuando la batalla entre el día y la noche no parece haberse decidido todavía y tienes la sensación de encontrarte en tierra de nadie. Ahí sí que la impresión de aislamiento, de alejarse de la tierra de todos los días, es bastante mayor. En cualquier momento, tras un recodo del camino, en esa luz anaranjada que se oculta tras los cerros, parece esconderse la mirada perdida, el otro que fuimos, con su equipaje de sueños aún respetado por el tiempo. Más lejos, en el horizonte, parece fundirse el aliento presente con el que haya de venir, el final de esta luz con la luz de las estrellas, nuestros pasos finitos con los galopes de lo eterno.
El tiempo y el viaje, el viaje y la vida, quizá tan parecidos porque la vida misma es un viaje, con sus baches y sus recodos, con sus parajes desiertos y con sus luces encendidas, con los inevitables retornos y rutinas, con esos otros viajeros con quienes, por azar o por destino, nos ha tocado compartir todo o parte de nuestro trayecto.
Señor, Tú que has creado los pájaros y los lirios del campo, Tú que cada año renuevas fiel las huellas de tu hermosura, engalanando las montañas y el borde del camino, Tú que das flor al alma y al viento lozanía, que sacias las pupilas con el temblor de los colores, que pones en las manos compañeras certeza de infinito, Tú que colmas la tierra, que coronas distancias con las verdes espigas, que vistes los silencios de cantos diminutos. Señor, Tú que exclamas al aire la paz de tu sonrisa, deja que roce un poco la inmensa piel de esta locura.
Se llama Alicia y es psicóloga. Seguramente no me estará leyendo; es tan despistada, que una vez le di la dirección de este blog y la perdió. Hoy me he enterado de que el miércoles tuvo un accidente con el coche. Nada grave, por fortuna, pero sí lo suficiente como para faltar a su cita con el trabajo, con lo cumplidora que es ella. Quisiera decirte tan sólo, Alicia, porque supongo que acabarás leyendo estas líneas, que lo siento mucho, de verdad, que me ha dolido también a mí y que, en cuanto me he enterado, he llamado al centro pero no ha cogido nadie el teléfono. A ver si te recuperas pronto y volvemos a ver esa sonrisa tan sincera.
¿Ustedes ven las chicas del Telecupón, o a alguna azafata de esos concursos que tanto abundan? ¿Verdad que muchas veces no resulta sincera su sonrisa? Pobres, bastante tienen con haber sido elegidas y enfrentarse a una cámara, que impone lo suyo; tampoco las culpo. Nada que ver, en cualquier caso, con la sonrisa de Alicia. Llegas al centro y te sonríe de verdad, te saluda de verdad. Es llegar ella y encontrarte con los latidos auténticos de la mañana, con el frescor de la mañana, con la pura sonrisa del día. Un día de estos me la voy a encontrar en el sitio menos pensado, no sé, por ejemplo en el bolsillo de mi camisa. Porque no para. Tan pronto se encuentra en el Colegio Oficial de Psicólogos como haciendo un curso de hipnosis (prueben, prueben a ponerse delante de ella, a ver si resisten esa mirada), de visita por algún pueblo o en alguna emisora de radio. Ahora mismo se encuentra haciendo el curso de doctorado, que le lleva bastante tiempo. No desperdicia ocasión para aumentar cada año sus conocimientos y así subir ella profesionalmente y mejorar si cabe la atención a sus pacientes. No lo sé, Alicia, pero me va a resultar raro llamarte doctora (y de las de verdad, porque hay muchos médicos o psicólogos que no han hecho el doctorado). Ay, si todos hiciéramos lo mismo... Claro, que también tiene su genio, o sus días malos, como todo el mundo, y le cuesta disimularlo. Pero lo compensa con creces con un gran corazón. Ahí estuvo el 11-M acompañando a los familiares de las víctimas, que hay que tener valor para mirar a la cara a esa gente y encontrar la palabra que necesitan.
Tanto tiempo añorando la televisión privada y resulta que son clones, al menos las grandes cadenas. Tanto tiempo deseando perder de vista a Florentino Fernández o al Gran Wyoming, por citar sólo los primeros nombres que me vienen a la cabeza, y te los encuentras en la otra esquina. Por no hablar de los programas del corazón. Dios mío, cuántas horas perdidas en estupideces. ¿Cuántas horas duran estos programas?, ¿dos, tres..., cuatro? ¿Y dónde hay uno de ciencia, de historia o de filosofía y cuánto dura, que parece que les regatean el tiempo a los escasos programas de esta especie? ¿Y de psicología? Seguro que no encuentran ninguno. En la radio, sí. En Radio Intereconomía, por ejemplo, se pueden encontrar, los martes a las 13:20, con Alicia y con la directora del centro donde trabaja, Isabel Pinillos (tal vez les suene este nombre, tiene muchas tablas en la radio y ha publicado más de un libro, “Talento para vivir” se llama el último), pero el programa ¡sólo dura diez minutos! Propongo, por tanto, a cualquier responsable de programación de las distintas cadenas, o demás jefes gordos, que emitan un programa de psicología en sus parrillas, seguramente se sorprenderían de sus resultados. ¿Saben que es el TOC, el Trastorno Obsesivo Compulsivo? ¿Se dan muchas veces la vuelta para ver si han desenchufado la plancha o para comprobar si la puerta está bien cerrada? ¿Se lavan con frecuencia las manos? Son sólo algunas de las variantes de este tipo de trastorno y no se imaginan la cantidad de gente que lo padece y lo sufre en silencio, preguntándose si en realidad no les falta algún tornillo. A cuántas personas podría ayudar un programa de estas características. Alicia, además, ya ha hecho sus pinitos en televisión y no extrañaría los focos. Seguramente se estarán preguntando cómo es esta Alicia de la que les hablo. Pues justo, guapísima..
Venía ayer en “La Razón” una noticia que parece haber pasado un tanto desapercibida: la participación de Galicia, como nación, en el Campeonato Europeo de triatlón que tendrá lugar el próximo 19 de abril en Pontevedra. La razón que se aduce para tan singular acontecimiento es que “todos los atletas son gallegos”. Por supuesto, los jerifaltes gallegos del deporte no han tardado mucho en sacar ese gallito nacionalista que llevan dentro y ya están cacareando que “el día 19 de abril será el día grande del triatlón gallego”.
Uno, que parece algo torpe para ciertos asuntos, no termina de comprender la noticia. Porque, después de mirar una y otra vez el mapa, de ir letra por letra por si se trata de algún error, no acaba de verlo claro. Uno lee “Galicia”, la comunidad autónoma de Galicia, sí, con sus cuatro provincias, La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra; pero resulta que luego esta pequeña porción de tierra se halla encuadrada dentro de un territorio más amplio, que parece ser que responde al nombre de España. Así que, aplicando un poco de lógica, he llegado a la siguiente conclusión. Si Pontevedra, que forma parte de Galicia, es Galicia, también Galicia, que se encuentra englobada en España, es España, pues territorial, histórica y sentimentalmente forma parte de España -como ven, no hablo sólo de geografía, por si hay algún quisquilloso-. Visto lo cual, no hay ninguna razón para que esos atletas gallegos formen parte de una supuesta “Selección Nacional de Galicia”, ya que al ser gallegos, y por tanto españoles, pueden representar perfectamente a nuestra querida nación. Es que, además, continuando con el razonamiento nacionalista, si los atletas son todos de La Coruña, por ejemplo, ¿por qué no formar una “Selección Nacional de La Coruña”? O si pertenecieran a la ciudad de Vigo, ¿por qué no una “Selección Nacional de Vigo”?, o del pequeño municipio en el que hubieran nacido, si de diese esta coincidencia. Y ya puestos, si la familia García, por poner un caso, tiene la suerte de que sus miembros son todos altos, rápidos y fuertes, bien dotados para el ejercicio del deporte, ¿por qué no formar ya la “Selección Nacional García”? Incluso, si la especialidad lo requiere y no se precisa más que un miembro, usted mismo, o servidor, podría formar su propia selección nacional. Como ven, un verdadero lío. Lamento, señores nacionalistas, haberles desilusionado un poco con mis argumentos, pero la ocasión, y con efecto de evitar males o divisiones mayores, creo que lo merecía. Parece que al fin me ha servido para algo la lógica que aprendí en 3º de BUP. Gracias, don Antonio.
Hoy día, por otra parte, parece ser bastante común que los dos miembros de un matrimonio, el marido y la mujer, trabajen en sus respectivos oficios, ya que, de lo contrario, les resultaría muy complicado, por no decir imposible, pagar la hipoteca de la casa, el coche, los hijos y cuantos gastos pudieran surgir en el devenir de una existencia decidida por común acuerdo. Es decir, que, siguiendo con las clases de lógica, la unión de dos personas es mucho más beneficiosa a efectos económicos que si se tratase de una persona por separado. Aplicando el ejemplo a una nación, la nuestra en este caso, parece también claro que la unión de diecisiete autonomías nos reporta más beneficios que si cada una va por su cuenta. Nos encontramos, en definitiva, una vez más ante el dicho “la unión hace la fuerza”, que se opone al no menos conocido “divide y vencerás”. No sé, pero a mí en principio no me ha costado demasiado desarrollar semejantes argumentos. Apúntese otra, don Antonio.
Decía Ángela Vallvey, en su extraordinario artículo del jueves, que desde que se hizo la Transición unas autonomías han crecido, otras han empeorado y otras se mantienen como estaban. Entre las que han crecido nos encontramos con Madrid, Valencia o La Rioja, mientras que otras, como el País Vasco y Cataluña, gobernadas por el nacionalismo, se hallan en claro retroceso. En principio, tampoco parece muy complicado averiguar la causa de este retroceso, nos encontramos con otro caso de lógica elemental. ¿O me van a hacer también que se lo explique, señores nacionalistas?
Cada vez menos, pero todavía cuando oigo referirse al Papa, pienso indefectiblemente en Juan Pablo II. Y es que era tal su presencia, la fuerza de su verbo y de su obra, que el nombre del papa quedará unido, al menos para mi generación, para siempre a su persona. Él es el papa de nuestra vida, de mi vida, aun cuando Benedicto XVI goce también de mi cariño sincero.
Recuerdo la primera vez que le vi, en el estadio Santiago Bernabeu en el encuentro con los jóvenes del año 82, en su primera visita a España. No sé cómo lo hicimos, pero nos colamos, mi amigo Jesús, mi hermano y yo. Y eso que la iniciativa partió de Jesús, que con ese corpachón en su vida se habrá visto en otra, eso sí que fue ayuda de los ángeles o del mismo Señor que no quiso que se perdiera esa cita. Pero ahí estaban unos andamios junto al estadio, no recuerdo si por unas obras o para una pantalla gigante de televisión, y antes de que pusiéramos algún pero a su idea, ya estábamos los tres arriba, en los balcones del primer anfiteatro, ayudando mi hermano y yo a hacer el último esfuerzo al amigo que nos había embarcado en tan entusiasta escalada. Otros cuantos, al ver nuestra iniciativa, nos imitaron en el empeño, pero ya los últimos no tuvieron tanta suerte, la policía se había dado cuenta de lo arriesgado del intento y puso fin a la aventura.
Una vez dentro, no puede decirse que gozáramos de un asiento privilegiado, por algo no teníamos entrada, pero pudimos seguir la ceremonia y participar con nuestros cantos junto al resto de los asistentes. En cuanto a nuestra idea por ver al Pontífice, tampoco puede decirse que saliéramos muy satisfechos, ya que vimos al Papa, sí, pero sólo como una figura blanca cuyos rasgos sólo podíamos imaginar. Cuando realmente pudimos disfrutar de su cercanía fue cuando, una vez terminado el encuentro y ya en la calle de nuevo, el Papa se asomó a las balconadas más bajas para saludar a los jóvenes que no habían podido pasar al recinto deportivo, que eran todavía un buen número de miles. Ahí pude sentir en mi piel lo que es la explosión del afecto y casi el delirio –ese rostro sonriente a escasos metros- ante la cercanía de alguien tan querido, con un grito de emoción, como el de todos los que me rodeaban, que no sé dónde se escondía ni cómo subió hasta mi garganta.
Qué alegría tan serena a la vuelta a casa en el autobús –iba casi vacía a esas horas la línea 3-, en mis manos la paloma de cartón con cuyas alas habíamos aplaudido y unos cuantos papeles más; creo que la gente percibía esa alegría y se fijaba en nosotros.
No sería hasta más de diez años después cuando me volvería a encontrar tan cerca de Su Santidad, porque en el encuentro con las familias en la Castellana, al que también acudimos, la distancia con el Papa –además del agobio por la gente en esta ocasión- era aún mayor que el Bernabeu. Fue en la Almudena, tras la misa, cuando se asomó a la puerta más cercana que da a la calle de Bailén. Ahí estaba otra vez Juan Pablo II frente a mí, justo enfrente, separados tan sólo por los metros de la calzada. En esta ocasión, lejos de la sangre juvenil del anterior encuentro –aunque yo seguía siendo joven- y rodeado por un grupo heterogéneo de personas, los gritos que escuché no fueron tan intensos como en el Bernabeu -esta vez acudí solo-. Me quedé mirándole fijamente, en silencio, intentando retener unos rasgos y unos segundos que sabía que no se volverían a presentar jamás ante mí. Tal vez fueran figuraciones mías, pero pensaría que el Papa fijó sus ojos en los míos, que retiré un instante con vergüenza.
De este segundo encuentro –además del calor, que estábamos en junio-, guardo también el recuerdo de una mujer, un tanto mayor, enlutada y con unas enormes gafas de sol, de quien me dio por pensar que era Lola Flores de incógnito, pues en verdad tenía un cierto aire con nuestra folclórica, y a la que, al oír que se quejaba porque sus ojos no alcanzaban a ver el papamóvil, en un arrebato me dio por cogerla con mis brazos y auparla por encima de las cabezas de delante. La buena mujer –que, oye, pesaba lo suyo- no debió de pensar nada raro de mí y me agradeció el gesto.
Éstos son mis recuerdos en vivo de Juan Pablo II. No son los de un rey, un diplomático o un futbolista, pero sí los de alguien con un gran entusiasmo a quien la figura de este gran pontífice quedará para siempre guardada en lo más hondo de su ser, alguien en cuyos labios una sonrisa imperceptible aflora en cuanto oye el nombre de Juan Pablo II. No son tiempos fáciles para la Iglesia, Santidad, y sus palabras –“no tengáis miedo, que no os encierren en las sacristías”- aún resuenan por mis venas. Yo no soy nadie, y soy un cobarde, pero su ejemplo poderoso me anima a dar testimonio de Cristo y llevar su luz donde quiera que vaya. Gracias, Santidad, por su vida y su ejemplo, por esa cruz que mostró al mundo con valentía y cuyo sufrimiento que alberga en sus maderos quiso hacer suyo también hasta el fin.
Seguro que se acuerdan de la canción de Víctor Manuel, esa que decía: “A pesar de todo,/ tú me haces vivir,/ me haces escribir/ dejando el rastro de mi alma/ y cada verso es un jirón de piel./ Soy un corazón tendido al sol.” La verdad es que, cuestiones políticas al margen, Víctor Manuel es un pedazo de artista que emociona cuando escribe y canta letras como la anterior. O las de baladas tan conocidas como “Ay amor”, “Quiero abrazarte tanto” o la tantas veces cantada “Canción para Pilar”. Lástima que ahora no se prodigue en el género.
Pero no es del marido de Ana Belén de quien quería hablarles hoy, sino de la letra de la canción, en concreto, del último verso del estribillo, “Soy un corazón tendido al sol”. Porque eso es lo que literalmente pasó el otro día en Madrid, menos lo del sol, que fue de madrugada. Una reyerta, un balazo en el pecho y un hombre tendido en el suelo a las puertas de la muerte. Enseguida los del SAMUR. Es necesaria una toracotomía, una intervención ya realizada en alguna ocasión, pero nunca con éxito en la calle. Una incisión en el tórax, se separan las costillas, y el corazón que aparece a la vista de todos. Alguien con una mano tapona el orificio y con la otra comienza a masajearlo suavemente. Un segundo, dos, tres..., un minuto y el corazón por fin comienza a latir, con su verso medido, ante el respiro de todos los presentes; grita “vida” en cada movimiento. Las manos expertas de la doctora Elena Gómez han obrado el milagro. Ahora, ya en el Doce de Octubre, intentarán con otros medios que este hombre continúe viviendo.
Viene todo esto a cuento porque, una vez más, no puedo evitar fijarme en el contraste entre la actitud de unos médicos y la de otros, en el contraste entre unas manos que, fieles a su liturgia aprendida, intentan salvar una vida a toda costa y otras que, traidoras a la misión para la que fueron encomendadas, se dedican a descuartizar al ser más indefenso del mundo, al no nacido. Es deber del médico aliviar el sufrimiento y no provocarlo, procurar la vida del enfermo y no la muerte. Algo tan elemental, sin embargo, es necesario reivindicarlo frente a esta cultura de la muerte que nos invade, frente al aborto y la eutanasia y, lo que es peor, la indiferencia de una sociedad que permanece aletargada mirándose el ombligo de su prosperidad.
Los griegos, uno de los pilares de nuestra civilización, ya trataron de estas cuestiones éticas en lo que se conoce como juramento hipocrático. Un juramento cuya extensión por el mundo y cuya fidelidad al original han variado a lo largo de la historia, pero que en esencia conserva el espíritu de su primera redacción. Desconozco si ahora mismo es práctica habitual en las facultades de Medicina. En cualquier caso, estoy seguro de que cualquier médico que se considere como tal, lo suscribiría en su totalidad. He aquí su redacción primitiva, incluyendo la referencia a Apolo y otros dioses del Olimpo:
“Juro por Apolo el médico, Esculapio, por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mandamiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo. Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas. Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aún cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no administraré a la mujer supositorios para provocarle aborto; mantendré puros mi vida y mi arte. No operaré a nadie por cálculos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres, libres o esclavos. Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deba ser público, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas. Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.”
En la misma página del periódico, dos rostros del mayor cáncer de nuestro tiempo, de la noche y el día, de la vida y la muerte, del verdugo y –en este caso, no, por fortuna-, las posibles víctimas que escapan por una esquina de la hoja. A la izquierda –no sean mal pensados-, la muerte, es decir, Morín –usted perdone por la imagen, doctor (?), pero se lo está ganando a pulso-, el autoproclamado experto en abortos tardíos de Europa que en ocasiones él mismo se encargaba de realizar con su sangre manchada de sida. A la derecha –tampoco tienen por qué pensar bien-, la vida, el testimonio de unos padres que cuentan la difícil aurora de sus hijas por este mundo. De su hija pequeña, “Miss Incubadora”, que nació tan sólo con 700 gramos de peso –“¡Ayudadme!, sentimos que nos pide... Y al besarla huele a vida”- y que hoy es un estallido de vitalidad con tan sólo seis años. De su otra hija de ocho años, que pesó aún menos que su hermana al nacer, 500 gramos, y que parece mostrarse especialmente sensible al sufrimiento de los demás tras haber combatido duramente en sus primeros pasos por este mundo.
Ilustra este segundo reportaje una foto de la pequeña Amilia Taylor, la niña que hace poco más de un año nos dejó a todos con la boca abierta al convertirse en el bebé más prematuro del mundo con tan sólo 21 semanas y 283 gramos de peso. Y pensar que la banda que nos gobierna pretende aprobar una norma que considera basura sanitaria los cuerpos sin vida de niños nacidos antes de las 28 semanas. En la foto, los pies de la pequeña parecen plastilina del cielo en las manos que los sostienen, y, en otra foto que acabo de ver en Internet, su cuerpo es apenas un poco más largo que un bolígrafo corriente. Cuantas letras, sin embargo, podrá escribir con esa sangre de aún tan poco recorrido, con ese corazón que, en cuanto recorra las cuatro estaciones y alguna lluvia, ya tendrá el primer capítulo de su historia.
Para terminar, como quiero que ganen los buenos y me gusta siempre que ganen, más vida. La historia de la joven comadrona alemana María Grundberger –trasladada al documental “María y sus niños”, en Alemania-, que se pasaba horas y horas ante los centros abortistas para intentar convencer a las mujeres que pensaban abortar de que desistiesen de su actitud. Qué ocupación la suya. “¿A dónde vas tan pronto?”, le preguntaría quien la viese a primeras horas de la mañana; “pues nada, a salvar vidas”, respondería ella tan feliz. Y tantas que ha salvado. Más de 500 en ocho años. Además de comprender, por su profesión de comadrona, las diferentes fases del no nacido y los miedos de una mujer en esas circunstancias, siempre ha tenido claro que hay explicar a las futuras madres que “no muere sólo su hijo, sino una parte de ellas mismas”, en referencia a los problemas físicos y psíquicos tras un aborto. Cualquier mujer embarazada y con un mínimo de sensibilidad sabe que lo que lleva dentro es otra vida, alguien que pronto comenzará a darle pataditas y a soñar, quién sabe, cómo será el rostro de su madre, la sonrisa que le aguarda. Gracias, María, en nombre de tantas vidas que has salvado. Gracias por hacernos creer que no somos tan malos los humanos y que siempre hay gente que espera ver nacer el sol tras las colinas.