…no resucitó. Pertenezco a la legión de incondicionales del rey del pop. Y como todos ellos aún confío en que todo sea una macabra macro-campaña de publicidad destinada a resucitar la maltrecha figura del astro, cuyo injusto deterioro parecía haberlo sumergido en una espiral de sinsabores interminable. Todavía no he perdido la esperanza, no. Dicen que una carroza blanca tirada por nosécuántos corceles -también blancos- conducirá los restos del desdichado emperador del pop hacia su última morada. Pero yo estoy casi segura de que mis ojos gozarán del despertar del rey vía satélite; ignoro si habrá una princesa cuyos labios se encarguen de devolvernos el aliento que nos falta a sus incondicionales o serán sus disputados hijos, aterrorizados ante la que se les avecina, los que exijan a su excepcional padre que se‘ levante y ande’ para poner orden. Estupor mundial, incredulidad, protestas, altercados en las calles, pánico generalizado, indignación; las cadenas de televisión incendiadas: ¡¡nos han tomado el pelo!! (os lo merecéis, cretinos). Y aunque parezca imposible, las lenguas viperinas escupirán todavía más improperios hacia la estampa mágica del resucitado, del genio eternamente pueril. Sí, sí, pueril… ¡un orate excéntrico!, dicen con desprecio los voceros de todos los reinos; un loco maravilloso capacitado para generar una fortuna inmensa moviendo el culo a un ritmo diabólico y ejercitando el gaznate como ninguno (y que me perdone Elvis este pequeño desliz). Bah, y qué más le daría ya. Muerto o vivo, pero en cualquier caso curado de espanto ante las torticeras habladurías del conjunto (¡conjunto!) de la humanidad. Descanse por fin en paz, se lo merece.
…Y si finalmente no resucitara tal y como tengo previsto, continuaremos disfrutando del consuelo de su impresionante legado.
Eugenia Silva se cabrea (o el fotochop brilla por su ausencia)
Eugenia había firmado portada con Vanity Fair junto a Andrés Velencoso (el novio de Kylie) y a Nieves Alvárez. En pelotas. Y aquí están finalmente: ellas como sus madres las trajeron al mundo, él de “macho sobrado”. Pero la modelo se ha cabreado y amenaza con tomar medias legales porque según ella la portada lesiona su dignidad profesional. Y que si pitos y que si flautas. Había firmado un contrato previo en el que al parecer no se especificaba la selección o el descarte del material. Pero yo la comprendo. La portada no le hace justicia. ¡Ese plieguecillo de la junta del muslamen con la cadera! ¡Ese culillo chiquitín, plano y caído tirando a flácido! ¡Esa tetilla ridícula! Se preguntará la pobre Eugenia por qué el reputado fotógrafo no ha tirado de fotochop. ¿Por qué me han dejado esa doblez en el muslo, por qué?, dicen que han oído llorar a la modelo frente al espejo. Una desgracia. La culpa la tiene la revista Elle que se dejó caer con la Belluci al natural, sin maquillaje y sin fotochop en su portada americana. ¿Pero a quién se le habrá ocurrido competir con una portada con dos escuerzos canijos y un maromo metrosexual como protagonistas frente a una jembra con argumentos tan poderosos como la Belluci?… En fin, qué se le va a hacer. Dejo una aproximación de lo que a la pobre Eugenia le hubiera gustado ver en esa hipotética portada previo paso por el siempre bendito fotochop. Sin el pliegue dichoso, con su culillo inflado y levantado y con una talla más de sujetador, aunque no lo lleve puesto.
No es la primera vez que arrastro mis pies sobre el asfalto neoyorquino y tampoco será la última, a pesar de que caminar por Manhatan con tacones durante cuatro días supone un serio riesgo de amputación para las extremidades inferiores. Cierto es que las aborígenes se permiten el lujo de imitar a Paris Hilton, pero ellas se limitan a recorrer la distancia que separa las casas de sus amantes de Juicy Couture en Aston Martin, por lo tanto el paseíllo se ve reducido a la bajada del coche y a la entrada apoteósica en el comercio de moda y viceversa. Y he aquí a esta españolita valiente dispuesta a emular a las señoritas que salen en las revistas, sin Aston Martin, sin amante y con unos tacones de infarto. Porque yo llegué a NY y lo primero que hice fue cambiarme de zapatos (botas por botines chúpamelapunta y taconazo), calarme un gorro de zorro plateado hasta las orejas y salir pitando hacia el Madison Square Garden. Para ello tuve que atravesar Time Square y bajar por la séptima hasta llegar a la treinta y tres. El partido: New York Knicks vs Toronto Raptors, una desgracia, pues Calderón fue masacrado por un negro enano con unas cualidades sobrenaturales para el basket, aunque fue agradable comprobar el respeto y el cariño que los yankis profesan a nuestro compatriota. Por desgracia no vendían suvenires de los Toronto, así que nos vimos abocados a comprar el típico guante y el gorro de los Knicks como recuerdo friki. La estampa resultaba francamente bizarra: entre el público había una fila de desalmados tragaperritos compulsivos disfrazados con los colores de los “locales” que no paraban de animar al equipo contrario, especialmente a Calderón, nobleza obliga. Pero hete aquí que el jet-lag se cebó con nosotros. Y empezaron a caer como chinches. Primero se durmió uno, luego otro y así sucesivamente. Quedamos tres en pie. La situación se tornó un tanto trágica: una fila de españolitos junto a un negro, perdón, he querido decir un afroamericano con su hijo, ambos alucinados; un asiento cargado de abrigos, gorros, bufandas y guantes, dos más repletos de cajas con restos de hamburguesas, perritos, pollo frito y jarras de cerveza vacías; tres tíos sobando abrazados al guante naranja, con sus respectivos gorros de los Knicks muy bien puestos; y otros tres individuos disfrazados de la misma guisa haciendo fotos a todo lo que se meneaba mientras animábamos al equipo contrario. Nos levantamos en el último cuarto, ya que uno de los durmientes abrió un ojo y arguyó la excusa intolerable de la marabunta humana la hora de la salida. Pero aquello no era el Nou Camp precisamente, ni tampoco la Maestranza tras una corrida de José Tomas: había taxis por un tubo. NY es una ciudad civilizada, los ancianitos y las viudas resabiadas no tienen la costumbre de hacer la zancadilla en la cola de la parada de taxis…
Parecía un chorizo y efectivamente, lo era. Pero en estos tiempos de globalización debemos tener consideración con los chorizos; consideración, tolerancia y hasta respeto, porque son miembros de pleno derecho del sistema de bienestar, el mismo sistema que protege a los delincuentes y los confunde con los marginados o los indigentes; este sistema al que hemos llegado tras cientos de años de aprendizaje lento y trágico. Esta vez el chorizo, el proyecto de delincuente, se consolidó como tal atizando con un cenicero en la cabeza a una ingenua joven de diecisiete años que probablemente creería estar viviendo una aventura apasionada similar a las que idiotizan a tantos otros jóvenes, televisión -u otro medio similar- mediante. Luego está el factor internet, que da la puntilla a las almas cándidas. No digo yo que este bendito medio sea el infierno, pero mal utilizado, puede llegar a serlo. Los padres, familia y amigos de la malograda joven intuían el peligro potencial del chorizo, pero cualquiera le pone el cascabel al gato tal y como está el patio: que una cosa es tener pinta de chorizo y otra es acusarlo con premeditación y alevosía; porque el chorizo, el proyecto ya consolidado de delincuente, es un ciudadano con los mismos derechos que usted y yo, y no se puede ni se debe prejuzgar a un chorizo en función del estilismo chusquero por el que se haya decantado, porque como es bien sabido, todos los ciudadanos somos iguales ante la ley aunque algunos apunten maneras y acaben atizando con el cenicero en la cabeza a algún inocente. El chorizo, como no podía ser de otra manera, tenía amigos y familiares de su misma categoría moral y social, es decir, también chorizos. Estos familiares y amigos se han convertido en presuntos cómplices. Vaya por delante el calificativo ‘presunto’, que es otro derecho adquirido por el delincuente. Estos ‘presuntos’, en lugar de acudir a la policía a dar parte del crimen, decidieron colaborar con el (presunto) asesino, porque en este mundo globalizado repleto de chorizos idiotizados, han cobrado valor la “amistad” y la “lealtad” mal entendidas en detrimento de otros valores morales elementales. A las películas y a los programas de televisión idiotizadores me remito.
Moraleja: el chorizo que aparenta ser un chorizo, es un chorizo por mucho que el sistema lo fomente, ampare y proteja.
Y hay que alejarse de los chorizos como norma general.
Cuando era chica -porque yo era chica y no pequeña- mi madre me comparaba con las urracas. Sustraía y escondía cualquier objeto que brillara. Solía encerrarme en el cuarto de baño para pasar horas entretenida admirando los destellos de mis tesoros. Una vez me gané una buena reprimenda, ya que se me fue por el desagüe del lavabo un “tu y yo” muy valioso (un zafiro y un brillante montados en oro amarillo). Fue entonces cuando me juré a mí misma, como Escarlata, que jamás pondría en peligro otra joya. Y opté por el strass como alternativa más económica para satisfacer mi lujuria.
Cuando dejé de ser “chica” empecé a invertir en mis propios tesoros; no por ambición, sino por pasión. Pero bajé la guardia de nuevo y un buen día, mientras me acicalaba frente al espejo, un pendiente -cinco brillantes rematados por una perla australiana de 16 mms- se suicidó delante de mis narices. Acabó despeñándose por la garganta de mi principal enemigo, el desagüe del lavabo. Lloré como una magdalena y volví a jurar en arameo. A dios pongo por testigo que las joyas y los lavabos son incompatibles.
Mis tesoros no son objetos inanimados, tienen vida porque yo he querido que la tengan. Cada uno de ellos se corresponde con un momento puntual de mi vida, triste o alegre. Soy supersticiosa, les atribuyo poderes mágicos y estoy convencida de que no puedo prescindir de alguno de ellos, especialmente de este solitario porque me lo gané tras una batalla muy dura. Necesito mirarlo cien veces cada día, me tranquiliza y mi amor hacia él es correspondido con mil destellos. HA APARECIDO. Estaba cuidadosamente escondido en un pequeño hueco entre los libros y el despertador, sobre la mesita de noche. He dado trechas sobre la cama, me he reído como una histérica, he gritado de alegría. Tal vez algún día me lo roben, pero sería imperdonable que yo cometiera el error de descuidarlo.
La llevaba siempre puesta. Siempre. Un brillante de 0,76 kilates de color algo amarillento, sin incrustaciones. Mi compañera del alma, mi joya más preciada, la que me regalaba cientos, miles de destellos. La compré para desquitarme del impago de una sinvergüenza de cuyo nombre no quiero acordarme. Finalmente la emplumé tras un año de litigios. El dinero que recuperé tras la contienda fue empleado en la adquisición de una joya ‘importante’, un emblema, una especie de símbolo. Cada vez que la mirara recordaría que no perdí el tiempo. Era mi recompensa tras una cadena de sinsabores no merecidos. Pero también he sido consciente de que mi conducta temeraria acabaría acarreándome problemas. Esto podía suceder y sucedió: esta mañana no estaba donde yo la dejé… donde yo creía que la había dejado. Un viaje largo y una tarde de farra han contribuido a la desgracia. He “desandado” minuto a minuto cada paso, cada gesto, cada movimiento desde el momento en que abrazó por última vez mi dedo, pero me faltan secuencias. No acierto a comprender cómo ha podido pasarme a mí algo así. ¡Si yo la tenía sometida a una vigilancia constante desde la atalaya de mi pescuezo! Ayer pude haberla mirado cincuenta veces a lo largo de toda la jornada. A ella y a su “hermana pequeña”, una nueva adquisición pre-navideña con fines terapeúticos. Ya no está conmigo. ¿Dónde habrá ido a parar? ¿Quién habrá horadado la circunferencia plateada que ha abrazado durante tantos años mi dedo corazón? Adiós preciosa. Otra ocupará tu lugar, probablemente más grande y más pura, pero nunca será lo mismo. Yo maldigo a la desgraciada que ose violar tu circunferencia. La maldigo y a dios le pido que los destellos por los que tanto batallé la condenen a la ceguera. Choriza, se devuelve lo que no es de uno. Coño.
pd.: Sospecho que se ha caído por el desagüe del lavabo. He metido la mano hasta el codo en el sumidero del cuarto de baño. El sacrificio de exponerme a los efluvios propios de la estancia no me ha devuelto la recompensa deseada. El premio: una maraña repugnante de pelos y cinco arcadas.
…Y sin mentar a la reina esta vez. Por si no tenía una ya bastante con digerir el contoneo histórico del sagrado muslamen de la remaciza Beyoncé en blanco y negro, ahora nos enteramos de que una de las dos bailarinas que la acompañan en la mencionada orgía de muslámenes, es un tío. Un tío, sí. Un tío que se contonea mejor que yo, mi madre y mi abuela juntas bailando Paquito el Chocolatero. Pinchen, pasen, pongan atención y adivinen.Efectivamente, el tío es el que tiene cara de tío, muslos de tío y brazos de tío. Seguro que no sabe liar croquetas como se debe y se le deshacen cuando las fríe.¡¿O sí?! Mandan huevos.
Con perdón, pero con razón. Y es que cualquiera le tose al colectivo gay. Su majestad (por derecho, ella sí) la reina Sofía, ha cometido el imperdonable desliz de celebrar su setenta cumpleaños consintiendo a la opusiana Pilar Urbano que traslade algunos de sus pensamientos al populacho. No sabemos si la soberana ha sido influida por su nuera, ya que según la periodista, “Letizia ha sacado a la reina a la calle“. Pues mejor la hubiera dejado en palacio. Desconocemos si la tuneada princesa ex-periodista ha sido la responsable de dar el visto bueno al libro, que por cierto, ya está agotado. La reina-con acierto- nunca intervino en determinadas cuestiones sociales, no al menos a título público, con luz, taquígrafos y opusiana ávida de prestigiarse ante la Obra. ¿A qué viene este desmelene a destiempo, Doña Sofía? ¡Nobleza debería obligar! La casa real niega las declaraciones de la soberana, pero la enjuta periodista insiste: el libro ha sido debidamente supervisado, oigan. Doña Sofía ha cometido un error de cálculo subestimando a la nueva realeza: el colectivo gay. Los homosexuales se han revelado -¡y rebelado!- como un grupúsculo cerrado e intolerante que no transige ante quienes no consideran la homosexualidad como una opción natural, una suerte de pátina divina o una condición superior. En estos tiempos que corren quien no es maricón no es nadie, oigan. Si alguien alberga alguna reticencia con respecto al particular, siempre le queda la opción de declararse bisexual o por lo menos, viciosillo. Yo por si acaso me declaro maricón y monárquico, no sea que la inquisición gay me condene a la hoguera del vituperio.
Pues no estoy anunciando los fastos de "nuestra onomástica" por anticipado, listillos. Los blogueros, esa especie inagotable de vanidosos detestables que campan por el ciberespecio -entre los que no me encuentro porque yo sólo rebuzno- han escogido este día, que también es el día universal del niño, para luchar contra la pornografía infantil.Todo bloguero solidario que lo desee puede añadirse a la inciativa. Sólo hay que publicar el día 20 de noviembre un post relacionado con el tema.
El objetivo de esta blogocampaña, que arranca hoy, es que el próximo 20 de noviembre –Día Universal del Niño– cientos de blogs escribamos un post en el que aparezca la frase Pornografía infantil NO para sembrar los buscadores de Internet de severas críticas a esta vergüenza humana y social. De esta forma conseguiremos que las ciberbúsquedas de las palabras pornografía+infantil al menos golpeen las conciencias de tanto salido mental. En el post podéis colar términos de búsqueda empleados por los pederastas y pedófilos como “angels”, “lolitas” o “preteens” para llegar adonde queremos llegar.
Breve apunte ‘costumbrista’ con forma de epístola coñazo
Querido: He estado unos días en la costa amalfitana. He paseado por Nápoles, Capri, Pompeya, Positano… Impresionantes todas y cada una de ellas. Creo que ha llegado el momento de enloquecer y largarme a Amalfi. Quiero ser una mujer de negocios, una ejecutiva influyente: voy a poner un puesto de dedales esmaltados. La costa amalfitana es patrimonio mundial de la UNESCO. La única forma de acceder a ella es a través de una carretera estrecha y serpenteante, cuajada de precipicios imposibles y salpicada de pueblecitos increíblemente hermosos. Aun así, no creas que tiene poco tráfico, sino todo lo contrario, incluidos autobuses limitados a doce metros de longitud. Allí es normal que un vehículo recule doscientos metros cada dos por tres en plena “chicane” y naturalmente, las discusiones entre chóferes con la adrenalina por las nubes forma parte del encanto del lugar. Los insultos y discusiones entre ellos son otro atractivo turístico más. Qué machotes, qué estilazo, qué virilidad, cuánto arte y glamour derrochan cagándose en sus respectivos muertos. Para que te hagas una idea, un conductor de línea amalfitano trabaja dos semanas y descansa una... Yo me quedé en un establecimiento con sus cinco estrellas de rigor, con la piscina cavada en las rocas. La planta alta está al borde de la carretera y las habitaciones se descuelgan a través de un precipicio que se asoma al mediterráneo. Una maravilla, pero es que allí cualquier rincón es maravilloso. Estoy convencida de que la belleza se inventó en Italia, pero esta afirmación no sólo se debe a la riqueza artística que sus excelsos representantes crearon en tiempos: fue la propia naturaleza la que lo dispuso así. Y si fue Dios quién creó el mundo, allí echó los restos, porque ya no se trata sólo de la disposición de las piedras, ni de las grutas, o del mar o la vegetación, que va; también ellas y ellos destacan con un no sé qué salvaje que les brota desde dentro. Me gustaría ser italiana y del sur, ahora que lo pienso. Poner los pies en Pompeya fue un sueño hecho realidad. A pesar de que me limité a los topicazos (el lupanar te hubiera gustado) disfruté como una enana. Recorrí las calles pompeyanas con sandalias de esparto -altas, muy altas- sin caerme ni tropezar en ningún momento. El Vesubio al fondo, tranquilo pero majestuoso, y yo la más pompeyana de todas las pompeyanas que hayan puesto sus pies allí. Qué cuento tengo. Será porque me entonaba después del café –y no ese agua negra que tomamos los españoles- con dos limonchelos, que allí saben mejor porque es allí donde se inventó ese licor para deleitar el espíritu. También se inventó la pizza en Nápoles, aunque me cuentan ya en tierra ibérica que no, que la inventaron en Barcelona (¿¡!?). Estaban buenas, claro que sí, pero prefiero los “pétalos de rosa” que probé en “Chez Black”, en el puerto de Positano. No se trata de cocina de fusión ni de alimentos deconstruidos a lo Ferrán Adría, que va. En el sur de Italia la parafernalia se remite a los excesos de la madre naturaleza, a la verborrea de sus habitantes o a la dilatación del tiempo. Se trata de una pasta redonda y plana acompañada de una salsa de setas exquisita. En Capri ‘me metí’ en una gruta que usaba en tiempos Tiberio como piscina. Un barquero te conduce a través ella en una barquita decrépita mientras te canta “Oh sole mío” y cosas así. Humillante, pero es lo que hay. Tiene la particularidad de que el sol se filtra en el agua de una manera extraña y parece que está iluminada, de manera que se torna de un azul indescriptible. Y es que Capri es para perderse en una zodiac con una nevera portátil, una manta y un napolitano galante, fornido y mentiroso, ya que está cuajada de grutas y recovecos que invitan a la lujuria. Una pena que el principal atractivo de la isla resida en el comercio de lujo. Está atestada de turistas, es incómodo y desagradable pasear por esas callejas tan bonitas tropezando con japoneses y alemanes alienados. También son incómodas y poco recomendables las sandalias de esparto -altas, muy altas-, tal vez por esa razón el souvenir más demandado de la isla sean precisamente las sandalias, pero planas. Y demasiado caras. El guía, que se llamaba Paolo y era napolitano, tuvo el detalle de leernos durante el trayecto de regreso la carta que Plinio el Joven escribió al historiador Tácito narrando los últimos momentos de su tío Plinio el Viejo durante la erupción que destruyó Pompeya. Tenía el hombre (y tiene, supongo) una voz muy varonil. Creo que él y yo éramos los únicos verdaderamente interesados en la lectura, él porque leía, yo porque cerré los ojos y disfruté de la lectura arrobada. Podría ampliar mi relato hasta la extenuación, pero como sé que eres un señor bastante ocupado y poco detallista, no te voy a castigar más. Eso sí, anota en la (apócrifa) lista de obligaciones un nuevo e hipotético destino para fugarnos. Besos. (Ilustro con la imagen de la Gruta azul de Capri)