La bitácora de deportes de Juan Manuel Rodríguez goza de una activa comunidad de comentaristas en la que me incluyo, aunque que sea con un grado de actividad bastante inferior a la media de muchos de sus usarios más ilustres.
El caso es que en el último post, "Lleida: ¡anda y que te ondulen con la permanén!", a colación del vendaval de críticas hipócritas que desde Cataluña y sus protectorados espirituales, como la Moncloa, se ha desatado contra los fichajes del Real Madrid, estos usuarios han hecho alusión al contraste entre actitudes como la de Pau Gasol, el mayor baloncestista español de la historia, catalán, portando una bandera española en las celebraciones de su último triunfo, y la del extremeño Iniesta, que no quiso mostrar la bandera de su país en las celebraciones del Barça, entre la corriente general de banderas camerunesas, esteladas y de todo el mundo que allí se vieron, y recurrió a posar con la bandera de Albacete.

Y entre esos comentarios, recordé, y conté una anécdota que quiero también compartir con los lectores de esta bitácora.

En primavera de 2006 acudí al Salón del Comic de Barcelona (Saló, te obligan a llamarlo si hablas español; si hablas inglés, les da igual, porque es un evento internacional). Era el año del Mundial de Fútbol, y en las tiendas, y por la calle, se veían camisetas y chándals de las diversas selecciones, y pude observar que las calles de Barcelona no eran ajenas a esa moda: pude ver camisetas de Brasil, de Inglaterra, de Italia.

Así que no quise ser menos, y por la tarde noche me dejé ver por la zona del puerto y del Maremágnum con un chandal muy bonito, rojo, con grandes letras amarillas que decían, muy claramente "ESPAÑA", comprado en el Lidl, por cierto, pero muy similar a los que llevan en muchas ocasiones Xavi, Iniesta, Puyol, o en el pasado, Guardiola, Vaquero o Beguiristáin, sin que nadie en Barcelona les mirara mal por ello.

Oye, pues a mí sí que me miraban mal. No es que me preocupara mucho, porque aparte alguna puya de adolescentes, de las que sólo pican a otro adolescente, las miradas sólo una vez fueron amenazantes (por parte de unos tipos que llevaban camisetas de Brasil, por cierto, pero que parecían claramente productos locales, como las butifarras), y el resto de las veces, simplemente, y no exagero por esto, de horror e incomprensión, como la cara que pondría un religioso ante la más horrenda de las profanaciones.

Un curioso hecho fue que fui a un locutorio por el Paralelo, indio, o paquistaní, para imprimir la tarjeta de embarque on line para el vuelo del día siguiente, con mi chandal puesto, claro, y el indio (o lo que fuera) me preguntó: "Entonces, ¿usted es español?" "Sí. ¿Y usted?" Y el hombre sonrió, y no me cobró nada. Era sólo un euro y medio, pero fue un detalle.

Un par de años después, el destino me reivindicó en forma de victoria de España en el Europeo, con las celebraciones multitudinarias, con banderas y camisetas españolas, en toda España, inclusa Cataluña. Para que luego digan que los madridistas y raulistas no nos alegramos de aquella victoria (yo soy, sin llegar al forofismo, ambas cosas).
Pero que quede claro que yo, Mienmano, fui un precursor en aquel territorio, antes tan hostil.
