La naturaleza nos estaba esperando puntual. La esperábamos desde que salimos de La Coruña. A estas alturas ya sabíamos que el principal enemigo no era el inglés sino el temporal. Y llegó con fuerza para destruirnos los planes y reorganizarnos las tropas una vez mas: unos a casa, otros desaparecieron en la isla y nosotros arrastrados a Kinsale. Queríamos Cork, pero nadie llegó hasta allí. Solos, con limitadas provisiones, acuartelados, jugamos de nuevo a la gloria de la resistencia, a hacer del fuerte nuestro hogar ultimo, nuestra tumba donde revolvernos antes de caer esperando la extremaunción de la pólvora y la sangre, bautizo de gloria hacia el paraíso de los héroes desconocidos. Sin embargo nuestra hora no había llegado y resistimos. Apartamos momentáneamente a los anglos y conquistamos la admiración de los Irish. Necesitábamos refuerzos, y estos llegaron, pero no eran suficientes. El temporal habia roto de nuevo a los nuestros y los irish se perdieron desde el norte. Seguimos nuestra vocación de héroes, quizá porque no podemos ser otra cosa. Pero cuando no se puede, no se puede. Hay que capitular, condiciones honrosas y a casa. Los refuerzos necesitados llegaron dos días después de la fiesta. Too late, as always.
Vuelta a La Coruña, y con los ahorros hacer un hospital para los nuestros. A lamernos las heridas y pasear las cicatrices.
Mi recompensa: un consejo de guerra. A mí. Mejor morir que verlo.
…
406 AÑOS DESPUES…
Hace sol y primavera. Ya no hay temporal, me digo sonriendo. “Hubiéramos ganado con este tiempo”. Anyway, eso es otra Historia.
El autobús me deja en el centro de la villa al lado de la oficina de turismo. Miro el mapa y parece que el hotel está lejos. Hay mucha gente en el pueblo por el festival de rugby y encuentro un taxi por casualidad. Le pregunto que si sabe donde está mi hotel y me dice que no, pero que no importa, que suba y lo encontraremos. Típico de Irlanda.
Diez minutos mas tarde estamos entre colinas y aparecen todos los hoteles del mundo menos el mío. Pregunto que pasa, que llame a alguien de su compañía y descubra donde coño está el hotel. El sujeto hace llamadas pero nada de nada. Diez minutos mas tarde el cabreo se me sube a la cabeza entre el sol de primavera y el perfume del taxi. Le digo que me lleve al pueblo, que me deje en la parada de otro taxi y que se olvide de la cuenta. Me dice que ok, que al fin y al cabo el es de Cork y que está haciendo un favor a un amigo.
Me bajo con mi mochila y llamo al hotel directamente. Cinco minutos mas tarde llego andando.
Ahora entiendo por que no recibimos los refuerzos de los Irish a tiempo.
THE SPANIARD
Mi habitación da al mar y me reciben con sonrisas, champán y chocolate. Todo está a mano: los fuertes están a veinte minutos andando, el pueblo a cinco y el mítico Spaniard al otro lado de la calle.
Es día de fiesta y coches caros pasan conducidos por gente joven entre risas sueltas. Me dirijo a la taberna tras un día de emociones reflexionando sobre las notas del diario de a bordo:
-Scotch with Ginger Ale, please
Hay cuadros de Goya, mapas, recuerdos barnizados, iluminación de candelabros y ojeras cansadas, fantasmas de marinos, bancos de madera, historia concentrada en la penumbra de las chimeneas esperando resucitar canalla en clave de leyenda y voz rasgada.
Hace calor y salgo a la terraza. Veo apresurarse a un hombre con sed y bigote blanco. El camarero le recibe alerta:
-“Hi Mike, Clare está muy borracha!!”
-“Oh my God”, dice Mike con gesto contrariado parándose en seco.
-“No te preocupes, está en el bar del medio, tu puedes ir al pequeño”
-“Oh thanks Tom”, dice Mike aliviado con gratitud reanudando su camino al “little bar”.
REGRESO AL LUGAR DE LA GLORIA
Paseo hacia los fuertes de antaño en el amanecer final, en una madrugada fresca y con sol. El camino se va cubriendo de bosque hasta llegar a la carretera. De allí recto hasta el horizonte encañonado y vibrante del esfuerzo en roca, la última posada en tierra para muchos de los nuestros. Está muy tranquilo ahora, apenas se oye el mar y los murmullos de la resaca de la fiesta. Las ruinas perfilan el cielo dejando un contraluz para mi cámara. Respiro hondo y dejo que mi conciencia se agriete inundándose por el recuerdo de las otras vidas.
THE TRUE CAPITAL OF IRELAND
Vuelta a Cork la ciudad bullanguera y gris con su pubs atiborrados. Un amigo anónimo de mejillas sonrosadas me lo dice sin rodeos:
-Esta es la auténtica capital de Irlanda, no lo olvide.
“No lo olvido, claro que no” pienso brindando con mi Beamish por Kinsale, la Armada y Erin.
Hace mucho tiempo decían los oyentes graciosillos que Antena 3 era la radio más erótica del mundo porque te acostabas con “polvo de estrellas” y te levantabas con “el primero de la mañana”. Y aparte el chascarrillo ocurrente, la verdad es que muchos hemos llevado durante años un estilo de vida modelado por tan curioso horario.
Después de cenar y antes de estudiar oíamos “la linterna” con don Antonio Herrero y su grupo de tertulianos dándonos un magnífico análisis sobre la actualidad. En el “filo de la medianoche” aparecía el peculiar José María García gritando con voz aflautada “Buenas noches y saludos cordiales” la denuncia exagerada y agresiva de la actualidad deportiva. García se ensimismaba en trance nocturno entre los escándalos del fútbol español hasta que se pasaba de hora y daba el turno con desgana al señor Pumares, don Carlos que comenzaba con su habitual conocimiento e impertinencia a vacilar a los noctámbulos aficionados al cine que a esa horas llamaban para preguntar “Caaahhlos, has visto Casablanca?”. Pumares era la enciclopedia andante del cine y tras dos horas de coloquio mas o menos surrealista y divertido nos ilustraba con uno de sus especiales cinematográficos, como el del “monolito”, es decir, tratar de explicar el significado de “2001 una odisea en el espacio”. Al final tampoco nos enterábamos de nada pero pasábamos un rato magnífico.
Yo estudiaba de noche entre mis números y estos sonidos de las ondas, y a eso de las seis de la mañana se oía la voz de Don Antonio Herrero despertando a España al estilo de “good morning Vietnam” en un todo de potencia, euforia y entusiasmo. Antonio era un hombre fuerte en expresión pero tremendamente inteligente al disponer en las tertulias de personas con diferentes ideologías. Recuerdo a un tal Justo de Canarias que debía ser un ex alto cargo sindicalista o algo así y hablaba como un viejo soviético con acento del Teide.
Eran otros tiempos. Parece que hace siglos de aquello sobre todo de la forma en que se han cambiado los acontecimientos. Antena 3 y aquel grupo de gente con todas sus virtudes y defectos, fueron una grieta de libertad en aquel panorama siniestro de la España Polanquista y rosa, oficial y falseada. Antonio y compañía consiguieron abrir un boquete de opinión en que, manteniendo sus principios consiguieron generar ideas a través de la confrontación con otras en eso que se llama discusión y se establece con gente de ideología diferente.
Mucho ha cambiado de esa perspectiva y bien lo sabemos.
La actualidad debido a los dramáticos hechos del golpe del 11M cambió el panorama de una forma brutal y provocó, como provocan todas las guerras, que los bandos se radicalicen hasta unos extremos alarmantes.
Bien y comprensible está forzar la máquina en los primeros tiempos de las batallas para hacerse con un sitio propio aunque sea a codazos. Eso se consiguió sin duda y agradecimientos siempre habrá para los responsables. Ahora bien, una vez con la posición hecha, o se abren las compuertas para crear por confrontación de ideas o caemos en la secta doctrinaria, lo cual es la situación que mucho me temo tenemos ahora.
La vanidad es mala, malísima. El endiosamiento de los hombres brillantes les devuelve a la animalidad. Ilustrada, pero animal, no nos engañemos. La vanidad mató a José María García (como matará a sus competidores) y está en proceso de acabar con mi admirado Federico (no Nietzsche, el otro), y mi querido César (no Julio, el otro) dos de los intelectos más brillantes de España que corren el peligro de agotarse en su creación. De caricaturizarse a si mismo.
Lo siento de veras. Con todo el agradecimiento del mundo y con toda la admiración creo que desde hace años nos estamos equivocando. Yo lo veo así.
Atentos en descansoooo!!! Fiiiiirmes!!!! Arrrrrr!!!
No se mueve nadie, no se mueve nadie!!! Cantamos con fuerza:
“Caballero español, centauro legendario, jinete valeroso y temerario…”
Teníamos la voz cascada, desentonada, a tono con el apasionamiento con que nuestros mandos nos daban la formación. Yo estaba rodeado de chavales de Castilla y Barcelona con una media de edad de 19 años. Los catalanes eran muy espabilados y se las sabían todas. Los nuestros parecía que habían salido del pueblo antesdeayer.
Un sujeto muy simpático de Tarrasa era el que se encargaba de traer las drogas cada fin de semana a sus colegas:
- Quieres un trippi, Mac? Gratis, que tu eres un tío legal, joder.
Y yo que era un abuelo de 24 años, envejecido por estar tan cerca de esta energía flipada y urgente que portaban las nuevas generaciones, decía que no, que lo mío era el tabaco y hasta le daba consejos alertando sobre la cantidad de porros que esta gente se metía entre pecho y espalda al día.
Otro fichaba todos los días en la cárcel y tenía su taquilla al lado de la mía:
- Me gusta ese anillo de chuloputas que tienes, Mac, es muy guapo
Hizo la mili uno ya viejo, con las pupilas arrugadas de ver los-muros-de-la-patria-mía inundados de pintadas y blasfemias. Hizo la mili uno tarde, pero ilusionado, como uno hace en el fondo todo, buscando que la realidad nos proporcione algún atisbo de esperanza. No lo encontré ciertamente entre los muros del cuartel, la fortaleza del “temible estamento”, otrora respetado, “gloria nacional”. Un estamento aparte que se suponía custodio de esencias y portador de una música peligrosa y mítica que sonaría en los crepúsculos calificada como “ruido de sables”.
No, no había allí ni sables ni mas ruido que el los bostezos pronunciados de un grupo de ociosos con uniforme, con estrellitas sin referentes de cielo, que se dirigían al Ejército como “esta-puta-empresa” y cuya mayor preocupación era la nómina, los puentes, las guardias y hacer poco, o nada. Convivían en armonía cotidiana y absurda en ambiente de siesta eterna los diferentes grupos: los suboficiales, muy resabiados, los oficiales de carrera que miraban desde lo alto, nosotros, los últimos reemplazos y por último los que hacían la mili de alférez y a los que nadie saludaba. Todo bajo el mando de un Tcol invisible secuestrado a si mismo entre un despacho con cuadros de héroes y alfombra roja y el bar de oficiales.
En uno de esos movimientos fulgurantes que ha marcado mi brillante biografía fui ascendido a cabo y me dieron dos galones con tres tiras rojas. Había que quitar una para no confundirlo con los profesionales que normalmente eran tíos marroquís nacionalizados, los únicos motivados del cuartel, que limpiaban el cetme más rápido que nadie y se quedaban mirándote con un desafío sutil y previsor de lo que va a venir.
Uno se va desengañando poco a poco de los viejos mitos, y si bien es cierto que no esperábamos encontrar ni visionarios ni sables ruidosos (que no hace falta tampoco, espero se entienda esto), si esperábamos cierta vocación, rebeldía, inquietud, malestar, amor por la institución de gente que funda su obra sobre la base de un juramento. Juramento que ancla la existencia entre la Tradición, la Eternidad y la Patria y ahí me las den todas. No, esta generación estaba hecha a imagen y semejanza de su General Manager, y por tanto con plena identificación sobre la particular forma de jurar y expresarse del sujeto.
Y así nos encontramos cara a cara con una institución desahuciada, autodestruida, muy limpia desde la lavandería “23F” dejando una colección “alegre” de “soldados del amor” con mala memoria para los lemas de “honor y gotas de sangre” y que gusta de chanzas como “preferir que nojjj maten a tenejjj que matar”.
Institución ahora custodiada en manos de una gachí preñada y radical cuyo problema no es que sea mujer ni esté embarazada (que siempre salen las “del género” a dogmatizar, quietas niñas!). No, el problema es que es una persona sin ningún tipo de trayectoria ni entendimiento del Ejército, con idea relativa de la Patria y con dificultades físicas para desarrollar el trabajo. Eso es todo, feministas no se me calienten. Denme una Maggie Thatcher (en su época) o una Condolezza y ahí no hay problemas ni discusiones (o no son mujeres, estas?).
Pero no conviene engañarse ni llevarse mal rato. Soy de los que creo que cada uno tiene sin duda lo que se merece. Y un grupo que asiste mudo ante el desahucio de la Patria que han jurado defender, con olvido de sus muertos, que solo se expresa con discursos tibios después de brindis para jubilados, que ignora la destrucción de sus símbolos, de su historia, de sus estatuas, de sus himnos y que solo encuentra energía para mover el culo y ponerse de morritos porque se les quita el acceso a la banda ancha, no merecen mucha consideración.
“Brigada heroica,la patria esperaque tus jinetesdefiendan su bandera”
Te lo dije. Y si no, te lo digo ahora: “no dejes tu mano suelta por ahí porque iré a por ella”. Lo viste tu misma el otro día, cuando la abandonaste leve en la mesa del pub y mis garras se abalanzaron en un suspiro. Con mucha suavidad, claro, eso si, ya sabes como soy, delicadeza ante todo, que esa es la mejor vía para encauzar el fuego cuando los interiores arden.
Estabas tensa en la mañana, apenas me mirabas, concentrada en tu ensalada y solo muy de vez en cuando levantabas la mirada un poquito haciendo que tu rostro del norte se sonrojase con urgencia brotando los calores que te tiñen la piel hasta quemarse. Entonces volvías a mirar prudente al plato para musitar como suspirando al brócoli: “no-me-mires-asi”.
Yo seguía mirándote fijamente, claro, ya sabes como soy, o estas aprendiendo a saber como soy, me gusta recrearme, observar, petrificar con la mirada para no perderme detalle. Miro descarado pero con dulzura, of course, siempre con dulzura y con respeto, degustando lo que me trasmites a los ojos.
“Que te trasmito?” Me preguntarías coquetona entre mirada y huida. Y yo te contestaría que estas cosas solo se responden en verso, al oído, entre luces, o entre sombras. Pero eso no me lo preguntaste hasta mas tarde, claro. En esa mañana laboral estabas aun con los brazos y las piernas cruzadas, el corazón anudado, nerviosa, obviando mis ojos dejando tu mirar inquieto entre la ensalada y el mundo.
Si, era comprensible, lo entiendo. Acababa de llegar y los dos estábamos un poco tensos, un poco extraños, qué cosas!… tantas conversaciones, tantas confidencias al hilo telefónico, donde éramos apenas una voz en la distancia tratando de encauzar una historia, tratando de expresar lo imposible y solo consiguiéndolo en los largos silencios de respiración entrecortada…
Y allí estabas, en persona, delante de mi, hecha un nervio, con el cuerpo cruzado, enrojecida y con sonrisa de colegiala. Tú, apenas insolente en el teléfono hace unas horas, crecida y con mando, y ahora empequeñecida entre mi media sonrisa y mi mirada entera.
“Es que me siento mas segura por teléfono”, seguiste musitando al brócoli.
Llegó más gente a un rescate no querido y empezamos a elevar el tono a nivel del mundo, a refugiarnos en la frase hecha, en el comentario común, en los gestos sabidos. Disimulando y hablando en neutro, como si nada. Pero ya sabes como sois las mujeres, que no se os escapa una, que luego te interrogan tus amistades y al mismo tiempo que tus palabras lo niegan todo, tu cuerpo te traiciona con rubores, temblores y torpezas dulces. Y es que el cuerpo es mas honesto, I’m telling you...
Y llegó nuestro día, por fin solos. Yo seguía buscando tu mano mientras insistías sonriendo en ponerte al otro lado de una mesa kilométrica para evitar problemas. Sigues cruzada y con distancia hasta que por fin la mano blanca se te desliza sola en la mesa, campo de batalla, tierra de nadie, ajedrez de un solo cuadro. Se me iluminan los ojos y hago jaque mate en un movimiento.
“Te cogí!”
Atrapada en leve caricia, tu mano blanca es un puño minúsculo, esbozo de mano en la aurora, que quiere hacer fuerza, pero no la hace, se relaja en un instante, caricia mínima, mi pulgar intercede entre tus dedos y se abren en clave de pétalo carnal en un amanecer de gloria. Mis labios aparecen en tu mano en tacto que produce hemorragia en los adentros, despertar a la vida, parto de ilusiones. Separas la mano asustada y la escondes en tu regazo con pupilas dilatadas. Yo me aclaro la garganta entre arritmias.
Hacemos el silencio entre el ruido obsceno del pub y, frente a frente, como dos duelistas nos observamos en combate a primera sangre. Respiras hondo y sonríes, ya no me ocultas la mirada, no desapareces, te quedas. Yo no puedo estarme quieto, y en movimiento audaz mis piernas largas rodean las tuyas.
“Me retiro?” Digo muy serio.
“No”.
Se nos acaba el día, hay que abandonar la vida y volver al mundo. Hay que irse. Hemos deshecho el tiempo y las horas comienzan a contar hasta que te vea, cuando? No lo sabíamos entonces.
Pero apareciste en la mañana, como un milagro inesperado (ya no hay milagros esperados) con tu camiseta gris y sin pintar, una diosita aria con pecas en pijama de domingo. Y el camino al aeropuerto se hizo corto y yo tenía la esperanza de que nos perdiésemos para encontrarnos en un bosque encantado. Pero no, llegamos puntuales y tristes, se paró el coche y nos miramos sin saber que hacer. Tu hombro perturbador mostró su constelación de pecas y por un momento me quedé buscando a la estrella polar, pero temí perderme en el universo de tu cuello. Antes de abandonar el coche te rocé la mano de nuevo que habías quedado abandonada en la palanca de cambios. Ahora si respondiste y ambas manos se volvieron a entender en otro instante.
Salimos, yo con mi maleta azul a juego con mi tristeza, tu con tu camiseta gris a juego con el resto del domingo.
Y sin saber como darnos un beso, como niños sin saber besar nos dimos un abrazo. Abrazo que conservo y que cuido cada día, abrazo conjunto de calor, de olor de ti en nuestra mañana de domingo. Yo volví a mi maleta azul, y tu a la máquina de parking. Anduve hacia la Terminal, mas Terminal que nunca en paseíllo de horror y ausencia y, tras cinco pasos volví la mirada para encontrarla en la tuya.
Pero nadie se dio la vuelta, como en las películas, nadie dejó la maleta para volver y fundirnos en un beso con música de fondo y aplausos del personal.
No. Seguí mi destino dominical hacia el check-in desayunándome besos sin dar, atragantados, rota su vocación de nacer en tu boca, de perfilar las esquinas gloriosas de tu ser, de esculpirte en fuego escuchándote entre metáforassin rima. No. Me les quedé conmigo para romperme la garganta y crear un mito en ese olimpo donde viven eternamente los besos que no se acaban de dar.
Siempre que me pregunta algún amigo sobre mi película favorita de Scorsese suelo mencionar rápido: “The last Waltz”. Entonces mi amigo fuerza la media sonrisa irónica e insiste en que le responda con seriedad. Para no decepcionar sus expectativas –cuando la gente pregunta por gustos suelen preferir que compartas los suyos- menciono cualquier otra película del maestro, diferente en cada momento aunque “mean streets” suele estar presente en muchas ocasiones.
Cuando digo que “el último vals” es una de mis películas, no trato de vacilar ni mucho menos, por supuesto entendiendo que la gente no lo ve como una “película”, sino como un “concierto filmado”, “película documental” etcétera. Lo cual tiene mucho sentido pero yo no lo veo así, o por lo menos solo así. Y es que la clave de la creación está, creo yo, en la historia, en ser capaz de contar una historia -sea inventada o explicada - bajo la excusa de un tema, en este caso un concierto, haciendo que al final del mismo nos quedemos con la impresión de que hemos visto algo más que un concierto o actuación musical.
Mr Scorsese con pocas cámaras y mucho talento fue capaz de explicar, de contar utilizando medios muy básicos (entrevistas, un fragmento de vals, una decoración magistral y simple del escenario con lámparas de época sacadas de una representación de la Traviata) la pasión por la música de un grupo de jóvenes con ojeras negras y agotados. “Tan jóvenes, tan viejos” que diría Sabina.
Sin haber tenido ningún referente sobre ese grupo llamado “the band” terminamos llenándonos de su música, del dolor que no se cuenta pero trasluce en esos rostros picados de algún componente en vía de extinción y logramos entender el hastío y autodestrucción de gente que, con treinta y pico años y con dieciséis “on the road” ya reconocen que son incapaces de seguir porque “the road” les está matando. Y todo explicado en miradas heridas que dicen todo, voces cascadas y risas frugales de ángeles sucios en el umbral del delirium tremens. Suena la música y esos sujetos destrozados se reconvierten, se completan y consiguen sobrevivir a si mismos, un poquito mas.
Esa es la historia que logra contar/explicar Scorsese con mucha sutileza y bajo la coartada de un ultimo concierto.
En otra línea tendríamos que analizar “No direction home” la película con Bob Dylan. Es este un trabajo más documental donde, partiendo del personaje, su peculiar carácter y su genialidad, extravagancia y vocación nos damos un paseo por la llamada América profunda del folk hasta los turbulentos años de los sesenta y setenta, las generaciones esclavas de las utopías que terminan en otra autodestrucción patética de risa floja. Dylan es la excusa y de nuevo la historia es el producto de Scorsese. No ya una historia personal sino generacional.
Viene esta larga introducción para explicar que el sábado pasado fui a ver con toda mi ilusión “shine a Light”, el último proyecto de Scorsese, esta vez con los Rolling Stones, casi nada. Ya saben los cuatro sujetos british de sesenta años que siguen arrasando en el escenario cuando la salud lo permite. Sin ser un gran fan de estos chavales fui con la idea de verlos para entenderlos un poco más con la ayuda de Marty, que para eso es el director y mas con el aval de los ejemplos que hemos puesto antes.
Pasaron las dos horas de película y me quedé con la idea de que había visto un concierto, sin más. No pude encontrar la “historia” por ningún sitio. Reconocemos que el film es de Scorsese porque aparece al principio y al final con sus gafas de pasta, eso es todo. Entre media asistimos a un concierto, muy bien elaborado, interesante, etc (cualquier adjetivo vale)… y sin duda nos recreamos con los bailes de Mick Jagger, -que está más en forma que yo, by the way-, la discreción de Charlie Watts, la guitarra de Ronnie Wood y la máscara fantasmagórica, ida, esculpida en vicio del rostro de Keith Richards.
Si es usted un fan de los Rolling, no hay más que pedir, fair enough. Se mezcla alguna entrevista mencionando el problema de drogas. Hay un magnífico blues y yo me quedo con Richards cantando “you got a silver” con su perfil roto y fumando en el escenario.
No crean que me aburrí, no es eso, simplemente con todo mi admiración a Marty, creo que hoy en día un concierto lo puede filmar cualquiera y yo esperaba la mano invisible del maestro para que hiciera una historia a pinceladas, que de eso se trata de construir con estos materiales.
Pero no la hizo. Never mind, seguiremos atentos a sus proyectos of course.
“Ahora escuchadme, galeotes: a todos vosotros se os condenó. Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”
…
Quinto Arrio está al mando de la flota.
Tras subir a bordo el almirante baja a inspeccionar a los remeros, a la canalla esclava de rencor y músculo, a esa colección de vidas destrozadas que, con vocación de muerte segura se deja los últimos esfuerzos en una jaula en medio del mar.
Quinto Arrio pasea despacio, poderoso e insolente observando a esos seres con interés. Desecha a uno porque está enfermo, ve a otro con la espalda curtida a latigazos: “un insubordinado”, le informan. En su inspección se fija en un hombre que le llama especialmente la atención, seguramente por la forma intensamente malherida de mirar. Arrio le interroga curioso cuanto tiempo lleva sirviendo, y el esclavo le responde. Se hace un silencio y el Almirante continúa su camino unos pasos. Se para, coge un látigo y azota inesperadamente en la espalda del esclavo. Un latigazo que nos rompe la espalda a toda la audiencia. El esclavo le atraviesa con la mirada y amaga un gesto. Arrio sonríe hacia adentro satisfecho:
“Tu impulso es de devolver el golpe, pero tienes la sensatez de contenerte. Tus ojos están llenos de odio, Cuarenta y uno. Eso te ayuda. Se sobrevive con el odio. Da fuerza para resistir”
…
Creo que habré visto la historia de Judá Ben-Hur y Mesala no menos de diez veces y siempre me parece nueva, compleja, espectacular... es decir viva. Mas allá de la mera aventura hay una bella descripción de una problemática profunda que habla de la amistad, de los principios, del amor a la familia y a la tierra, del sufrimiento, de la frustración por la ruptura proyecto personal, de la autodestrucción que provoca el rencor y el odio y del consuelo como descubrimiento envolvente de la Fe.
Diría que es una de las películas donde mejor se ha reflejado la presencia de Cristo, la ayuda personal que ofrece en medio de la oscuridad del sufrimiento y de la falta de esperanza. Nos lo muestra Judá en un solo plano cuando una sombra se acerca para ofrecer agua a un héroe sediento y acabado. Todos quisiéramos beber de esa agua. No vemos nunca la cara de Jesús porque no hace falta. La pura presencia de Dios se refleja en la expresión de Mr Heston.
Charlton en “Touch of evil” como incorruptible inspector de policía mejicano, en quizá uno de los mejores inicios de películas en la historia de cine. Charlton en “The war lord” de Schaffner como un guerrero medieval cansado que se retira a administrar sus tierras pantanosas y siniestras en el medio de la nada y donde se plantea el problema del derecho de pernada. Un guerrero que mira a su amada, la pura belleza de Rosemary Forsyth al pie de su lecho cuando le están curando heridas de guerra. Una mujer a los pies del lecho para impedir que un guerrero grite de dolor.
Moisés, con la mirada en clave de Dios, poseído de Verdad y Vida partiendo el mar en dos y con eso las conciencias de su pueblo. Cuentan que en la escena de la zarza ardiente cuando estaban pensando sobre el tipo de voz que habría que poner a Dios, Mr Heston sugirió a DeMille que debería ser su propia voz, ya que él entendía que si alguien alguna vez tuviera acceso a escuchar la voz del Señor, esa vez vendría de dentro, no de fuera, y que por tanto sonaría como la propia. Cecil B.DeMille le miró con amigable socarronería y le dijo: “No te parece que el papel que interpretas tienes es ya importante, de por si?”
…
Muchos momentos, muchas imágenes en la retina.
Yo me quedaría con la idea de que el señor Charlton, como John Wayne, como otros pocos, pertenecen a esa clase de actores que jamás han interpretado meros arquetipos o personajes basados en unas técnicas más o menos determinadas de actuación, método o escuela. No.
Esta clase de actores no han hecho otra cosa que desarrollar en un personaje lo que ellos mismos son: Hombres.
Con todo mi afecto, admiración y agradecimiento, Charlton Heston -mi amigo Judá Ben-Hur- descanse en paz.
A la entrada del cementerio de Galsnevin, en uno de los muros formidables que custodian el simbólico lugar donde están enterrados los revolucionarios irlandeses, se puede leer una placa dedicada a los vigilantes nocturnos que protegían el santo lugar de criminales especializados en robar los cuerpos para posterior venta a estudiantes de anatomía.
A dichos sujetos se les califica en el letrero como ‘Resurrectionists’.
Me llamó la atención la palabra: entrecomillada con la erre mayúscula e intuida ya con la ironía que gastan los isleños. No me costó imaginar en clave expresionista de frío y sombras a dichos profesionales de la ‘resurrección’ cuando, tras apurar unas pintas en el “Sean Kavanaghs” -también llamado Gravediggers entre los que lo solemos frecuentar- saltarían las tapias del lugar sagrado y entre el fango y un silencio roto a paladas y toses bronquíticas se ocuparían diestramente de violar la tierra para extirpar su semilla todavía caliente de una carne almada o alma encarnada sin mas audaz propósito que recibir unas monedas para licores mientras los últimos clientes del proceso esperarían en sus casas con manos limpias recibir el fruto.
Los resurreccionistas se irían con la labor cumplida en el medio de la noche dejando la tierra con cicatrices de cesárea inversa, malhiriendo la historia en un sacrilegio cotidiano sin adornos modernistas. Se irían como cumpliendo un trabajo, una función, una tarea sin mas preocupación en la conciencia que alguna eventual superstición.
Me perdía en estas divagaciones mientras hacía fotografías tratando de entender entre el contraluz el perfil dramático de la belleza helada de ángeles verticales, de la fiereza segura de los san jorges, del dolor fémina de las piedades, del sufrimiento sereno de los cristos anglos y de las lapidas ya mas modernas con formas de corazón y frases tiernas y sentidas.
Y pensaba entre plegarias y zooms envuelto entre la sinfonía mística de astros quietos, que todo lo que estaba viendo mi cámara, intentando reflejar entre requiebros de luz no era mas que un jardín de piedra brotado del dolor, de la lágrima y del misterio en rito. Que la semilla ardiente de la vida hecha se destilaba ante mí en un campo efervescente de cruces celtas y arte erecto hacia un cielo difícil color esperanza.
Me invadió el tremendo respeto a la muerte, la revelación de nuestra vocación última de memoria y tierra en el cuidado y delicadeza de esta antesala a la Vida.
Salí del cementerio con el alma en paz y cien fotos en mi cámara. Al girar por el panteón principal y saludar a la vendedora de ramos no pude evitar dar las gracias a todos los vigilantes nocturnos (y diurnos) que, en diferentes puestos, siguen velando para impedir que los ‘resurreccionistas’ que no creen en Resurrección ninguna se dediquen a seguir haciendo de la Historia negocio y de la Muerte, mofa.
A la entrada del cementerio de Galsnevin, en uno de los muros formidables que custodian el simbólico lugar donde están enterrados los revolucionarios irlandeses, se puede leer una placa dedicada a los vigilantes nocturnos que protegían el santo lugar de criminales especializados en robar los cuerpos para posterior venta a estudiantes de anatomía.
A dichos sujetos se les califica en el letrero como ‘Resurrectionists’.
Me llamó la atención la palabra: entrecomillada con la erre mayúscula e intuida ya con la ironía que gastan los isleños. No me costaba imaginar la imagen expresionista en frío y sombras de película sepia con dichos profesionales de la ‘resurrección’ que, tras apurar unas pintas en el “Sean Kavanaghs” -también llamado Gravediggers entre los que lo solemos frecuentar- saltarían las tapias del lugar sagrado y entre el fango y un silencio roto a paladas y toses bronquíticas se ocuparían diestramente de violar la tierra para extirpar su semilla todavía caliente de una carne almada o alma encarnada sin mas audaz propósito que recibir unas monedas para licores mientras los últimos clientes del proceso esperarían en sus casas con manos limpias recibir el fruto.
Los resurreccionistas se irían con la labor cumplida en el medio de la noche dejando la tierra con cicatrices de cesárea inversa, malhiriendo la historia en un sacrilegio cotidiano sin adornos modernistas. Se irían como cumpliendo un trabajo, una función, una tarea sin mas preocupación en la conciencia que alguna eventual superstición.
Me perdía en estas divagaciones mientras hacía fotografías tratando de entender entre el contraluz el perfil dramático de la belleza helada de ángeles verticales, de la fiereza segura de los san jorges, del dolor fémina de las piedades, del sufrimiento sereno de los cristos anglos y de las lapidas ya mas modernas con formas de corazón y frases tiernas y sentidas.
Y pensaba entre plegarias y zooms envuelto entre la sinfonía mística de astros quietos, que todo lo que estaba viendo mi cámara, intentando reflejar entre requiebros de luz no era mas que un jardín de piedra brotado del dolor, de la lágrima y del misterio en rito. Que la semilla ardiente de la vida hecha se destilaba ante mí en un campo efervescente de cruces celtas y arte erecto hacia un cielo difícil color esperanza.
Me invadió el tremendo respeto a la muerte, la revelación de nuestra vocación última de memoria y tierra en el cuidado y delicadeza de esta antesala a la Vida.
Salí del cementerio con el alma en paz y cien fotos en mi cámara. Al girar por el panteón principal y saludar a la vendedora de ramos no pude evitar dar las gracias a todos los vigilantes nocturnos (y diurnos) que, en diferentes puestos, siguen velando para impedir que los ‘resurreccionistas’ que no creen en Resurrección ninguna se dediquen a seguir haciendo de la Historia negocio y de la Muerte, mofa.
Acompaño a la Señora hasta la cita con su hijo. Está preciosa y quisiera sacar muchas fotos. Pero mi flash no da suficiente luz y por mucho que lo intento el color sale bastante difuminado. Hay mucha gente en el camino y veo caras conocidas, facciones que me resultan familiares, de toda la vida, de otras vidas… El pavimento respira incienso y hay una brisa cada vez más fresca.
No me gusta ver sufrir a las madres. Las lágrimas de la madre y el gesto de dolor se clavan como aquellos puñales que acompañan a la Señora en su trono. Sobre todo cuando la causa de ese dolor y sufrimiento viene por los proyectos personales de los hijos. Estos hijos valentones que ya bailan inquietos en el claustro materno y salen disparados a romperse la crisma por el mundo. En este caso el golpe rompió la Historia y abrió los sentidos, es cierto. Pero no puedo dejar de pensar que las madres siempre se terminan esculpiendo en cicatrices.
La Señora está preciosa. Hay muchas formas de sufrir, muchas formas de llorar. Y la estética, la coraza artística del madero policromado trasmite una verdad que asusta. Yo he visto llorar a muchas mujeres, y todos los llantos eran distintos. Claro está que no eran mi madre. El llanto de la madre desangra y no se puede analizar, solo se sufre y se trata de borrarlo como sea. Las otras lágrimas normalmente terminan en un soneto.
La observo de nuevo, cada poco porque creo que se va a quedar fría. Hace una brisa de incienso castellano que hiela todo. Pero me parece que la Señora no siente el frío.
Sus facciones son mesetarias, sus manos son poderosas, grandes. Dicen que sus pies, aunque no podamos verlos, son también mayúsculos. De ahí el apodo primero que la pusieron. Es una mujer con facciones de pueblo, de los pueblos que tenemos en la meseta. La madre acogedora, protectora, humilde y grandiosa, de las de antes, of course (bueno, maybe). Aquellas herederas directas de la tierra que han sido capaces de sostener a una raza loca y macho, visionaria y con delirios para quedarse con muchas cicatrices y algún beso. Hoy en día, pienso, sería una pobre maruja a los ojos de nuestro mundo perfecto de Super-women.
La Mesetaria se mece al compás de la banda. Una gran banda que interpreta acordes graves que nos hacen caminar a todos en una danza conjunta de incienso y silencio, mucho silencio. El perfume se expande y nos encaminamos por la calle donde al fondo se ve la silueta del hijo.
La sigo mirando y empiezo a rezar. Y rezo como si hablara a mi madre, es decir con ese cariño entrañable y egoísta que empieza y termina en Yo, yo, yo. La técnica “oración de petición” me absorbe hasta que me doy cuenta que mis plegarias empiezan a hacer temblar algún mandamiento. Vuelvo a mirarla y lo dejo. Me da la impresión de que cuanto más pido, más me limito y encima aburro (hasta yo me aburro). Por fin salgo de mi autismo entusiasta y pienso en “los demás”, en el mítico prójimo, y la oración se empieza a expandir con más alegría, con más peso. Y se expande como una brisa jovial en el alegre bosque de los árboles genealógicos y troncos asociados. Es como darse la paz en la iglesia, siempre a los mismos, siempre a los amigos. A partir de ahí, no veo al prójimo tan claro y la brisa cariñosa de buenas intenciones se atasca en un vientecillo abstracto de amor universal hacia el resto de la Humanidad, “besitos-para-todos”. Mi atención se para en algún prójimo en especial, frunzo el ceño y se me atraganta la plegaria. Eso no es forma de rezar, claro. Lo dejo también y la miro de soslayo.
Respiro hondo, un poco nervioso y pongo atención por fin a la oración. A la oración por la oración. No pido, solo vocalizo las palabras eternas hasta que un eco resuena en algún lugar de las cavernas de mi ser: “…Hágase TU voluntad…”. Si, la voluntad, buen tema, a nosotros, hombres de voluntad que nos vestimos de guerreros líricos a la primera oportunidad para explicar una gloria que no viene, a nosotros, que con dos libros y cuatro besos dados por el mundo nos ponemos a cantar con engolamiento en la voz rancheras autosatisfechas. Si, la voluntad. “Me doy cuenta que no he dejado mucho sitio para la voluntad Tuya, I’m afraid”, digo sin mirarla. Me asalta la frase de Cohen, “there is a crack in everything, that’s how the Light gets in”. “No hay crack in my Will, darling, vocalizo con exceso de confianza” (las madres entienden eso).
Y la escolto (yo la escolto?) y mi coraza de voluntad, proyecto, victorias se desmorona a cada zancada en este paseo eterno de apenas cien metros. El guerrero está desarmado por un espíritu madre vestido de tronco policromado mientras mi 1.90m de “vida” se queda pétreo e inmóvil, ya sin discurso, ni bullshit.
La Mesetaria no tiene frío, soy yo el que está empezando a estornudar. La silueta del Hijo aparece ya en la plaza. La miro de frente, por última vez. La pido que interceda, “Abogada nuestra…” y mientras pienso lo guapa que está, me aparto silenciosamente del camino para no interrumpir la cita con su Hijo.