Al caso de las críticas que últimamente le están cayendo a la realeza, el otro día me acordé de unos consejos que Francisco Franco le dio a quien hoy reina pero no gobierna. Estos se remontan a la década de los años cincuenta y se los dijo en presencia del general Carlos Martínez Campos, preceptor del entonces príncipe, para que aquél se compenetrara con la orientación que Franco deseaba se le diera. Están extraídos del libro “Mis conversaciones privadas con Franco”, del Teniente General Francisco Franco Salgado-Araujo, su primo y secretario militar, de los cuales sólo he escogido aquello que me ha parecido más significativo.
Sinceramente, con los socialistas fuera del Gobierno peleándose entre bastidores no esperaba de momento tratar sobre el Caudillo, aunque no me queda otro remedio después del ridículo espectáculo del juez de voz meliflua y su coro de vocingleros, a propósito de lo que se le acusa, y de que un siniestro personaje dijera el otro día que ahora gobiernan en España “los admiradores de Franco” (qué poco conoce este sujeto nuestra sociedad de hoy, claro que el hombre, todo hay que entenderlo, lleva bastante tiempo aislado del mundo).
Pero en fin, vayamos directamente a dichos consejos y que cada cual saque sus impresiones:
“Los reyes no deben fiarse de los aristócratas ni los cortesanos, que les adulan para obtener prebendas. Los reyes tienen que estar en contacto con el pueblo lo más directamente posible para enterarse de sus necesidades y tratar de corregirlas”.
“El verdadero pueblo es más sano, menos egoísta que la gente elevada, y siente el patriotismo de verdad para amar a la Patria y sacrificarse por ella. Hoy se oye decir a mucha gente adinerada “yo estuve en la guerra y me sacrifiqué por España”, sin pensar que ha salvado todos sus bienes y con ello su bienestar y el de sus hijos. Pero muchas veces los que más alardean de hacer resaltar sus méritos son los que han hecho la guerra en el Cuartel General o conduciendo coches en la retaguardia, pero muy lejos de los sitios donde otros sí se jugaban la vida y la daban con alegría, sin importarles, pues lo hacían por la Patria, aun cuando no disfrutasen de ella más que en un mísero hogar. No quiero decir con lo anterior que no hubiese héroes y españoles patriotas en la clase pudiente, y en la aristocracia también, que incluso dieron su vida en los frentes; pero era mucho mayor el mérito del sacrificio y el patriotismo del pueblo que todo lo da y nada pide. Cuando en una misma familia humilde quedan unos niños huérfanos, se los reparten entre los vecinos para educarlos y mantenerlos. En cambio, hay mucha gente pudiente que nos es capaz de cobijar al pariente que queda solo y desamparado. Frecuente V.A. el trato con el pueblo, vea sus necesidades y haga siempre lo posible para remediarlas, pues así es como se sirve mejor a la Patria; y un rey siempre debe atender a los humildes”.
“Es frecuente que los príncipes estudien una Historia amañada, en la que no ponen de manifiesto los errores de sus antepasados y el mal que por su abandono… De la Historia conviene saber la verdad, para que estudiándola bien no se incurra en los mismos errores y abandonos, debidos a la frivolidad de muchos monarcas que no sentían el amor y el interés debido por su pueblo”.
“Un príncipe debe tener en cuenta que toda la nación le está mirando y que debe dar pruebas de moralidad absoluta, así como llevar una vida de verdadera austeridad. Lo que se perdone a cualquier ciudadano no se le puede perdonar a un rey, del que la nación entera está pendiente”.
Un día mientras desayunaba leí en la etiqueta del frasco de café que enviando dos etiquetas del producto a un apartado de correos me podía tocar un sueldo para toda la vida; la pena es que sólo tenía esa y la promoción ya había finalizado. Aquello me recordó, sin embargo, a lo de la pensión vitalicia de los políticos, que en lugar de dos etiquetas son dos legislaturas aunque sin sorteo, pero ocurrencias aparte, lo que por desgracia sí está supeditado en muchos casos a la suerte en esta sociedad es la vida de los no nacidos, expuesta al arbitrio de ajenas conveniencias personales.
Qué duda cabe que esta continua masacre atiende principalmente a esa enorme carencia de principios a la que hemos llegado, pues resulta inconcebible que el hombre se obsesione por cosas tan hipotéticas como el calentamiento global del planeta o los riesgos de los repetidores de telefonía móvil y en cambio obre tranquilamente contra su propia naturaleza aniquilando a su progenie en el vientre materno.
Pero no voy a extenderme ahora sobre esta triste realidad, sólo subrayaré que si en un Estado de derecho el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento para ser sujeto de los derechos naturales no es preciso ni siquiera tener conciencia de ellos, como es el caso del no nacido, porque dichos derechos son de suyo inalienables, es decir, no se pueden enajenar, y ni la confundida madre ni el supuesto padre tienen que objetar nada al respecto, si es que por ahí van las intenciones; no obstante, la sociedad también es cómplice de este horror cuando en lugar de arropar eficazmente a esos padres les facilita la opción de quitarse a la criatura de encima.
Una de las cosas que más me sublevan de estos últimos tiempos es la estupidez fomentada por algunos políticos para que barbaridades como el infanticidio se acepten socialmente como algo normal, pensándose que la libertad es lo que a ellos se les ocurre en un momento dado; creo que fue Aristóteles el que dijo que las democracias se pensaron para los pueblos maduros; parece que en parte, y tímidamente, estamos empezando a demostrar que lo podemos ser; ya veremos en qué queda la cosa.
En aquella soleada mañana de noviembre miles de personas agolpadas a los lados de las calles agitaban al aire sus pañuelos al paso del féretro del Generalísimo en señal de despedida. Entonces, como niño, no alcanzaba a comprender todo aquello que contemplaba a través de la televisión, con ese remolino blanco desplazándose por encima de la muchedumbre. Huelga decir, aún siendo imposible saber lo que a cada español se le pasaba por la cabeza en esos instantes, que tampoco resulta atrevido señalar que muchísimos ignoraban lo que aquel adiós significaba realmente para España. Aquella candorosa manifestación que el pueblo le tributó por última vez a aquel hombre extraordinario ya de camino a su definitiva morada (aunque algunos sigan empeñados en convertirla, de momento, en la penúltima), cerraba una etapa a la cual los españoles, aunque no la hayamos vivido, le debemos algunas de las cosas que ahora, socialmente, tememos perder, como apuntó el histórico sindicalista Marcelino Camacho: “Durante el franquismo no se rebajó ninguna conquista social del tiempo republicano”.
Pero la gratitud es una pesada carga de la cual todos tendemos a desprendernos, y esta actitud, tan humana, en el fondo no es más que una reafirmación de nuestra frágil y temporal existencia en este mundo. Por comodidad o indiferencia, por considerarlos inútiles o pasados de moda, los principios que nos sustentaban se ocultaron de nuestra perspectiva como una puesta de Sol, de los que no esperemos que mañana vuelvan a salir espontáneamente por el horizonte.
Que duda cabe, para quien le importe España, que el próximo 20N “nos jugamos lo que pueda ocurrir en décadas”, como a dicho Rajoy, lo que también debería recordarnos, en palabras de Churchill, que el socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y la prédica de la envidia; su virtud inherente es la mentira y la distribución igualitaria de la miseria.
A estas alturas, confiar en aquellos que nos han llevado a la ruina es un suicidio; creer que la izquierda es beneficiosa para la sociedad es un disparate; pensar que la izquierda es demócrata es una quimera, pues ni siquiera es capaz de someterse al sentido común cuando las circunstancias lo requieren. Para la izquierda la democracia no es otra cosa que un coladero para divulgar sus errores enmascarados de falsa igualdad.
Recuperemos el orgullo de ser españoles y abracemos de nuevo nuestra esperanza en esta maltratada patria que nos acoge.
Como la mayoría, me congratulo del batacazo socialista. España necesitaba tanto constatarlo como percibirlo, aire fresco ante la encrucijada en que nos ha metido este gobierno radical e incompetente que sólo ha generado confrontación y miseria a muchísimos españoles.
Los socialistas, fieles a su costumbre, han dejado a la nación hundida, hipotecada a largo plazo y además con los terroristas en las instituciones vascas, aunque hoy, al parecer, se reúnen en su sede para reflexionar como ellos dicen. En realidad, y más bien, se juntan allí para buscar la manera de salvar los trastos y lo que irremediablemente ven escapárseles de las manos. Zapatero, el causante de todos estos efectos, propios y ajenos, no puede permanecer un día más en el poder tras esta bienvenida derrota socialista y victoria Popular. Enhorabuena.
Reconozco que anoche disfrutaba viendo por la televisión el contraste que había entre las sedes de los dos principales partidos: el estupendo ambiente de la calle Génova, repleta de gente exultante agitando banderas y tarareando el alegre “que viva España”, y el de Ferraz, solitaria como un día cualquiera, con los responsables socialistas recluidos tras las puertas de su búnker y sin simpatizantes frente a éstas; tal vez, persistían desconcertados en Sol.
Precisamente, la última farsa de manipulación socialista con ese cuento de los indignados, y que a raíz de los resultados hoy lo estarán más, fue lo que también ha animado a algunos a decidirse a votar, hartos del juego sucio de la izquierda cuando las circunstancias no les favorecen. Como acertadamente ha dicho esta mañana en la radio Carlos Herrera, ayer los indignados no estaban en Sol sino en las urnas.
Los que la habéis visto la película Casablanca sin duda recordareis aquella escena en el Café de Rick en la que unos arrogantes oficiales alemanes, haciéndose con el piano del carismático pianista (el de tócala Sam), se recrean cantando a viva voz un himno alemán, instante en el que el líder de la resistencia checa Victor Laszlo, retenido con su mujer en aquella ciudad de paso para los refugiados, se acerca decidido a los músicos del local y les pide que toquen La Marsellesa, lo que provoca de manera inmediata el fervor patriótico de los clientes y la furia de los jefes nazis que, como represalia, ordenan la clausura inmediata del célebre establecimiento.
En España muchas cosas importantísimas llevan camino de un desenlace parecido, con este gobierno marxista e ineficaz que lejos de corregir los problemas de la sociedad está más preocupado en neutralizarla bajo la falsa apariencia de presupuestos democráticos, mutilándola gradual y sistemáticamente de libertades individuales. A esto se le llama sencillamente alienación y es consustancial al socialismo, del cual señalaba Pío XII que es intrínsecamente perverso, porque la maldad siempre ha sido variada en sus formas pero única en su origen.
Vivimos un período de nuestra historia en la que casi todo resulta insidiosamente incierto, en una especie de existencia provisional, como ya comenté en otro post, de la que no sabemos cómo ni cuándo va a terminar, ridículamente pendientes de lo que salga de unas elecciones en las que no tenemos casi ninguna fe, y sin embargo somos portadores de creencias, valores y tradiciones seculares que forjaron nuestra nación y que están muy por encima de la mediocridad presente que nos perturba.
La única fuerza que contrarresta los desmanes de las doctrinas mundanas es la moral del Evangelio. Por eso, sólo cabe hacer lo que San Buenaventura decía hablando de los errados: como ellos por nosotros no dejan las malas costumbres, no conviene que dejemos los buenos ejercicios por ellos. Con firmeza y convencimiento, del mundo hagamos el caso que el mundo hizo de Cristo. Si no, al menos, siempre nos quedará París.
VES lo que está pasando en España, ves lo que está ocurriendo a tu alrededor, ves que la sociedad no va por buen camino.
VES como puede escaparse el futuro que deseas para tus hijos, ves como los quieren engañar, ves como ansían perjudicarlos.
VES que los políticos no hacen nada, ves que sólo se preocupan por perpetuarse, ves que están saqueando y arruinando a España, ves que no juegan limpio, ves que aquello no es lo que te contaron. En definitiva, ves que no merecen tu confianza.
VES, por tanto, las cosas con mayor preocupación cada día porque ves lo difícil que va ser arreglar esto. Pero ves con confianza la vida porque no logran taparte los ojos.
VES es un canto a la esperanza porque ves que Dios nunca te abandona.
VES por lo que merece la pena luchar porque no pueden eclipsar el horizonte libre de tu corazón.
VES que siempre es posible cambiar las cosas a mejor.
Prosiguiendo con lo que nos habíamos quedado, toca desmentir las otras falsedades que sostienen que el Valle de los Caídos fue concebido únicamente en memoria de los muertos del bando nacional y, principalmente, como mausoleo del Generalísimo Franco.
Respecto a esto último mis conclusiones siempre han sido las mismas, pero a raíz de la sectaria ley de memoria histórica algunos defensores del templo iniciaron una tímida contraofensiva de buena fe que ha intentado exonerar a Franco del hecho de estar enterrado allí, lo cual me parece absurdo. Personalmente, pienso que por mucho que sus detractores lo quieran presentar de otra manera para trasladarlo a otro lugar, el que su sepulcro se encuentre allí no desvirtúa en absoluto, como se verá más adelante, el verdadero sentido del monumento que él mismo creó.
Por otra parte, es conveniente señalar que este asunto, al contrario del tratado anteriormente, es algo complejo por su componente subjetivo, especialmente en lo que concierne al citado deseo de Franco de ser o no enterrado allí, aunque también de razonable esclarecimiento por las documentadas informaciones hasta el momento reveladas. Dicho sea de paso, al menos existen otros testimonios concluyentes como son las propias memorias del Caudillo transcritas por él mismo durante sus últimos meses de su vida a modo de terapéutica ocupacional, y de las que no conocemos más que la parte reproducida en un libro del que fuera su médico personal, Dr. Vicente Pozuelo, y de las que ignoro, por tanto, si abordan también este tema, aunque de ser así, supuestamente arrojarían bastante luz sobre esta cuestión concreta. Esperemos, sin embargo, que algún día sean autorizadas y se publiquen íntegramente. Pero ahora sigamos con lo que disponemos.
He observado la figura histórica de Franco siempre unida a su contexto. En este aspecto, con independencia del respeto o el rechazo que se le tenga a Franco, hay que señalar que los actos de los hombres de tal envergadura no suelen corresponder a su aspiración inicial, sino que, antes bien, la propia realidad la va rebasando. La prueba de que el Valle de los Caídos es un monumento a la reconciliación entre españoles sin distinción alguna descansa, sin duda, en la reafirmación cristiana de su inspirador: “Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales”. (Testamento político de Franco). Lamentablemente, por parte opuesta no existirá jamás la misma correspondencia hacía este gesto de humildad, pero ya se lo advirtió tres décadas antes otro enemigo de Cristo, cuando, dueño de media Europa, tuvo que resignarse finalmente a no poder arrastrar a España hacia la guerra: “General, sus enemigos jamás le perdonarán su victoria.”
Si nos atenemos al escueto testimonio del arquitecto del Valle de los Caídos, Diego Méndez (inició el proyecto Pedro Muguruza, fallecido en 1952), el deseo de Franco de convertirlo, en cierta manera, en su mausoleo hubiera quedado evidenciado durante una visita de éste a las obras: “aquí yo” -le indicaría al arquitecto señalando el lugar-, pero claro, no existe ninguna otra constancia que confirmen estas palabras de las que además nadie tuvo conocimiento nunca, ni su familia, y resulta dudoso que esa importante orden no fuera comunicada a otros técnicos implicados en la ejecución de la Basílica para su previsión y realización, lo que sería una omisión inexplicable. No obstante, Franco tenía tanta legitimidad a ser enterrado en el Valle de los caídos como Felipe II la tuvo para serlo en el Monasterio del Escorial.
El primo de Franco, el Teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, cita el día 30 de Julio de 1957 en su libro “Mis conversaciones privadas con Francisco Franco” (editado en 1976): “La prensa extranjera se ocupa mucho de esta obra de Franco y dicen que éste desea que guarde sus restos mortales. Aunque seguramente le enterrarán allí, no creo que el lo hiciera pensando en esto, sino para perpetuar la victoria sobre el comunismo; tal vez haya querido imitar a Felipe II, que levantó el Monasterio del Escorial para conmemorar la batalla de San Quintín”.
Y un poco más adelante señala: “Esta obra está exclusivamente inspirada por Franco hasta en los más mínimos detalles. Él fue quien hizo los diseños de los adornos de los alteres, de los relieves del pórtico con escenas de la Pasión, etc., etc.
En España no hay ambiente para ese monumento, pues aunque dure el miedo a otra guerra civil, gran parte de la población tiende a perdonar y a olvidar. No creo que ni los familiares de los blancos ni de los rojos sientan deseos de que sus deudos vayan a la cripta, que si sólo es para los blancos establecerá para siempre una terna desunión entre los españoles”.
Lo cierto es que de cualquier forma sus detractores desprecian siempre todo lo que ignoran y, motivados por un impulso netamente revanchista, pretenden degradar este incomparable monumento a cualquier cosa contraria a su naturaleza espiritual y humana. Son incapaces de estrechar esa mano tendida que representa dicho lugar si no es para cortarla.
En la misma obra citada, el 9 de Junio de 1958, leemos: “Hablamos después del Valle de los Caídos y le digo (a Franco) que en algunos sectores había sentado mal que se pudieran enterrar en la cripta lo mismo los que cayeron defendiendo la Cruzada que los rojos, que para eso aquéllos están bien donde están. Y que también había oído elogios suyos diciendo que estaba inspirado por la Iglesia católica. Franco me dice:
“En efecto, es verdad que ha habido alguna insinuación muy correcta sobre el olvido de la procedencia de bandos de los muertos católicos. Me parece bien, pues hubo muchos en el bando rojo que lucharon porque creían cumplir un deber con la república, y otros por haber sido movilizados forzosamente. El monumento nose hizo para seguir dividiendo a los españoles en dos bandos irreconciliables. Se hizo, y esa fue siempre mi intención, como recuerdo de una victoria sobre el comunismo que trataba de dominar a España. Así se justifica mi deseo de que se pueda enterrar a los caídos católicos de los dos bandos.
Nosotros no luchamos contra un régimen republicano, luchamos para frenar la anarquía que reinaba en España y que sin remedio conducía a una dictadura comunista. Con el alzamiento del Ejército y la guerra se cortó el paso del comunismo.”
Respecto a este último párrafo, citando la misma obra, es oportuno traer al caso las siguientes palabras de Franco: “Cuando en aquella época (habla del tiempo de la República) algunos compañeros o amigos me hablaban de la necesidad de derribar a la república, les contestaba: “No quitéis al pueblo la ilusión por la república y contribuid a que ésta sea de orden y moderada. De no conseguir esto, se convertirá en soviética”.
En los años cincuenta el nuncio saliente de París, Angelo Roncalli, visitó el Valle de los Caídos. Le gustó tanto la idea que inspiraba su construcción que años después, convertido ya en el Papa Juan XXIII, le concede dos beneficios especiales: la custodia de un trozo del “lignum crucis” y la indulgencia plenaria a quienes se acerquen a adorar la cruz en Viernes Santo, la fecha más importante en el Valle de los Caídos.
Se pueden aportar más datos y testimonios, pero esto es un post y no he de extenderme más. No hace falta darle demasiadas vueltas a este asunto para ver que las acusaciones que se vierten sobre el Valle de los Caídos son intencionadamente dañinas y con un injusto y oculto propósito. Su noble significación es inequívoca y si alguna vez alguien tuvo dudas de que no fuera así el tiempo finalmente se ha encargado también de que lo sea, un lugar de reconciliación y perdón donde no hay cabida para interpretaciones confusas y aptitudes rencorosas. Esperemos que, al menos, éstos planes de desacralizarlo sean sofocados por el sentido común, si es que queda algo de éste todavía en España.
Sin duda con el chollo de la política algunos han hecho de su capa un sayo, además de convertirla en el mejor pretexto para extender su inmundicia, y es que en asuntos que afectan a las convicciones de muchos españoles, a sus creencias y a lo más noble de nuestra Historia, parece que no saben llegar al corazón si no es hiriéndolo.
Las ideas ultrajantes que se han generado en torno al Valle de los Caídos, efecto de la malintencionada propaganda que durante las últimas décadas ha divulgado la izquierda irreconciliable y anticlerical (esa misma que en los albores de esta democracia hablaba de cerrar viejas heridas), ha conseguido que resulte casi imposible desterrar del imaginario popular (lo que en el lenguaje al uso los políticos apodan el sabio pueblo español o Lerroux llamaba la “masa neutra”), semejantes deformaciones sobre dicho monumento, incluso a la luz de documentos y testimonios tan incontestables como silenciados. Pero el mal de la calumnia, en cita de Napoleón, es semejante a la mancha de aceite: deja siempre huellas, y la hegemonía mediática de esta gente ha sido la alcuza que lo derramaba.
Estas cosas, en definitiva, ponen de relieve lo que desde siempre ha venido siendo sintomatológico de la izquierda cuando alcanza el poder, su imposibilidad de regenerarse y su precariedad para poder gobernar resolviendo los problemas reales de la sociedad. Por eso, al final, plantean y remueven cosas que nunca traen nada bueno mientras la nación se va a pique.
Respecto a la cuestión que tengo pendiente, que es a lo que voy, a raíz de mi anterior post sobre la Basílica menor del Valle de los Caídos, ésta se centra, básicamente, en dos puntos: su finalidad y la manera en que se realizó.
Empezando por la segunda cuestión, el sistema aplicado fue la redención de penas por el trabajo, y que aunque por lo común solía ser de dos días naturales de condena por uno de trabajo en el caso concreto del Valle de los Caídos llegó generosamente a ser de cinco días por cada uno trabajado, y esto se deduce por el sentido reconciliador de la obra y el duro trabajo que conllevaba, lo que igualmente explica que condenados a la pena capital salieran de allí por su propio pie a los cuatro o cinco años, y que muchos de ellos continuaran después en la obra a falta de otro empleo que les interesara más.
Por tanto, de acuerdo con documentos y testimonios fidedignos, es falso que en el Valle de los Caídos trabajaran miles de penados políticos en circunstancias de esclavitud y que en muchos casos estos perdieran la vida, teoría por lo demás extravagante donde las haya que sólo se presta a una mayor recreación, y que ha dado lugar a esa leyenda negra que atribuye su construcción a mano de obra esclava en torno a nada menos que a 20.000 presos políticos, número al que habría que empezar por quitarle un cero ateniéndose, repito, a los incuestionables documentos que así lo atestiguan, y que en parte pueden consultarse ahora en la página web de la “Asociación para la defensa del Valle de los Caídos”. Por otra parte, como he señalado, existen testimonios nada sospechosos de socialistas y comunistas que trabajaron allí, algunas muy conocidas, y que también en algunos casos estuvieron condenadas a muerte, que echan por tierra tales falsedades más propias de una película de faraones.
Ateniéndonos a éstos y otras evidencias, primeramente el interesado tenía que solicitarlo mediante instancia oficial, es decir, voluntariamente, y una vez admitido se le aseguraba como a cualquier trabajador, pagándole horas extras y un salario del cual una parte se entregaba a sus familias por medio de una cuenta bancaria, aparte de otros beneficios por cargas familiares. Además, de acuerdo siempre con dichos testimonios, a muchos se les permitió traer a sus mujeres e hijos al Valle de los Caídos para lo cual se acondicionaron los barracones donde habitaban, formándose, casi de manera espontánea, un autentico poblado donde convivían todos juntos. Con aquellas perspectivas, quiénes iban a rechazar tal oportunidad. En cuanto a los muertos, en los veinte años que duro la construcción, se contabilizaron catorce, también de acuerdo con los textos aludidos, la mayor parte obreros contratados que por razón de su especialización corrían un mayor riesgo.
Por cierto, en 1950, diez años antes de concluirse el Valle de los Caídos ya no había presos trabajando, pues todos habían redimido sus penas. La incorporación de nuevas y modernas máquinas, hasta entonces inexistentes, redujo además la mano de obra y aceleró su terminación.
En cuanto a la finalidad del Valle de los Caídos, si se concibió como mausoleo o en memoria únicamente de los caídos del bando vencedor, lo dejo para otro post, cuyo fondo me resulta más apasionante y así no me extiendo para no hacerme pesado.
Uno de los peores vicios de esta democracia desde sus comienzos es su irreverencia hacia el inmediato pasado que la precedió, pasado sin el cual difícilmente ésta se hubiera podido desenvolver con la garantía que la hizo posible, y estos vicios, a falta de corregirlos a tiempo, se han tornado en defectos incorregibles que limitan su regeneración como estamos viendo.
Motivado por su profunda religiosidad, Francisco Franco, posiblemente ya concebía la idea de erigir un monumento en memoria de los caídos pocos meses antes de que finalizara la Guerra Civil. No mucho más tarde, en la misma primavera de 1939, halló por fin el enclave para aquel proyecto mientras con tal propósito recorría con el general Moscardó la Sierra de Guadarrama. “Este es el lugar que soñaba”, le apostilló frente al Risco de la Nava en el paraje conocido como Cuelgamuros. Atrás quedaban aquellas otras jornadas en las que, tal vez solitariamente,paseaba cerca de allí sin igual intención, cuando se aislaba de las preocupaciones cotidianas en una casita situada en las inmediaciones de El Escorial en los meses en que estuvo destinado en Madrid durante la República. Veinte años después de la contienda aquel proyecto era inaugurado en una España próspera en la que ya no se hablaba ni de vencedores ni vencidos.
Muestra inequívoca de ese sincero deseo de reconciliación es, por tanto, la Basílica menor de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, cuya imponente cruz, la más grande del mundo con diferencia, abraza a todos y a cada uno de los hombres sin distinción alguna y por encima de ideologías.
“La vía de Dios -escribió Franco en 1940 prologando un libro- es el camino de los héroes… Para enfrentarse con la muerte, para elevarse sobre ella, para alcanzar la Gloria y el laurel y dar la vida consciente por la Patria hay que creer en Dios.Este es el gran secreto de nuestra historia y el alma de nuestra Cruzada… El sentimiento de la Patria y el Deber es cierto, da hombres valerosos; pero los héroes verdaderos, los conscientes y voluntarios para el sacrificio, surgen en el campo de los creyentes”.
Hoy, sin embargo, bajo criterios absolutamente falsos y retorcidos, este excepcional testimonio cristiano construido sobre roca está siendo profanado por el capricho de unos personajes lamentables que ni siquiera sufrieron aquel conflicto, convirtiéndose en el primer templo católico de Occidente, es decir, el mundo supuestamente libre, cerrado por imposiciones exclusivamente ideológicas para vergüenza de los españoles, sea cual sea su color político, y su malintencionada democracia. Se están cebando cobardemente a gusto porque, como igualmente señaló Franco en el citado prólogo, el heroísmo, que es sublime encarnación de las virtudes, no puede tener escenario favorable en los campos del vicio, y hoy en España parece no darse otra cosa que precisamente eso. Por otra parte, como dijo Napoleón, en política hay que sanar los males, jamás vengarlos.