A ver, muy brevemente también hoy, que he dormido poco y me parece que me voy a tener que echar la siesta del carnero de un momento a otro: ¿por qué la princesita no se sorprendía ante nada, por qué no se asustaba ni de lo más pavoroso?
¿Es normal no salir corriendo ante una cosa así?, ¿es normal no quedarse con la boca abierta cuando se ve a alguien volar sin alas y cosas por el estilo? No, nadie se quedaría tan pancho... Nadie, salvo un ciego o alguien muy miope que lo viera todo borroso.
Así que, ahora sí, ya podéis imaginaros lo que aquel hombre le dio a la princesa —que veía menos que un pez por salva sea la parte—, le dio unas gafas con unos buenos cristales de aumento.
Y, a partir de ahí, sonrió al ver la cara del hombre que le dio las gafas, que también sonreía; bueno, sonrió además de ponerse corriendo un albornoz, porque estaba desnuda, como siempre.
Hoy voy a ser muy breve, porque no puedo, no puedo, como decía chiquito, pero quiero poner algo:
Y una vez puesto eso, me armo de valor...
y procedo a escribir una historia muy cortita de Mandy, que sé que la echáis de menos.
Cuenta la historia... bueno, la historia no cuenta nada, quienes cuentan las cosas son los historiadores, los escritores, etc. Y en este caso es Frinwer Boruki Macarti el que lo cuenta. Sí, Boruki Macarti, el célebre autor que todos conocéis (desde ahora mismo). Dicen los expertos en Frinwer que él empezó a escribir desde muy joven y que quizá su obra más temprana es la novela “El home que llamó a la peta” (aunque no revelan en qué se basan para deducir que ésta es su obra más temprana; secreto profesional, supongo). En fin, vamos al grano:
La princesa Mandy se hallaba sentada en su trono. Delante de ella, a unos metros, había una larga cola de pretendientes, los cuales, uno por uno y respetando el turno, intentaban conquistarla con sus habilidades; ¿quién la engatusaría para así poder casarse con ella? La empresa era difícil, la princesita estaba triste y no había quien le hiciera apenas sonreír. Su cara, tras cada actuación, era siempre la misma, de hastío y aburrimiento, inmutable, inexpresiva. Y eso que algunos de los que pretendían su favor realizaban auténticas maravillas. Hubo quien hizo aparecer un elefante de entre un ramo de rosas; otro voló, sin ayuda de alas, por todo el palacio como si fuera un pájaro; otro se transformó en un rayo de luz, otro se volvió invisible, otro se convirtió en perro... pero ninguno lograba nada. Hasta que uno de ellos, que llevaba un paquetito entre las manos, extrajo algo y se lo entregó a ella; y la princesa le sonrió.
—¡Pero, niña, que han llamado a la puerta, que son ellos, los que vienen a jugar al ajedrez, vístete, por Dios!
—Sí, voy a ponerme algo.
El ermitaño abrió a sus amigos y les saludó efusivamente. Después, oyendo los pasos de Mandy tras él, se giró para hacer la presentación:
—Ésta es mi amiga !MaaAANDY, PONTE ALGO¡
Ella se quedó asustada por el grito y muy confundida, no entendía nada, porque se acababa de poner una camisa para estar presentable.
—Déjala, no pasa nada, si nosotros somos muy modernos —dijo uno de los visitantes, con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos desorbitados.
Total, el eremita explicó a sus amigos que sería precisamente ella la que jugaría con los dos.
—Ah, ahora comprendo la treta; si crees que nos va a distraer luciendo sus encantos... estás muy equivocado.
Esta vez fue Mandy la que se enfadó y, levantando la voz, les dijo que ella no necesitaba distraerlos para ganarles una simultáneas. Tan enfadada estaba que pidió a éste, a éste que escribe, que le hiciera un montaje de ella con un traje de buzo, ya que, su dibujante, como es sabido, no la dibuja nunca lo suficientemente tapada.
Sus contrincantes se quedaron decepcionados y le pidieron por favor que no lo hiciera, que además iba a estar incómoda, que se pusiera algo más ligero.
—Ah, pues ahora no me quito la escafandra... a no ser que me dejéis elegir cierta condición para jugar con vosotros.
—Qué condición.
—Jugaré simultáneamente con los dos y uno de vosotros lo hará con blancas y otro con negras.
—No hay ningún inconveniente.
Y Mandy se quitó la escafandra casi al mismo tiempo que el ermitaño, que había ido corriendo a la habitación de la chica, le ponía una camisa y un tanga de su difunta abuela que aún guardaba.
La partida comenzó. Mandy se dirigió a la mesa en la que jugaba el amigo que llevaba las blancas, observó la jugada y no movió; sino que se fue al otro tablero e hizo la misma apertura que había visto hacer a su primer rival. Esperó a que éste, el que jugaba con negras, respondiera y, después, calcó la jugada, que acababa de observar, en el otro tablero; y así sucesivamente. De esta forma, Mandy, consiguió ganar una de las partidas o, quizá, acabar en tablas con los dos (pongamos que ganó una, para que pueda seguir yendo por ahí medio en pelota o en pelota del todo). En cualquier caso, fue felicitada con entusiasmo por el ermitaño, el cual, en el fondo, deseaba que siguiera deambulando medio desnuda por la casa.
Mandy salió al campo buscando inspiración para el problema, pero la verdad es que el tiempo no estaba muy agradable debido a una ola de frío siberiano y, pese a que su dibujante la vistió con ropa de invierno para la ocasión, como éste —el dibujante— es alérgico a pintar bragas, la pobre terminó con el culo hecho un témpano.
No obstante, acabó por llegar la idea, la solución. Ella se dijo:
—Si los habitantes de la isla vieron el color de mis ojos y yo dije que uno de ellos los tenía de este color, entonces, en ese momento supieron cuál es el color verde. Además, como ése que tiene los ojos verdes ve el de los otros habitantes y observa que ninguno tiene los ojos como yo, tiene que concluir que el que los tiene verdes es él; así que al día siguiente se marcharía de la isla, supongo.
Muy contenta —aunque aterida del frío, claro— se montó en su coche y fue a decírselo al ermitaño. Pero éste no le hizo mucho caso, no le dio importancia porque le habían llamado dos amigos suyos que iban a llegar esa misma tarde para jugar a la ajedrez con él.
—Vienen dos amigos míos a jugar a la ajedrez, y me ganan siempre, siempre.
—Yo no sé jugar a la ajedrez, no tengo ni idea ni de cómo se mueven las fichas, sin embargo, te apuesto lo que quieras a que si juego unas partidas simultáneas con ellos al menos gano a uno —acabó por decir Mandy.
—Muy bien, acepto la apuesta —dijo el ermitaño—, si ganas a uno de ellos, puedes hacer lo que quieras, pero, si pierdes, dejarás de andar todo el rato en pelota por mi casa, caramba, que no puede uno centrarse ni en el ajedrez ni en nada.
—De acuerdo —respondió ella.
Y tan convencida estaba, que, anticipándose, se desnudó del todo en ese mismo instante para demostrar su seguridad al ermitaño.
¿Logrará Mandy tal prodigio? (el prodigio es por lo de ganar a la ajedrez, aunque más prodigio sería que dejara de ir medio desnuda a todas horas, claro).
La chica se metió en la cama y enseguida comenzó a tener un sueño. Soñaba que buceaba mientras unos peces le hacían indicaciones para que subiera a la superficie.
Haciendo caso a aquellos pececillos de colores a los que no sabía cómo lograba comprender, abandonó las profundidades. Casi inmediatamente se vio caminando por lo que parecía el bosque de una isla desierta —así son los sueños, uno pasa de un sitio a otro como por arte de magia—, y, de repente, apareció uno de aquellos mariposos que la ayudaron a resolver el problema del calabacín. Éste le dijo que qué hacía por allí, y ella contestó que iba buscando la solución a un nuevo enigma.
—Sé cual es la solución al problema —dijo el mariposo posándose en su culo mientras ella se agachaba a coger unas flores.
Mandy no hizo mucho caso, casi ni oyó lo que decía, pero cuando quiso seguir andando, no pudo, porque el mariposo lo impidió sujetando su falda (es que era un mariposo muy fuerte). Así, ella caminaba en seco, como andando por una de esas cintas de hacer gimnasia.
—¿Te das cuenta?
—¡De qué tengo que darme cuenta, suéltame! —gritó ella.
Pero él no soltaba y, por mucho que Mandy caminaba, no conseguía moverse del sitio.
Hasta que despertó de su sueño, muerta de frió, acurrucada y en el suelo de la habitación.
Entonces comprendió lo que había ocurrido: había ido resbalando hasta caerse, desde la cama al pavimento, debido a esa tira que llevaba colgando el pijama, pues ésta se había enganchado en la mesilla de noche; y eso era lo que no le dejaba caminar en su sueño, la mesilla, no el mariposo.
Como nos pasa a todos, hizo un esfuerzo por recordar su aventura onírica; y se acordó de que el mariposo le había dicho algo sobre el problema mientras ella caminaba infructuosamente, sin moverse del sitio.
Fue entonces cuando vio la solución; se dijo:
—Supongamos que yo, al llegar a la estación, hubiera caminado sin avanzar debido al capricho de un mariposo como el del sueño. Entonces, hubiera andado de cuatro y media a cinco, que es la ahora a la que llega siempre el ermitaño a la estación; hubiera andado media hora. Pero como yo sí que avanzaba y llegamos ocho minutos antes a casa, esto hacen cuatro minutos menos de ida y cuatro minutos menos de vuelta. Luego caminé media hora menos cuatro minutos; ya que, yo sólo hice viaje de vuelta.
Volvió a la cama y, de nuevo, enseguida estuvo en la isla.
En aquella isla vivían cien personas que no sabían de qué color tenían los ojos ni podían revelárselo unas a otras; tampoco tenían espejo. Sólo sabían que sus ojos podían ser castaños o verdes, solamente de uno de estos dos colores, pero no sabían más; vamos, por no saber, ni siquiera sabían qué color se asociaba a la palabra verde ni qué color se asociaba al término castaño; eso sí, en caso de ver unos ojos verdes y otros castaños, apreciaban que eran distintos. Resulta que, un poco antes de llegar Mandy, habían decidido que si alguno de ellos llegaba a saber, por alguna razón, que tenía los ojos verdes, debía irse de la isla a la mañana siguiente de enterarse (esto no sé porque lo decidieron, supongo que tendrían en el grupo alguna especie de brujo el cual tuvo una premonición).
Total, que en ese momento iban esas cien personas caminando por la playa y se encontraron a Mandy. Ésta, muy contenta al ver que no estaba sola, empezó a saludar a todos; les dijo:
—Y qué alegría ver que uno de vosotros tiene los ojos verdes, como yo.
A la mañana siguiente, la chica explicó la solución del problema de la estación, diciéndole al ermitaño que ya lo había resuelto, que anduvo 26 minutos; y él la felicitó, como no podía ser menos, pero también se dio cuenta de que Mandy andaba preocupada, como dándole vueltas a algo.
—Qué ocurre, Mandy.
Ella le relató el otro sueño y le dijo que no podía soportar la curiosidad: ¿qué pasará mañana en la isla con aquellos hombres que no sabían de qué color tenían los ojos?
El ermitaño abrió de repente la puerta de la habitación de Mandy —que es como se llama esta chica— y la pilló vistiéndose, tal y como relataba yo en el post anterior. Tan emocionado estaba que, al penetrar en la alcoba, sin querer, pisó el camisón con el que Mandy se tapaba
[estas situaciones no son porque yo las quiera, es que el argumento se tiene que ajustar a la muñequita que elegí desde un principio para ilustrar mis historias de lógica... y el dibujante raramente la pinta vestida, así que qué voy a hacerle, ya me doy cuenta de que es una vergüenza y una descoquez, una caricatura sensual todo el rato con las acuarelas al aire; aunque, como dijo lapin-upque salía en la película Roger Rabbit, también Mandy podría decir: “yo no soy nada, es que me han dibujado así”].
El ermitaño le dijo:
—¿Te acuerdas de que el otro día llegaste antes de las cinco a la estación?
—Sí, guapo, llegué a las cuatro y media.
—Y ¿te acuerdas de que, en vez de esperar a que yo llegara en el coche, te pusiste a caminar y te encontré por la carretera?
—Sí, cariño.
—Y ¿recuerdas que yo siempre salgo de aquí para llegar justo, justo, a las cinco a la estación?
—Sí, amor.
—¡Quieres dejar de provocarme y centrarte, que te voy a plantear un problema lógico!
[Ni que decir tiene que, si no fuera un dibujito, si fuera una chica de verdad, ya le habría mandado a hacer gárgaras y se habría ido con otro que le pudiera proponer cosas más interesantes]
—Entonces —siguió él—, si yo llego allí siempre a las cinco y tú empezaste a andar sólo bajarte del tren, ¿cuánto tiempo anduviste teniendo en cuenta que llegamos a casa ocho minutos antes de lo habitual?
—No sé, no llevaba reloj, sólo vi que en el reloj de la estación eran las cuatro y media, tendría que reconstruir la escena.
—Pues venga, vamos —dijo cogiéndola del brazo y llevándola hasta la puerta.
—¡Pero me tendré que poner algo, y además es de noche!
—Sí, espera, a ver si te encuentro un pijama en el buscador de Google.
—Se me ve el culo.
—Pues hija, es lo más decente que he encontrado, si hubieras nacido pato Donald o cualquier otro dibujo de Disney, no te pasaría esto.
—Pues depende, porque Pluto sólo lleva un collar.
Pluto no salió... digo, la chica no salió de noche, prefirió esperar al día siguiente. En cualquier caso la cuestión es ¿cuánto tiempo anduvo hasta que el ermitaño la recogió?
De cómo la chica logró resolver el problema con la ayuda de un para de mariposos y una rana macho
Y lo que se le ocurrió a la chica, que era muy lógica, fue salir al campo a pensar a ver si se le ocurría algo; porque no tenía ni puñetera idea, por el momento, de cómo solucionar aquello.
Para pensar mejor, tomó una margarita de siete pétalos y le arrancó uno con el objeto de que éstos representaran el número de días que ella trabajaba; sin embargo, aun así seguía sin ocurrírsele nada.
Entonces llegaron dos mariposos, volando, y le dijeron que ellos conocían a dos ranas sabias: una se llamaba Pepe y otra Juan (porque eran ranas machos).
—Una de esas ranas —siguieron contándole— sabe lo que debes hacer para solucionar tu problema.
—Pues bien —dijo la chica— decidme el nombre de la rana que conoce la respuesta.
—No estamos seguros —contesto uno de los mariposos— pero puedes preguntarnos a cualquiera de los dos; y ten en cuenta esto: yo acierto en lo que digo cinco de cada diez veces, en cambio, mi compañero falla nueve veces de cada diez.
Como la chica era muy lógica, eligió al que fallaba 9 de cada 10 veces. Sí, sí, habéis oído bien; así tenía más probabilidades de saber el nombre de la rana adecuada.
¿Que por qué? Ay, si fuerais lógicos, como la chica, os daríais cuenta de que lo único que hay que hacer entonces es escoger no a la rana que diga ese mariposo, que falla nueve veces de cada diez, sino a la otra; o sea, si el mariposo dice la rana Pepe, entonces casi seguro que será la rana Juan la que sabe la respuesta.
Por tanto, la chica preguntó al mariposo que fallaba 9 de cada 10 veces: ¿cómo se llama la rana que sabe la respuesta?
—No te lo diré tan fácilmente, primero tienes que quitarte toda la ropa.
—Y ¿eso por qué? —preguntó ella.
—Porque sólo soy mariposo en cuanto a especie animal, pero soy muy macho y, además, soy un mariposo mirón.
La chica accedió a los deseos del mariposo dada la importancia del caso.
Y el mariposo le hizo saber que la rana que buscaba se llamaba Pepe.
Así que la chica se fue a buscar a la rana que se llamaba Juan, que vivía en el lago, al otro lado de la montaña (a todo esto, el ermitaño no había dejado de observar la escena con unos prismáticos, porque en realidad el mirón era él y se había puesto de acuerdo con el mariposo, al cual había pagado por el servicio con tres gusanos frescos previamente).
Una vez llegó al lugar, la chica se subió a un árbol para echar un vistazo al lago y encontrar, así, lo antes posible a la rana Juan. Pero como andaba poniéndose el bikini, porque le daba cierto pudor ir desnuda delante de los animalillos del bosque, perdió el equilibrio y su escasa vestimenta cayó al agua.
Cuando estaba intentando rescatar su bañador con un palo, asomó la rana Juan y la muchacha aprovechó para preguntarle lo que quería saber. La rana le dio la solución:
—El primer día, el ermitaño te paga con el trozo de calabacín que representa una unidad y se lo haces ver al dueño de la tienda. Al siguiente día le devuelves ese trozo al ermitaño y éste te da el que representa dos unidades; con lo que al jefe del comercio le muestras las ganancia de dos días. Al siguiente día, lo mismo pero con el trozo de tres unidades. Al cuarto día no le devuelves el trozo de tres al ermitaño y, sin embargo, éste te da el trozo unidad, con lo que tienes un trozo de calabacín que vale tres y uno que vale uno: cuatro unidades de calabacín. Al quinto día le cambias al ermitaño el trozo de uno por el que vale dos y sigues con el de tres, y tienes entonces un trozo que vale tres y otro que vale dos; lo correspondiente al trabajo de cinco días. Y al sexto día te llevas todos los trozos.
Así lo hicieron el ermitaño y la chica y les fue muy bien, durante una semana ella pudo estar más tiempo con él.
Pero, al cabo de unos días más, el ermitaño entró en la habitación de la chica, cuando está se estaba vistiendo para dormir, y le planteó otro excitante problema.
Como ya veo que aquí gusta más lo verde que la lógica, para atraer la atención del lector y potenciar lo divulgativo del asunto, creo que hoy contaré una historia más subida de tono.
Resulta que ella se quedó a vivir en la montaña, pero tenía que ir todos los días a la ciudad, porque trabajaba en una tienda. Así que, entre los dos, decidieron que él la llevaría en el coche de ella hasta una estación de tren que no se encontraba muy lejos. Ella bajaba en el tren y, cuando terminaba de trabajar, tomaba otra vez el tren y el ermitaño la recogía con el coche en la estación.
Un día, la chica se escapó del trabajo durante unas horas y fue a ver al eremita. Le dijo que le había contado al dueño de la tienda una patraña para poder estar más tiempo a su lado. Ella había comentado, al dueño del comercio, que tenía otro trabajo y que quería compaginar los dos aunque fuera cobrando menos. El jefe estuvo de acuerdo, pero le respondió a la chica que debía justificar aquello mostrándole cada día el salario que percibía como pago de su otra labor.
El ermitaño le dijo que no tenía dinero, pero que podía hacer la pantomima de que pagaba en especies, con un calabacín que llevaba cultivando desde hacía tiempo y ya estaba muy grande
La chica se asustó porque no le entraba aquello; quiero decir que no entendió cómo le iba a pagar con un solo calabacín si tenía que llevar todos los días el emolumento de cada jornada.
El ermitaño la tranquilizó diciendo que lo partiría en seis trozos iguales (pues ella trabajaba también los sábados) y así le iría dando la parte del sueldo a diario. Sin embargo, este calabacín estaba más duro por unas partes que por otras y el cuchillo se rompió en un momento dado, quedando dividido como muestra el dibujo:
O sea, quedó dividido en un trozo de una parte, en otro trozo de dos partes y en otro de tres; y el ermitaño no tenía otro cuchillo para seguir dividiéndolo.
Sin embargo, a la chica, como era muy lógica, se le ocurrió algo...
Bien, vamos a recordar los datos importantes con los que cuenta la chica para resolver este entuerto; son éstos:
1º Todas las cartas tienen números por una cara y letras por la otra cara, todas (esto es seguro).
2º Todas las cartas que tienen por una cara la letra B, por detrás tienen el número 3 (y ésta es la afirmación del ermitaño, que puede ser verdadera o falsa).
Como ella es muy lista y muy lógica (como se ve en el dibujo de arriba) lo primero que hace es pensar en qué cosas no niegan la afirmación del ermitaño. Dice que todas las cartas, todas, las que tienen una letra “B” por un lado, por la otra cara tiene el número 3, pero no dice nada de que no pueda haber otras letras que también tengan el número 3 a su espalda. Tampoco dice que todas las letras tengan que tener el mismo número a su espalda, salvo las que levan una “B”; por tanto, ninguno de estos aspectos haría falso lo que ha dicho el ermitaño.
Así pues, la primera carta que levanta es la que tiene la “B”, puesto que no puede confirmar, sin mirar su dorso, si detrás hay un tres o no (supongamos que hasta ahí fuera verdad y que hubiera un 3).
Seguidamente se fija en la que tiene el “3” y piensa: si tuviera una “B” detrás, la afirmación sería cierta, si no tuviera una “B” detrás, la afirmación también sería cierta por el momento, puesto que la afirmación no niega que otras letras puedan tener un 3 detrás. Así que no voltea sea carta, pues no le va a aportar ningún dato extra.
Luego, se fija en la que tiene la letra “C” y se dice: La “C” es una letra que no es la “B”, y como es una letra detrás tiene que tener un número, luego lo mismo me da el número que tenga detrás, porque no es una “B”, no aporta ningún dato.
Ya sólo le queda una y puede levantarla porque le permite levantar dos. No obstante, se pregunta, ¿necesito levantar esta carta o puedo hacerme la chula y contestar habiendo levantado sólo una? Y se responde: no, no puedo, tengo que ver su dorso, ya que, el cuatro es un número y detrás tiene una letra, y si tuviera detrás una letra “D”, la afirmación resultaría falsa, pues no todas las cartas con una “D” tendrían detrás un tres.
Así pues, levantó las cartas “B” y “4” y pudo dar la respuesta correcta [nadie, ni yo, sabe si el ermitaño pudo escribir detrás de esa “B” un número distinto de tres o si pudo escribir detrás de ese 4 una letra “B”, así que nos quedamos sin saber si su afirmación era falsa o verdadera, pero eso da igual, cada uno que elija la opción que quiera; pudo mentir o pudo decir la verdad, pero en cualquier caso la chica dio con la respuesta correcta porque actuó con lógica].
Esto es un juego, pero la lógica trasciende a los juegos y la falta de ella en una persona puede llevar al desastre a esa persona o a otras; un ejemplo de lo que digo:
“La libertad os hará verdaderos” (frase de Zp).
Analicemos: un hombre quiere elegir, libremente, comprar un producto bueno entre distintos productos buenos y malos, si no conoce la verdad sobre qué productos son buenos o malos y es engañado al respecto, ¿está eligiendo libremente lo que quiere elegir? No, está eligiendo, condicionado por un engaño, lo que no quiere elegir, luego no está eligiendo libremente.
Alguien que piensa así, ilógicamente, puede ser un peligro; no seamos, pues, como Zp e intentemos siempre pensar despacio y con lógica, todo funcionará mejor.
La mujer de buen ver volvió a la cima de la montaña; por la razón que ya ha sido explicada en el post anterior. Al llegar, se encontró al ermitaño sentado junto a la ventana de su habitación y con una baraja de cartas en la mano.
—No me he podido duchar y estoy cansada; al menos tendrás una habitación con una cama cómoda para poder descansar.
El ermitaño le propuso otro juego:
—Aquí tengo una baraja de cartas algo especiales, y son especiales porque por una cara todas tienen números, como ves, y por el otro lado todas tienen letras. Voy a poner en la mesa cuatro cartas de manera que no puedas ver el dorso para, posteriormente, hacer una afirmación sobre la cual tendrás que decidir si es cierta o falsa comprobando el resto de la baraja y dando la vuelta sólo a dos cartas de las cuatro que ponga en la mesa.
Y el ermitaño puso las cartas
Después, afirmó: todas las cartas que tienen por una cara la letra B, por detrás tienen el número 3.
Seguidamente le dio el resto de la baraja a la chica y ésta comprobó que, al menos, lo dicho por el ermitaño era verdad para todos esos naipes. Ahora quedaba comprobarlo para las cuatro cartas dando la vuelta sólo a dos de ellas. ¿qué cartas volteó para dar la respuesta adecuada y lograr que el ermitaño le cediera una habitación en la que descansar?