Majestad, váyase usted con viento fresco, que se acerca el verano.
Majestad, váyase usted con viento fresco, que se acerca el verano.
Antes de decir algo sobre alguien hay que recordar lo que ese alguien ha hecho y ha dicho. Zapatero es el hombre que habla de tolerancia, de eliminar la crispación, y cuando llegan las elecciones, se le sorprende confesando que le conviene la tensión; para después demostrarlo en sus mítines creando esa tensión con un diálogo de tono insultante. Zapatero es el hombre que hablaba de la paz respecto de la guerra de Irak y que hoy colabora en la guerra de Afganistán, guerras en las que mueren los niños igual; independientemente de resoluciones de la ONU. Porque no es una guerra más justa por el hecho de que la decidan un mayor número de países; voy a poner un ejemplo muy corto e ilustrativo:
Una persona inocente es condenada a muerte por un jurado de cuatro personas; otra persona inocente es condenada a muerte por un jurado de diez personas. En el caso de que, dentro de la gravedad y la injusticia, haya un ejemplo que muestre más maldad que otro, ¿cuál sería éste? De haberlo, el segundo habla peor del hombre como especie, en su conjunto, que el primero, porque en el segundo caso existe una cantidad mayor de hombres injustos juzgando. Y esta circunstancia se da cada vez que hay una guerra, la decida quien la decida, ya que, siempre mueren niños, mujeres y hombres que no han hecho un gran mal a nadie (dentro de lo malas que somos todas las personas). Y, siendo así, el hombre "honesto", el hombre "íntegro", con le objetivo de engañar a la gente y para que así ésta le votará, distinguía entre guerras justas e injustas. Pero por lo visto es que él es mejor que los demás entre los que participan en guerras; pues no, el hace lo mismo que los otros pero con el agravante que supone su mayor hipocresía, con el agravante de una mayor falta, si cabe, de honestidad e integridad.
Zapatero estaba en EEUU hablando a los exiliados españoles de tolerancia de paz y de todas esas cosas, y unas horas antes todos pudimos ver cómo cortaban el cuello a un rehén en Irak; para hacer presión sobre otros países y que así siguieran el ejemplo de Zapatero, es decir, para que sacaran las tropas de apoyo de todo tipo; incluyendo las que estaban allí para ayudar en cuanto al aspecto sanitario. Zapatero siguió hablando de hermandad y de paz como si desde que hubiera llegado él ya no hubiera guerras ni muerte y todo fuera maravilloso; hipocresía pura, nadad de integridad.
Quizá no soy nadie para criticar a Zapatero, he escrito muchas veces que soy un pecador, que hiero con mis palabras; pero que nadie me venga a decir que los demás son buenos; nadie es bueno, sólo Dios es bueno.
Sin embargo, nosotros los hombres, que permitimos la pobreza y la muerte y que no deberíamos levantar la voz nunca, nos llamamos buenos unos a otros: asinus asinum fircat.
Querido Cami, ya sabes que no puedo olvidar el día de tu cumpleaños. Todavía siento el viento en la cara, como aquella vez, cuando nos conocimos en altamar. Yo había sido atacado por un tiburón y tú, desde tu barco, al ver la escena, te lanzaste al agua sin importarte lo que te pudiera pasar. Gracias a ti conservo aún la vida, al igual que tú también la conservas. Es cierto que tenemos mil y una heridas, como buenos marineros, heridas que nos tumban por largos periodos, pero las cuales no podrán con nosotros; nadie, ni la misma muerte, ha de vencernos nunca. A nosotros no.
Y cómo olvidar esa vez que agarraste con furia a Zapatero de las solapas (que hasta se hizo pis).
Sí, habrá quien piense, al leer esto, que estoy loco o que estoy inventando; porque, además, quién cree que en un blog puede escribir a diario un aventurero, cómo podría aguantar tanta pasividad. Bien lo sabemos tú yo y nuestros amigos. Esa tintorera, la maldita, era brava como con un torrente serrano. Qué más quisiéramos, ¿verdad?, qué más quisiéramos que no haber sido lisiados por ese pez enviado por el demonio, qué más nos gustaría que volver a surcar, con nuestras embarcaciones añoradas, las aguas del Atlántico en cualquier madrugada de agosto.
Hoy languidecemos en este barco cibernético acompañados por profesores, catedráticos, curas,... todos ellos personas de saber, personas estupendas, pero las cuales nunca han sacudido un puñetazo en la mandíbula a Rubalcaba, como tú mismo lo hiciste una memorable tarde en el Bernabeu, con la excusa de que le habías confundido con uno del Barsa.
Sí, mejor no digas nada, no cuentes tu historia aunque la nostalgia quiera mover tus dedos y ponerlos a hablar, pensarían que estas narrando la última película que viste.
Dos años y pico, Cami, dos años en el dique seco, como nuestros gasolinos de pescar marrajos.
Pero qué días aquéllos, ¿verdad? Muchos de los colaboradores nuevos que han llegado a los blogs, ya te digo, no saben nada de nuestra historia; sí que la conocen el chinito, Ecano, Mamita, Imperter, el Gurusayo, Visconti, ZZZPAF, Persio, Procura, Angoru, nuestra OLIMPIA del Olimpio, Exco, Angoru, ZZZZ, Federico, César... Algunos de ellos vinieron a vernos al sanatorio después de que sufriéramos el ataque del escualo.
No te digo más, sólo espero que pases por aquí para saludarte tan cariñosamente como siempre; y a ver si nos volvemos a tomar un ron de ésos algún día. Mira, ahora me acabo de poner uno, que ya sabes que lo hago de Pascuas a Ramos, pero así celebro tu cumpleaños. Es un ron añejo de Panamá que me trajo una de mis hermanas. Y está bueno. ¿Sabes cómo se llama? Abuelo, ron Abuelo, de siete años de vejez. Qué irónico, qué pronto se vuelve viejo el ron, fíjate, con la edad de un niño.
Toma, aquí te dejo el enlace a aquel vídeo del Caminante hice por tu anterior cumple; viéndolo ahora, es peor que los que he realizado últimamente, pero siempre tendrá algo que no nunca tendrán los otros.
Cuando los problemas son grandes y se ve el futuro negro, sin atisbar soluciones, no hay nada como ponerse a pensar en algo lúdico, en una cosa de ésas que no sirven para nada a priori pero que, quién sabe, después sí que puede resultar útil para alguien.
Suponed que sabéis que mañana vais a morir o que os van a cortar la cabeza, lo que, por ende, podría también ocasionaros la muerte. ¿Tiene sentido estar encabronado pensando en lo que pasará dentro de unas horas? Pues no, porque para un rato que nos queda de vida, es ridícula tal actitud; todos sabemos que antes o después vamos a morir, y la verdad es que casi no pensamos en ello o no pensamos en serio en ello.
Por eso, hoy, he decidido luchar contra el pesimismo de esta forma, forzándome a cavilar en algo lúdico en vez de hacerlo sobre cómo van la política, la economía o los problemas personales.
La paridad de los números Q.
Sí, éste va a ser el tema que voy a desarrollar. Así, en principio, puede parecer anodino, sin embargo, no se debe juzgar antes de tiempo.
Para empezar, comenzaré (creo que esta frase muestra una firme intención de ser lógico y ordenado).
Los números Q son los números racionales, como todo el mundo debería saber, aquellos que tienen cero o bien una cantidad determinada de cifras al otro lado de la coma (los decimales, vamos). También pueden ser periódicos y tener una cantidad indeterminada de decimales, pero siempre que formen secuencias que se repitan; si no, no son racionales, son irracionales, como los políticos.
No os vayáis, por favor, que lo interesante viene ahora.
Dentro del conjunto de los números Q están los enteros, los que no tienen decimales: el 1, el 2, el 3… Éstos también son números Q porque se pueden racionar claramente; cómo no iban a serlo.
Dentro de éstos, los pares son aquéllos que podemos partir en dos sin que sobre nada.
Y entramos de lleno en la cuestión, ¿existen números con decimales de los cuales se pueda decir que son pares? La respuesta es sí. Veamos un ejemplo: 4,628.
Ése es un número Q par muy claro. Las unidades, 4, al partirlas por dos, dan 2; las decenas dan 3; las centenas 1; y las milenas 4. (por qué no se va a poder decir milenas).
Hoy en día se enseña a los niños, en el colegio, idiomas autóctonos, cómo combatir el cambio climático y otras cosas así, sin embargo, los libros no hablan de la paridad de los números Q, no es materia de estudio. Pues bien, si aquí se hace caso a todo el mundo en cuanto a sus caprichos, yo también tengo derecho a exigir que la paridad de los números Q entre como tema dentro de la asignatura de matemáticas y que éste sea evaluable (EcQ, educación para los números Q).
No, eso del paréntesis no está bien, porque no se puede educar a los números Q, se trata de educar a los niños; que sea "Educación para la cudería de la ciudadanía formada por ciudadanos; vivan éstos en la ciudad o en el campo".
Hablando de esto, lo de ciudadanos viene de los franceses, ya sabéis, pero ellos escriben citoyens y pronuncian situayáns. Lo usaban ya los revolucionarios para denominar al pueblo que vivía tanto en el campo como en la ciudad (y en aquella época sí que había campo, no como ahora, que hay ciudades hasta dentro de los pinos). Para ellos, para los galos, no representaba ningún problema semántico —ni lo representa ahora— llamar a los habitantes de toda Francia situayáns; por qué, pues porque ellos a la ciudad le dicen ville, aunque pronuncian vil. Por tanto, si quisieran referirse de forma exclusiva a los habitantes de las ciudades, dirían "villanos" y pronunciarían "vilanos" (bueno, no, probablemente sería "vilanes", dado que en francés se dice "ane", no "ano").
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Ya que, hace poco que hemos celebrado el Dos de Mayo y hemos hablado de los franceses, creo que es ilustrativo insistir algo más en la cuestión.
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Allá por el 1800 los franceses tenían gran influencia sobre nosotros y de ahí que surgieran tantos afrancesados, que no eran otra cosa que unos "quiero y no puedo", "quiero ser francés, pero he nacido en España y mis padres son de Burgos", vamos. Ya por entonces, Pierre D´or Lotisien Fonténèbleâu, escribiría en sus Catalanarias de Cenicerón que esos españoles eran "les fils pubres de la Frans". Visto lo cual, no hay que ser muy listo para comprender que fueron esos hijos pobres de Francia los que incorporaron al español, traduciéndolo equivocadamente del francés, el vocablo ciudadanos como sinónimo de habitantes de un pueblo; cuando, evidentemente, en nuestro idioma es una palabra derivada de ciudad o, lo que es lo mismo, de ville, en francés.
Sin embargo, después del mil ochocientos vino el siglo de las luces y todo el mundo empezó a ver el error semántico; al desaparecer la oscuridad.
Hoy, hoy por hoy, un joven llegado a presidente nadie sabe muy bien cómo ha vuelto a contagiar al pueblo español con este neologismo antiguo (curiosidades que nuestros nietos contarán a los suyos algún día).
Cabe ahora preguntarse de dónde sacaron los franceses el término situayáns, el cual, igualmente, es en principio ajeno a su lengua (en realidad son villanos, como se ha dicho).
En la costa oeste de Francia hay un canal: el canal de la Mancha, que nada tiene que ver con el personaje de Lope de Vega. Si nadamos por él hacia al oeste, también, llegaremos, por ejemplo, a una ciudad llamada Dover. Pues bien, esa ciudad ya no está en Francia, sino en Inglaterra; país que, antes de la moda de la nacionalismos, tal y como estudiamos en el colegio, estaba formado por las regiones de Irlanda, Escocia, etc. De aquí, precisamente de aquí, es de donde les llega a los franceses el término situayáns.
Seguidamente, si nos fijamos, observamos que en Inglaterra, al igual que en otros países de habla inglesa, existen los cantris, los tauns y… las citis, palabra que los ingleses andaluces pronuncia, no sin salero, sidis, de modo bastante parecido a como lo hacen los americanos, que pronuncian siri (Niuio Siri). He aquí lo que, por fin, dilucida la cuestión: citi = ciudad.
Tenemos que irnos ahora a la Inglaterra de Cronwell para entender lo que ocurrió. En el siglo de Cronwell —XIV ó XV, siglo arriba o siglo abajo—, según nos cuentan, los ingleses andaban enredados con problemas religiosos y de costumbres ; que si los escoceses puritanos y tal (tampoco puedo dar detalles porque yo ya no llevo esto). Por otro lado existían problemas dinásticos entre los Estuardo, los Tudor y los Orange, que eran holandeses, y no sé yo si algunos más.
Sin embargo, nada de esto interesa. El verdadero problema estaba en que los pobres vivían en ciudades, que eran auténticos guetos, mientras los lores y lo reyes, como el Rey Juan, vivían en la maravillosa campiña inglesa —the cantrisai— toda llena de césped. Hasta que un día Cronwell se hartó y, delante de sus hombres, pronunció sus célebres palabras: Yast jier güi arrainving (hasta aquí hemos llegado). Y dio muerte al Rey.
No se puede entender el problema de las revoluciones populares, que más tarde llegarían a la Europa interior, sin conocer lo apuntado. Cronwell fue el culpable, el primer comunista revolucionario, el pionero, a más de ser el responsable de que, más tarde, el almirante Roque invadiera Gibraltar. Sin Cronwell no hubiera existido un Roberspierre, ni un Voltaire, ni un Demis Rusós ni ninguno de ésos; sin Cronwell nos habríamos ahorrado tanto triqui triqui, mon amour, y éste no hubiera dado lugar al chiqui chiqui. Pero nadie quiere saber nada, se mete la cabeza en el agujero como hace el avestruz.
No es raro, siendo de este modo, que hoy no se quiera tampoco ni mencionar la paridad de los números Q, la cual existe y es evidente. Es más, existe también la paridad de los números I, y, por tanto, por extensión, la paridad de los números R; y no me meteré en complejidades imaginarias porque no es el objeto de este ensayo.
Sea un número I tal que
a,bbfkhhjdgs… Donde cualquiera de las letras del abecedario que usamos para expresarlo cumple que letra=2n.
Por ejemplo:
: 48,22464686868482-684…
Esta posibilidad existe, el número irracional es indeterminado en cuanto a la cantidad pero no tiene por qué serlo en cuanto a la paridad si establecemos la condición necesaria. Como es lógico, la mayoría de las veces no podremos nunca, por la naturaleza de este tipo de número, saber qué elementos que se puedan dar en nuestros cálculos son pares o no, sin embargo, sí que podemos estar seguros de que existen elementos pares e impares.
Zapatero, Rajoy, el Rey de España o Bush, por ejemplo, pueden seguir así, si lo desean, volviendo la cabeza ante esta verdad que se oculta a los cítizens de todo el orbe.
Sólo quiero advertir una cosa y ya termino: a Dios daremos cuenta de nuestros silencios el día de nuestra muerte. La democracia permite hablar, pero de nada sirve esto si no permite pensar; y menos sirve si no permite escuchar a los que hablan con un poco de sentido común.
Hola. Digo hola con un escueto hola, pero no por ello menos respetuoso que un hola de longitud normal (creo que este sarcasmo sobre el extendido idiotismo viene bien para la presentación, pues de idiotismos, aunque de otra clase, voy a hablar).
El señor Corbacho, que, por lo visto, es un ministro nuevo de no sé qué, el TC — que no sé si quiere decir tontos del culo— y el señor Mas, —menos venido a menos que antes— están a punto de acordar oficialmente el que Cataluña sea una nación; si bien, dice uno de ellos —ahora no recuerdo cuál—, que no tiene sentido que eso signifique que Cataluña se separe del E.E, (Estado Español). Porque las naciones tienen que tener su Estado, añade. Y, pensaba yo, a qué Estado estará asociada la nación de los Estados Unidos; o a qué hijos estarán asociados los padres de una familia numerosa, y cosas parecidas.
Y también pensaba que el mundo está lleno de hombres, que son unos bichos los cuales, salvo accidente o malformación, poseen dos brazos, dos piernas, dos ojos… y, en fin, tienen muchísimas características en común; por lo cual se dice que forman una especie (especie a la que se llama, en sentido universal, el hombre, sin atender al sexo). Esto del paréntesis, por cierto, lo estudié en filosofía cuando iba al colegio; porque yo, aunque analfabeto, sé leer, he ido algo a la escuela.
En el 75 empezó la democracia y algunas regiones pidieron ser oficialmente denominadas como países; las Vascongadas se transformaron en el país Vasco, etc. Pero pasaba como ahora con lo de "nación", y hasta ahora han sido países "honoríficos". Aquí ocurre como pasa con esa señora o ese caballero que se apunta a un cursillo en una universidad, a uno de esos cursillos a los que se puede tener acceso sin tener los estudios necesarios para entrar en la facultad que sea. Luego, la señora —o el señor— se encuentra con un vecino y le dice ufanamente, como restregándoselo por las narices, que está yendo a la Autónoma, a la complutense o a donde sea para sacarse el título no reglado de ingeniero en ayudantía de la botánica de los geranios; y queda muy bien.
Quien más y quien menos tiene complejos, para qué vamos a negarlo. Los complejos constituyen el más peligroso caldo de cultivo de la soberbia; la soberbia viene mucho de no querer uno reconocer lo que es. Éste es el aspecto que me interesa de la noticia mencionada, el aspecto sociológico y filosófico más que el político. Porque detrás de la política hay hombres, y detrás de los hombres existen esos complejos y esa soberbia o falta de humildad. Naturalmente, no se puede negar que en aquellos años de la Transición, antes y después de este periodo, la ETA había estado matando mucho, lo que influyó en que se llevaran a cabo todas aquellas concesiones que a la mayoría de los españoles de entonces nos cogieron de sorpresa: autonomías, cooficialidad de lenguas en los planes educativos, etc. La gente votó la Constitución sin leerla, como siempre pasa con estas cosas, y después, con la práctica, se enteró de lo que había votado (si es notorio que se votó en el referéndum de la Constitución Europea sin que nadie leyera ésta, pues tú imagínate lo que pudo ocurrir hace un cuarto de siglo, que había más gente que no sabía leer y la política no interesaba como ahora).
Al grano, que es de café. Volvamos al presente.
Volvemos al presente y nos encontramos más o menos con una Retransición, con una repetición de la Transición; bueno, así es como se llamará el día de mañana en los libros, aunque nadie recordará quién fue el autor de la denominación (ya sabéis: La Reforma, La Contrarreforma… Pues más o menos igual con esto otro, no es difícil de deducir). Es lógico, además, que un subperiodo de 25 años, un cuarto de siglo, dé lugar a un bautismo nominal o nomenclaturístico, ¿no?
Pues eso, que lo que quiere decir esto, lo de las "naciones" trasciende a la política y a los periodos; no es más que la manifestación de unos complejos y una soberbia. Sí, ya sé que detrás del asunto también hay intereses económicos y de poder, pero una cosa no quita lo otra. ¿Qué pasará? Pues nada; ayer, país honorífico; hoy, nación honorífica; mañana, Estado… Y a España habrá que llamarla otra vez imperio, porque no quedará otra denominación específica para ella; término éste, sea cual sea, que se hará siempre necesario mientras todos los españoles voten en unas mismas Elecciones Generales (cosa que será así de por vida, porque no veo yo que los nacionalistas se resignen a no votar al PSOE; y cada vez más, por lo que se ve). ¿Cuánto tardará Cataluña en ser un imperio honorífico? Poco. Y ¿después? Pues no sé… continente honorífico, planeta honorífico, universo de clase B sub 1 ó sub 2, etc., honorífico… Zapatero decía un día que tenía ocho fórmulas para resolver el problema, —¿os acordáis de las realidades nacionales?—, yo tengo infinitas.
Y así piensan estos políticos de nuestro Estado, que se ven infinitos toreando al nacionalismo, ese bicho que parece adolecer de una alteración cromosómica en par 21; sí, eso es lo que deben de creer los próceres —quiero cambiar la "r" por la "o" pero el corrector no me deja— del Estado Español. Será por definiciones que se puedan inventar… Que no quede por eso.
Ay, Señor, las definiciones, para ser un buen definidor hay que tener espíritu de matemático y no sólo de lingüista. Ya sabéis cómo se definen las cosas, con el menor número de palabras posible pero de manera que no quede lugar a duda en cuanto a lo que nos estamos refiriendo; para que no haya confusión con otros objetos susceptibles de ser definidos [pero qué pedantes sois, no sé cómo no os da vergüenza atreveros a leer una frase como esta última, qué alipori].
Este último párrafo viene también a colación de esa noticia que he apuntado, alguno de los implicados en el suceso —en el siniestro— ha dicho que "ser o no ser una nación es una cuestión de sentimientos".
Esto no es una definición válida, ¿veis?, si yo planteo una adivinanza y digo veo, veo una cosita que empieza por la letrita "n" y tiene que ver con los sentimientos a ver quién coño puede saber lo que es; ¿la neurona?
No, la neurona es lo que le falta al que ha dicho eso sobre lo que es una nación.
Qué es una nación; pues parece ser que depende de la época. Antes, antaño, una nación era algo así como un conjunto de personas que vivían en un mismo territorio y que procedía de la unión de varios pueblos que en un pasado, más o menos lejano, fueron independientes. Bueno, por lo menos así ha sido desde que yo llevo en el mundo (50 años menos una semana). El origen básico es muy claro: una tribu de pescadores, otra tribu que se dedica en especial a la agricultura, cada una con su lengua y sus costumbres, un día se unen y los poblados dan lugar a pueblos que acaba teniendo una lengua común, un mercado común, una serie de costumbres comunes… Y así sucesivamente se dan similares uniones hasta constituir una nación, un gran país, un gran grupo humano dueño de un gran territorio. Es claro, la tribu, el poblado, la nación o el grupo humano que sea, se hace de menos a más, uniendo piezas. Cuando las cosas se hacen de más a menos, quitando piezas, no se llama a eso hacer, sino deshacer, no se llama a eso construir, sino destruir; o por lo menos es separar, vertebrar…
EJERCICIO: Supongamos que tenemos una tribu formada por cuatro hombres. Uno de ellos se separa, luego se separa otro… Cuándo quede sólo uno, ¿se podría seguir llamando a ese grupo unitario tribu?
No, la respuesta es no, por definición, por lo que dicen que es una tribu los diccionarios de todo el mundo.
Si quitamos piezas a un coche hasta quedarnos sólo con el volante, ¿llamamos a eso coche o volante?
Señores, cómo coño van a ser naciones las piezas desmontadas de una nación; a eso habrá que llamarlo de otra manera.
Pero ellos son felices denominando coche al volante, alivia su complejo, como le pasaba a la hipotética señora con el título universitario no reglado.
Quizá, en el futuro, ya no haya naciones ni imperios, tal vez vuelva el hombre a un estado en el cual el mayor grupo humano que exista sea la simple tribu; pero una cosa no se resignará a perder: las palabras que sirvieron, en ese pasado más próspero que el propio futuro que entonces será su presente, para definir lo que logró construir cuando estuvo unido y trabajó en conjunto. Y así lo hará por lo dicho: por puro complejo, por no admitir la derrota del proyecto al que estaba destinado, por no admitir su fracaso.
Sólo aparezco para que pinchéis en el enlace que pongo abajo y me digáis si sale la página. Es de Angoru, que ella no la ve en su ordenador. Yo sí la veo y me interesa sobre todo saber si alguien más no la ve; para ver qué coincidencias puede haber, para saber si puede ser del ordenador, el servidor, la zona, etc., y solucionarlo.
Hay cosas que no pueden ser; y si alguien tiene que ser consciente de este axioma es el político.
No puede ser, por ejemplo, que venga a España un británico y pida que se le deje circular por la izquierda, dado que es por donde se circula en su país. Si se le permitiese tal capricho, el agravio comparativo de siempre obligaría a permitir muchas otras cosas a los extranjeros que vienen a vivir a España; y eso llevaría a un caos que haría la vida imposible. Si sólo se hiciera es excepción, se acusaría al Estado español de injusto.
Se habla mucho de Mariano Rajoy ahora; tendríamos que haber hablado antes; yo, por lo menos, entono la culpa que orina (el "mea culpa").
Ya dijo Rajoy en el debate con Zapatero, y antes del debate, que él lo que quería es que todos los niños pudieran estudiar en su lengua materna. A mí no me pareció bien, pero me callé porque, dentro de lo que hay en política lingüística, era lo menos malo; lo del PP y lo del partido de Rosa Díez.
Eso no pasa ni ha pasado jamás en los demás países, entre otras cosas por lo dicho, porque es imposible, porque sería un caos. No todos los niños pueden ni deben estudiar en su lengua materna. En el mundo existen cientos de lenguas y dialectos, para que todos los emigrantes, sin excepción, pudieran estudiar en su lengua materna, tendría que haber en todas las ciudades de España o del país que fuera, y en cada pueblo alejado de las ciudades respectivas, un colegio que impartiera todas las asignaturas en todas las lenguas del planeta. Tal invento no es sólo imposible por las cuestiones obvias que a nadie se le escapan, lo es también porque en muchos de esos dialectos no existen libros; y, según en qué casos, no existen ni nativos que tengan los conocimientos requeridos para escribirlos (pero tal y como va la demencia humana a lo mejor vemos un día un libro sobre mecánica cuántica escrito en la lengua de los pigmeos o de cualquier otra tribu).
En los países normales hay una o dos lenguas oficiales para estudiar; y siempre hay una que es la oficial primaria. No hay más lenguas para cursar estudios salvo en algunas ciudades en las que siempre existen colegios alemanes, franceses, ingleses, sobre todo, y tal.
Porque es que lo que dice el señor Rajoy es una promesa o un sueño imposible. Si la niña de Rajoy viene de China y se establece en Madrid, quizá pueda estudiar en chino, pero si se va a vivir a un pueblo cualquiera… lo va a tener difícil (y estoy refiriéndome de uno de los idiomas más hablados del mundo, de un idioma clarísimamente diferenciado, no de un dialecto). Es inviable poner en Galapagar, por ejemplo —que no caben ni los coches— un colegio en japonés, otro en chino, otro en alemán, otro en francés, otro en árabe…
La cosa hay que arreglarla como se arregla en todas partes, haciendo que en los colegios se estudie solamente en la lengua común del país, de la nación, del Estado, pero, naturalmente, con las excepciones de los colegios particulares, no estatales, que quieran impartir la enseñanza en otra lengua; en esto tiene que haber completa libertad, la libertad de la iniciativa privada, que implica igualmente que cada uno pueda rotular su negocio, por cierto, en la lengua que quiera. Eso tampoco está legislado en los países normales. Por que es que, quien tiene un bar alemán, lo rotula si le da la gana en alemán, y el chino, en chino… y nadie le pone multas, dicho esto en especial para el señor Zapatero y otros bandoleros a los que se les ha dado carta de naturaleza política; democráticamente, eso es verdad, pero por parte de un pueblo arbitrario, sin criterio, sin madurez y sin sabiduría.
Y todo esto es así, porque es así, porque no cabe discusión por parte de nadie; ni del Rey (y no digo de Dios porque Dios no me discute, está de acuerdo conmigo).
Pasa igual que con eso de "aquí caben todos". Aquí caben los que quieran caber, los que quieran ser españoles y acatar las leyes naturales de las naciones, leyes que no pueden cambiar nunca ni democráticamente ni de ninguna manera y que están escritas en la Historia; porque, si no, esos países terminan por no serlo, y las nuevas leyes que los destruyen no son inherentes a ellos; son extrañas porque van contra la constitución natural —no la Constitución política del momento— del propio país. Nadie es legítimo, ni el Rey, para deshacer un país ya formado y con larga Historia que cuenta además con el reconocimiento mundial de los demás países. España va más allá de nuestras decisiones, pertenece al mundo y a su Historia, ni siquiera los españoles podríamos decidir, aun estando hipotéticamente todos de acuerdo, su disolución; eso tendría que ser votado por toda la población mundial. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque España ha sido hecha a lo largo de la Historia no sólo por españoles, sino también por alemanes, austriacos, húngaros —el imperio austrohúngaro— judíos, árabes, ingleses… por todos; no es sólo nuestra, es patrimonio físico y político del planeta. Y con las otras grandes naciones pasa igual aunque alguna de ellas ya se haya deshecho ilícitamente.
Ocurre que los problemas de la identidad de nuestro país y el de las lenguas en España son iguales pero al revés que el del esqueleto en el armario; que decía Ordóñez —de UCD— el ministro de Exteriores, respecto del problema de Gibraltar. Decía que estaba ahí, escondido en el armario, y solamente chillaba la gente cuando de vez en cuando abría la puerta y lo veía. Pues con esto pasa al contrario, lo vemos a diario y cada vez chillamos menos porque nos hemos dado por vencidos, hemos puesto al esqueleto una careta de Mickey Mouse graciosísima, por lo visto, y no existe el político con los suficientes huevos como para quitársela; ni en España ni en ninguna parte del mundo. Sí, sí, porque permitir que la nación forjadora del mayor Imperio que se ha dado, la nación que descubrió América, pase por lo que está pasando… es responsabilidad del hombre en conjunto, de la especie humana. Demuestra, pues eso, un despego descastado por el patrimonio político, histórico y físico de lo que somos todos los seres humanos en mayor o menor medida: españoles.
A mí, las etiquetas en sí no me preocupan tanto, son términos lingüísticos los cuales, hoy, en la España de Zapatero, pueden significar lo que apetezca. Lo que me preocupa más es la esencia que hay detrás del hecho de que se cambien los significados y los fines que eso conlleva. Qué significa la social democracia, ¿ayudar a los que necesitan ayuda? Pues si eso es a lo que se refiere Rajoy… pocos pueden estar más de acuerdo que yo (omito contar mi vida y mis problemas).
Lo que ocurre es que para ayudar a los que lo necesitan lo mejor es callarse y ayudarles; no hay nada peor que las palabras para socorrer a la gente que pasa apuros; se mueren de hambre igual, oyendo un discurso "altruista", pero al final cascan igual porque las palabras no alimentan.
El socialismo existe desde hace siglos y nunca ha dejado de haber miseria, ni ha dejado de haber pobres y ricos; cuándo se va a dar cuenta la gente de que todo eso es mentira. Yo te lo diré: cuando se vea pidiendo limosna en una esquina.
En la política puede más lo que la gente cree que es la política que lo que es la política verdaderamente. Y la gente, la mayoría, conoce conceptos básicos; que además son falsos, como ése de que la izquierda es justa con los necesitados. Por ello, los partidos que no son de izquierdas, al final, han tenido que ir, poco a poco, vistiéndose de izquierda, incluso llegando a ser en muchas ocasiones más de "izquierdas" que la izquierda. Y han tenido que hacer esto porque el político, como todo ser humano, comercia para vivir, vende. Y qué vende, palabras y proyectos; que lleva a acabo o no, o que lleva a cabo a medias, según los casos.
El PP, o una parte de él, quiere lavar la cara al negocio porque, aunque vende, no es la primera firma. Piensa que con ese nuevo vestido conseguirá su fin. No está haciendo más que lo que hace el tendero de la esquina, que ve cómo el competidor de enfrente tiene el kiosco más lleno que él. Qué hace, pues qué va a hacer, si se da cuenta de que su rival ha puesto a la venta unas ciertas marcas, él, hará pedidos a esas mismas casas comerciales; para ver si así entran también más personas en su tienda.
Sin embargo, existe algo en lo que la política no es igual al kiosco del ejemplo. Detrás de las acciones de los políticos vive todo un pueblo que depende de las medidas que tomen éstos. Sí, el bienestar del pueblo depende mucho de esa gestión y, a lo hora de la verdad, lo que menos importa son los vestidos o los disfraces. El bienestar tiene que ver con muchas cosas, con el trabajo, con las comodidades…
Un pueblo en el que los niños no estudian en el mismo idioma, en el que tampoco comparten los mismos temarios para las asignaturas, en el que muchas leyes locales cambian cada pocos kilómetros haciendo más enrevesados los trámites burocráticos —más incómodo todo—, en el que de igual manera cambian las lenguas, etc., es un pueblo poco agradable para vivir, un sitio donde se hace difícil comerciar, estudiar, trabajar…
El pedir que España sea un país de verdad, como siempre ha sido, no es folclore ni patriotismo; es porque es mejor para todos, y ya está. Eso es lo que tiene que comprender Rajoy y todos los demás, que no nos viene bien lo que se está haciendo, y que eso pasa porque la gente no sabe lo que le conviene; prueba de ello es que todos estamos hasta los huevos de esto o de aquello, no estamos contentos; luego la gente no sabe lo que vota o vota a señores que no logran hacernos felices, darnos el bienestar que queremos.
Pero una gran parte de culpa la tiene el mismo pueblo, que se fija demasiado en etiquetas y palabras y que se deja distraer por las campañas comerciales de los partidos.
Qué significa social democracia —repito como al principio— nada, realmente,, depende, es una etiqueta deformable.
Prohibamos a los políticos que nos sigan vendiendo esas etiquetas de izquierda o de lo que sea, censurémosles por ello: que hablen de proyectos, de arreglar las cosas sin tener puesta la vista en vender más mercancía. Esto irá a favor de todos, incluso de ellos mismos (pero sobre todo irá a favor de España, que no es otra cosa que cada uno de nosotros).
Santos Juliá, historiador y apologeta de los crímenes religiosos
«Y es que, asegura Juliá, "no hay persecución religiosa en la primera etapa de la República. Hay unas quemas de conventos en mayo, pero eso entraba dentro de la tradición. No fue tan dramático como lo que se proyectó sobre esa etapa, a la luz de lo que pasó después.»
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(Este párrafo de arriba está extraído de la noticia de LD que a continuación enlazo).
La entrada de la Segunda República fue una fiesta, según cuenta el catedrático de la UÑEZ. Los campesinos se abrazaron a los curas, los cuales no se mostraron demasiado violentos para lo que eran ellos habitualmente. El Palacio Real quedó vacío y no hubo violencia por ello, como en Rusia y en otros sitios, ya que, el abuelo del actual Jefe del Estado, que era un anticuado al que ya no quería la gente —según Juliá—, se fue por sí sólo al comprender que sobraba. Y, tal como dice el historiador —supongo que se le podrá llamar así, como decía Groucho—, tal como decía textualmente en el párrafo que pongo en la cabecera, "no hay persecución religiosa en la primera etapa de la República. Hay unas quemas de conventos en mayo, pero eso entraba dentro de la tradición".
En efecto, la tradición de quemar conventos era admitida como una fiesta popular y nadie se asustaba de ello, de hecho, la quema de iglesias y conventos se consideraba algo así como las fallas de Valencia. Los niños disfrutaban muchísimo viendo cómo ardían los crucifijos y los bancos de los templos.
No es oficial, pero se rumorea que entre esas criaturas estaba el propio Juliá, que solía manifestar, terminado el festejo, su alegría diciendo: ma, ma. Si alguien duda de este dato —porque pudiera haber oído decir que el profesor Santos Juliá nación 1940, acabada la guerra y por supuesto la República—, que no lo haga; no hay más que ver cómo cuenta las vicisitudes del advenimiento del régimen republicano: como en primera persona, de forma que nadie que le escuche puede dudar de que vivió en directo aquellos festivos sucesos.
Todo verdad, no se perseguía a los curas ni a las monjas, si es cierto que a veces se olvidaban, estos felices republicanos, de sacar a los religiosos de las iglesias, y éstos no podían huir porque antes de la incineración los festivos revoltosos atrancaban las puertas; con lo que no hacía falta perseguirlos para volver a encerrarlos en el improvisado horno. Bueno, a veces sí se avisaba, pero sólo a las monjas de clausura, las cuales no salen de los conventos a no ser que se lo diga Dios. Yo no tengo ese superpoder de Juliá, ése de conseguir estar en un sitio antes de haber nacido, pero sí sé que la norma de las monjas de clausura es ésa, y también sé que hay tumbas en los cementerios de religiosos que murieron en el 32, 33… y supongo que no sería difícil encontrar alguna tumba de ésas la cual cobije los huesos de una monja que bien pudo perder la vida en esas quemas (en ésas en las que no se perseguía a los religiosos).
Pero es lo que dice un historiador, y un historiador zapateril, que es un señor que entra en la facultad de historia, de joven, de estudiante, y se encuentra a un profesor que le narra lo que a su vez le relató otro profesor sobre lo que pasó cuando él no había nacido. Y, así, el fabulador transmite esos cuentos con fechas reales —y en ocasiones también con personajes reales— al inventor, y el inventor se lo dice al cuentista, y el cuentista al gilipollas del receptor; que es el que escucha las soflamas de Juliá, ese apolo-jeta de los crímenes religiosos.
Lo que ya no hace el señor S.J es un análisis sociológico (claro, es que ésa no es su parcela, de eso, por lo que intuyo, no tiene ni puta idea). Porque, si lo hiciera, pensaría quizá en que los crímenes religiosos del 36 venían cocinados por un caldo de cultivo que tuvo mucho que ver, precisamente, con la quema de conventos e iglesias que se dio anteriormente en la República; tuvo que ver con todo ese odio hacia a la Iglesia que se había inculcado.
En fin, mejor que leer los libros de Juliá o escuchar las cosas que dice, es leer este otro libro de Vicente Cárcel —terminado en ele, eh, que no soy yo—, por poner un ejemplo. Vicente Cárcel Ortí es Prelado de Honor del Papa, doctor en Historia Eclesiástica y en Historia Civil, y doctor en Derecho (y no aprobó la carrera de historia copiando, como Julia). Es autor de más de doscientos artículos científicos y de treinta libros o por ahí, libros como éste: