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Enviado a las 13/05/2008 21:04:25
Reforma constitucional ¡Ya!

 

Reforma constitucional ¡Ya!

 

Don Juan Carlos

El rey de España, don Juan Carlos I  

 

  

 

i. Protesta inicial

Vaya por delante, a la hora de dar comienzo a estas líneas, mi reafirmación monárquica y la reiteración de la idea de que no concibo a España sin la Monarquía como no concibo a España sin su raíz cultural católica.

Hace unos meses critiqué aquí, por su pobreza, el argumento de los que medio toleran la Monarquía actual diciendo que ellos no son monárquicos pero son juancarlistas.

Decía yo entonces −y perdóneseme la autocita (de las que, me parece, voy a usar y abusar a lo largo de este escrito− que:

«el preferir la Monarquía como sistema de gobierno en función de que el rey de turno nos caiga más o menos simpático es un argumento grotesco, apto sólo para mentes que, o bien quieren eludir el problema o bien, no queriéndose apear del burro de su republicanismo sentimental, no dejan de intuir el bien que la Monarquía aporta a la nación española.»

Sigo diciendo exactamente lo mismo y hoy tengo que repetirlo aquí sensu contrario y dirigido a las personas que, siendo españoles cabales, están comenzando a dudar de esta bondad de la Monarquía debido a las recientes  opiniones del Rey actual acerca de Zapatero, opiniones que constituyen el motivo del presente escrito.

A estas personas les digo lo mismo: el preferir o no la Monarquía en función de que el rey de turno nos dé o nos deje de dar un disgusto es una inconsecuencia. La justificación de la Monarquía tiene mayor calado.

ii. Motivo del presente escrito

El motivo del presente escrito son las palabras, tan espontáneas e imprevistas como entusiastas, con las que don Juan Carlos i defendió anteayer la figura del señor Zapatero.

Saltándose el protocolo que rodea al Rey, una periodista le abordó y le preguntó:

−Majestad, ¿me permite hacerle una pregunta?

−Dime, dime, −le contestó Don Juan Carlos−.

−Estoy preparando un reportaje sobre el presidente Zapatero. ¿Podría darme, por favor, su opinión sobre él, como persona?

−Sí −repondió Su Majestad.− Es un hombre muy honesto. Muy recto. Que no divaga. O sea, la gente cree que hace cosas así... como divagando –levanta entonces la mano y la mueve de un lado a otro–, pero no hay nada de eso. Él sabe muy bien hacia qué dirección va y por qué y para qué hace las cosas. Tiene profundas convicciones. Es un ser humano íntegro.

La periodista le señala a Don Juan Carlos:

−Sin embargo, le siguen considerando un enigma.

−Bueno –contesta el monarca en tono jocoso– quizá por la forma de las cejas, el gesto, los ojos, esa sonrisa particular... Pero lo importante es el valor de lo que hay detrás de todo eso: un hombre recto.

iii. El señor Zapatero

Los españoles de hoy comprendemos muy bien el significado de las palabras del rey y el por qué han suscitado tanto revuelo, tanto disgusto y tanto desaliento entre los que nos consideramos gentes de derechas, tenemos de Zapatero la opinión extrictamente contraria a la que de él tiene Su Majestad y estamos aterrorizados viendo, un día sí y otro también, como el señor Zapatero (eso sí, sin dejar de sonreír ni de presentarse como adalid del diálogo, de la tolerancia, del talante, de la sonrisita, y de todas esas paparruchas en cuyo arte es un maestro) utiliza el Gobierno de la nación para embestir contra nosotros y contra nuestras convicciones.

Pero, quizá, para las generaciones futuras, este revuelo y esta desolación que nos ha causado el rey, sí precisen de alguna explicación.

Pues bien: es sabido que en la milicia y, mientras no se demuestre lo contrario, el valor se supone.

Así, la rectitud y la integridad se deben de suponer de cualquiera, incluidos gobernantes como Zapatero, mientras no nos demuestren lo contrario.

Sucede, empero, que Zapatero nos ha dado mil muestras, en el cuatrienio pasado, como para dudar muy mucho tanto de su rectitud, como de su integridad en lo político.

Resulta cansino recurrir a las hemerotecas para recordar todas las muestras del personaje a las que hay que recurrir para dudar de las palabras del rey, pero ello es menester hacerlo porque, habiendo sido tantas, la de ayer nos hace olvidar a la de anteayer:

La penúltima que hizo fue utilizar el dinero público, mi dinero, entre otros, para regalar cuatrocientos euros a los declarantes del inminente IRPF si le daban el triunfo en las pasadas elecciones. Y si no, no.

Tuvo la suerte de tener delante a una persona seria y responsable, el señor Rajoy, quien, muy bien, pudiera haber dicho:

“¡Pues yo os voy a dar quinientos si me votáis a mí!” entrando en una escalada de despropósitos que cualquiera puede imaginar.

A Su Majestad esto le puede parecer integridad y rectitud. A mí me parece villanía, cacicada y  robo del dinero que yo aporto a la Hacienda Pública por parte del señor Zapatero para metérselo en su bolsillo y ganar con él unas elecciones legislativas.

La última fue cuando le pillaron hablando con Gabilondo ante lo que él creía un micrófono cerrado pero que, en realidad, estaba en on −quiero decir, para los que no somos poliglotas, enchufado−, y gracias a lo cual los españoles pudimos enterarnos cabalmente de lo que ya más que sabíamos de manera imprecisa: pudimos enterarnos de que, en la pasada campaña electoral, el señor Zapatero, en vez de ilustrarnos con propuestas y de informarnos sobre qué va a hacer y adónde va, a lo que iba era a introducir más tensión de la mucha que ya había introducido con iniciativas tales como la Ley de la Memoria Histórica, el Estatuto catalán o la negociación con ETA.

A Su Majestad esto le parecerá rectitud. A mí me parece canallada e indecencia.

Antes estuvieron sus engaños al señor Mas, al señor Rajoy... y no digo que al lucero del alba porque el señor Zapatero no necesitó engañar a dicho lucero que, si no, también.

Pero, en fin, a pesar de esta convicción mía de que Zapatero, ni es un hombre recto ni es un hombre íntegro, quizá ande yo equivocado y Su Majestad, quien lo conoce más de cerca, sea el que tiene razón con respecto a la valoración personal del presidente.

iv. El quid de la cuestión

El quid de la cuestión no es, sin embargo, el hecho de si Zapatero es o no es un hombre íntegro y recto.

A mí me parece que no lo es y a Su Majestad le parece que sí pero, a los efectos prácticos e históricos esto importa muy poco pues, como dicen, el infierno está plagado de buenas intenciones y nos importan muy poco las más recónditas integridades ni rectitudes, íntimas y personales, de Zapatero.

Creo que el quid de la cuestión está en otra parte de las palabras de don Juan Carlos. Concretamente en aquéllas con las que dice que Zapatero no divaga: sabe muy bien dónde va.

Los pensadores de derechas −es decir, los pensadores, no los agit prop de la izquierda− han elucubrado mucho, durante el pasado cuatrienio, sobre el asunto de si Zapatero es malo, es tonto o es un iluminado.

De las palabras elogiosas de don Juan Carlos cuando dice “que Zapatero no divaga: sabe muy bien dónde va” parece desprenderse −excusatio non petita, acusatio manifiesta− que estamos, de verdad, ante un iluminado y ante un malo.

Estamos −según el sentir de don Juan Carlos−ante un ser que sabe muy bien adonde va y adónde nos quiere llevar a todos por métodos pseudodemocráticos. Pero el asunto es que no nos dice adonde va.

Podemos intuirlo pero él no nos lo dice.

Un dirigente honesto −no obstante ser demócrata− y que sí sabía muy bien adonde iba, se lo dijo con mucha claridad y sin tanta sonrisa ni tanta circunflexión de cejas, a los británicos:

Blood, sweat and tears, dijo Churchill, o dígase: “Sangre, sudor y lágrimas.”

Y los británicos le entedieron a la perfección, se pusieron a su lado y el rey de Inglaterra, a la sazón don Jorge  vi, no tuvo que verse en el trance de tener que decir que don Winston Churchill era una persona honesta que no divagaba.

Zapatero sabe muy bien adonde va pero no nos lo dice con palabras lisas, llanas y sencillas para que, democráticamente, podamos decidir si queremos acompañarle o no en su camino.

El hombre que nos prometió transparencia, es decir, −digo yo− claridad conceptual, se entretiene en envenenarnos con memorias históricas mientras nos toma por borregos imbéciles que debemos seguirle en ese camino suyo que Su Majestad y él conocen tan bien a donde va pero que los demás, aunque lo intuimos, desconcemos.

Si la democracia consiste, precisamente, en que los electores decidamos cuál de los proyectos políticos que se nos ofrecen queremos votar, corresponde a los políticos explicarnos con claridad meridiana esos proyectos suyos y, siendo esto así, si estamos ante un ser que sabe muy bien donde va mientras los demás, sus electores, estamos con los ojos como platos, sin acabar de comprender muy bien adónde va y lo que nos parece es que divaga, entonces, o una de dos: o estamos ante un inepto que no se explica y sólo sabe sonreir y enarcar las cejas o estamos ante un político que ni es recto, ni es íntegro, ni es honrado, por muchas que sean las buenas cualidades que le adornen en su vida personal y que a mí me importan un bledo.

Pero, hay más. De las palabras del Rey se desprende que Zapatero sí está caminando hacia alguna parte.

Éste es el quid de la cuestión: Zapatero no está divagando; está caminando hacia alguna parte que él conoce muy bien pero que los españoles desconocemos.

v. ¿Hacia dónde camina Zapatero sin querérnoslo quiere decir?

La Constitución del 78 fue un pacto entre todos los españoles que había sido respetado por todos hasta que llegó Zapatero al poder en su legislatura anterior.

Durante esa legislatura, la Constitución del 78 fue atacada en dos frentes que son, prácticamente, los únicos por los que hemos visto caminar a Zapatero. Estos dos frentes son:

1.      La reaparición, en la izquierda, de los rencores históricos que aquella Constitución vino −creíamos− a superar y a dar por zanjados con iniciativas tales como la Ley de Memoria Histórica −iniciativa que, dicho sea de paso, no venía en el programa electoral del PSOE del 2004 sino que fue un invento del recto de Zapatero− o con hechos tales como la reaparición del anticlericalismo, la persecución soterrada a la Iglesia católica y el ataque a nuestras costumbres so pretexto de defender presuntos derechos de determinadas minorías.

2.    La agudización extrema del problema que representa la división territorial de España.

Creo que, a día de hoy y tras el camino andado por Zapatero por estas sendas, la Constitución del 78 está herida de muerte y ha dejado de servir, no tanto por el ataque que ha sufrido desde el primero de estos frentes que, a pesar de haber sido y de seguir siendo un ataque brutal, dada la debilidad de la derecha española y el entontecimiento cada vez más embrutecido del pueblo español, va a triunfar sin alterar con ello la convivencia −aunque sí el consenso− que significó esa Constitución, sino por el ataque desde el segundo frente: el que viene del nacionalismo y del separatismo.

Creo que el envenenamiento de este problema, el nacionalista, durante la anterior legislatura ha encaminado, irreversiblemente, a los nacionalistas vascos y catalanes por la senda del separatismo y creo que en una, dos o tres generaciones −antes quizá− las Provincias Vascongadas y Cataluña se segregarán del resto de España.

No diré que Zapatero sea el responsable único de ello. Hoy nos resulta evidente que la raíz del problema estaba en la misma Constitución, en la forma en la que trató la repartición territorial de España, y en los treinta años de gobierno nacionalista en esas comunidades autónomas que han ido generando un poso de desafecto hacia la mera idea de España en una parte de catalanes y de vascos que, cada vez, es mayor y que lo único que va a hacer es a seguir aumentando en número.

No es Zapatero el único responsable de tal hecho, digo, pero es evidente que ha sido durante su legislatura cuando el problema se ha agudizado y hecho, a mi entender, irreversible, y es evidente que han sido muchas de las actitudes de Zapatero −el impulso que dio al Estatuto catalán cuando el pacto catalán estaba muerto en el propio parlamento de Cataluña, el recorte que impulsó, después, a este Estatuto en el Parlamento español, su engaño al señor Mas, su engaño a la ERC, la negociación con ETA, los múltiples engaños al señor Rajoy, el negar a Ibarretxe lo que a ofreció a ETA o su utilización mezquina del Plan Hidrológico, son ejemplos de esas actitudes− las que han contribuido a envenenar este problema hasta el grado en el que hoy se halla.

Quizá las intenciones de Zapatero fueran buenas a la hora de enfrentarse al problema nacionalista pero, como dije antes, el infierno está plagado de buenas intenciones y, en cualquier caso, es evidente que, fueran cuales fueran esas intenciones, la forma en que Zapatero el recto se enfrentó a él fue mediante trapacerías, engaños y mentiras a tirios y troyanos.

Y, además, intentando empezar a construir la casa por el tejado. Para muchos era ya una evidencia entonces y hoy creo que lo debe de ser para todo el mundo: la reforma de los Estatutos de Autonomía exige una reforma previa de la Constitución en la forma prevista en ella.

Si queremos hacer las cosas bien y con lealtad recíproca, ésa es la única vía de enfrentarnos al problema nacionalista.

La derecha se hartó de decir esto durante el trámite del Estatuto catalán. Ni Zapatero ni el nacionalismo catalán de izquierda le hicieron caso −antes bien, se hartaron de presentarla como anticatalana− y el nacionalismo catalán de derecha se vio arrastrado en la vorágine aquella y tuvo que subirse al carro de dicho Estatuto.

Como dije antes, la reforma de el Estatuto catalán −que, parece ser, fue idea del señor Maragall cuando en España parecía seguro que iba a seguir gobernando el PP y, por tanto, una idea que el propio señor Maragall creía inviable y que lanzó a los meros efectos de hacer ruido y de divertirnos un poco− había muerto en el propio Parlamento catalán y fue Zapatero, sin ninguna necesidad, el que la resucitó en el célebre Pacto del Tabaco en el que, literalmente, engañó al señor Mas.

Resucitó, pues, Zapatero una reforma estatutaria que estaba muerta. Alentó esa reforma. Los catalanes se lo creyeron y reformaron su Estatuto y cuando, con él en la mano, se presentaron en Madrid para su sanción por las Cortes Españolas ¿qué hace Zapatero? lo modifica para acomodarlo a la Constitución que debería de haber empezado por reformar para hacer las cosas con claridad, con lealtad, con nobleza y, sobre todo, con miras a que los resultados tuvieran una mínima estabilidad.

¿Puede, así, extrañarnos el desaliento del catalanismo? ¿Puede extrañarnos la escalada del independentimo catalán ante tal engañifa? ¿Puede extrañarnos que, cada vez, sean más y más autorizadas las voces que piden la independencia en Cataluña?

Así están las cosas por lo que respecta al problema nacionalista.

vi. El señor Ibarretxe

En el mismo escrito que mencioné al principio, que se titula En defensa de la Monarquía española y que publiqué hace hoy, justo, un año, decía yo también:

«Si hemos abandonado el principio filosófico de que el poder deriva de Dios y creemos hoy que el poder nace de la voluntad popular, la España liberal no tiene argumento sólido que oponer, en lo estrictamente filosófico, a la reivindicación de soberanía de ninguno de los pueblos que la conforman. Si los catalanes nos dicen que ellos, para expresar su voluntad y gobernarse no tienen que pasar por Madrid no tenemos argumento filosófico que contraponer.»

Sigo pensando igual. Si el señor Ibarretxe nos dice:

«Somos una sociedad sensata y madura, tenemos mayoría de edad para decidir y, además, queremos decidir, queremos tomar decisiones por nosotros mimos.»

no tenemos, en lo estrictamente filosófico argumento sólido que contraponer.

Por otra parte, la deriva del mundo cada vez es más proclive a la creación de nuevos estados y un estado vasco o un estado catalán son del todo verosímiles e imaginables a medio plazo.

No podemos prescindir de ninguna de estas dos realidades.

Por otra parte, si el señor Ibarretexe nos sigue diciendo:

«Apostamos por un futuro que dice sí al pacto entre Euzkadi y España. Apostamos por un futuro que dice sí a la negociación con el Estado, a la mano tendida y no a la mano rechazada. Derecho a decidir y obligación de pactar, ésta es, a mi juicio, ésta es, a juicio de la Cámara vasca, hoy, de manera mayoritaria, la clave de la solución democrática del conflicto que venimos arrastrando durante los últimos doscientos años.»

ni podemos desoír las palabras del lendakari, ni podemos negar que tiene razón cuando dice que el conflicto dura doscientos años.

Puede ser que el señor Ibarretxe nos esté intentando engañar. Puede ser que tras ese nuevo pacto al que apela, el nacionalismo siguiera siendo lo que ha sido durante toda la Transición: un continuo chantaje al estado y una enorme máquina propagandística, en sus territorios de fomento del odio a la idea de esa España a la que nos dice que quiere tender la mano.

Puede ser que sí, pero pudiera ser que no y, por ello, no debemos desoírlo.

Entre otras cosas  (y aquí es muy posible que peque de ingenuo y de vivir en otro mundo) porque el verdadero nacionalista ama a su patria y ama a la historia de su patria. Lo que llamamos nacionalismos periféricos tendrán una idea restringida de lo qué es su patria pero, amándola, no pueden ni dar la espalda a su historia ni falsearla por siempre: antes o después se tienen que encontrar la idea de España, a la que han pertenecido desde hace muchos siglos y a la que sus antepasados se sintieron orgullosos de pertenecer.

Y, en este sentido hay que recordar que la primera parte de esos doscientos años de desencuentro a los que se refería el lendakari,

vii. El señor Duran i LLeida

Por otra parte, en otro escrito mío titulado España, antes rota que roja, trataba yo de exponer la tesis de cómo la izquierda −a la que, en el fondo, le importan muy poco todas estas zarandajas de patria y de nación− viene utilizando desde el siglo xx el problema nacionalista pro domo sua y, envenenándolo hasta el infinito, pescar en su río revuelto.

He dicho muchas veces, y lo he dicho en páginas catalanistas, que yo siempre me voy a sentir más cercano en espíritu a un catalán de derechas que a un castellano de izquierda, por muy castellano que sea yo.

Siempre me voy a sentir más cercano de un señor como el señor Duran i Lleida que de personas como Zapatero, por muy rectas e íntegras que sean en el ámbito de lo personal.

Precisamente hace pocos días, el señor Duran i Lleida tuvo la gallardía de anunciar públicamente que él se iba a oponer a la embestida laicista que lidera Zapatero y que antes enuncié como la primera de las sendas por las que éste camina.

Y llegamos, con ello, a otro punto crucial de la reflexión:

Zapatero puede acometer tal ofensiva laicista porque la derecha española está dividida: ni en Cataluña ni en las Provincias Vascongadas hay derecha que se oponga a este ataque de Zapatero y no la hay porque la derecha de estas tierras españolas anda enemistada con la derecha centralista por el problema nacionalista.

Del anteponer este problema, para ellos esencial, al de la destrucción de la cultura común que todos tenemos, catalanes, vascos, castellanos, aragoneses, valencianos... resultan don resultados:

1.      La derecha española, dividida, permite que Zapatero tenga una mayoría parlamentaria suficiente como para promover medidas legislativas dirigidas a la destrucción de valores espirituales que están en la base de nuestras culturas, llámense española, vasca o catalana.

2.    Quizá, la alianza de los nacionalismos periféricos con Zapatero acabe consiguiendo el, para éstos, tan deseado caramelo de la independencia de su odiada España, pero ¿qué patria vasca o qué patria catalana habrán conseguido independizar? ¿una patria vasca o catalana en la que los maricas y las lesbianas tengan el derecho de formar pareja y adoptar niños? ¿una patria vasca o una patria catalana a las que tan indiferentes les sean la religión católica que fue la de sus antepasados como la islámica contra la que todos luchamos y vencimos durante ochocientos años y cuya lucha es un elemento imprescindible del concepto que llamamos España?

Necesitaríamos, pues, recapacitar sobre las derechas españolas, ver en qué andamos equivocados todos e intentar un acercamiento leal en el que la derecha nacionalista vaca se opusiera en Vasconia a tal degradación de las esencias de nuestra patria, la catalana hiciera lo propio en Cataluña y todas incidieran en ello y estudiaran la posibilidad de no ser tan cerriles.

Mientras no sea así, mientras las derechas vasca y catalana anden calculando qué provecho mezquino pueden sacar de que un ser como Zapatero, hombre íntegro en opinión de don Juan Carlos i, sinvergüenza redomado en la mía, hará mangas y capirotes con todos nosotros, vascos, valencianos, catalanes, gallegos y demás ralea hispánica.

El señor Duran i Lleida, pues, desde Cataluña, ha tenido el valor de no confundir el culo con las témporas y de marcar la distancia precisa con el recto de Zapatero.

viii. La Iglesia Católica

La Iglesia católica a través de la Conferencia Episcopal Española, a la que, muy bien, pudiéramos equiparar a los Concilios Toledanos en lo que respecta a la forja de la nación española, en el punto septuagésimo tercero de su Instrucción Pastoral del 2006 titulada Orientaciones morales ante la situación actual de España, nos dice:

«La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diferentes maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y, en último término, los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico político más conveniente. Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la voz de la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás. En todo caso, habrá de ser respetada siempre la voluntad de todos los ciudadanos afectados, de manera que las minorías no tengan que sufrir imposiciones o recortes de sus derechos, ni las diferencias puedan degenerar nunca en el desconocimiento de los derechos de nadie ni en el menosprecio de los muchos bienes comunes que a todos nos enriquecen.»

No hay, pues, razón alguna para que nos empecinemos en defender una constitución que murió durante la primera legislatura Zapatero. No debemos malgastar más fuerza en su defensa.

Creo llegada la hora de una reforma constitucional −no de la reforma tibia que están planteando los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP y referida a puntos concretos como la reforma del Senado, la Ley Electoral, la reforma del Tribunal Constitucional, la del Consejo Superior del Poder Judicial o la Sucesión en la Corona de España (que también)− sino a una reforma profunda que implique y que comprometa a los nacionalismos periféricos, muy especialmente a PNV y CiU.

En ello todos habremos de ceder. Tanto los que venimos confundiendo a España con la España liberal que nació en 1812 como los que confunden esta España con cualquier idea de España.

ix. Don Fernando vii

Don Fernando vii, el último rey de nuestra monarquía tradicional, tan vilipendiado, comparaba a España con una botella de cerveza y a sí mismo con el tapón que la tapaba y, añadía:

«En el momento en el que el tapón salte a la hora de mi muerte, todo el líquido contenido se derramará, sabe Dios en qué derrotero.»

Lo cuenta don Ramón de Mesonero Romanos en su obra Memorias de un setentón.

Que sucedió, exactamente, como pronosticaba el rey don Fernando vii lo puede ver cualquiera que se interese, aunque sea por encima y de pasada, por la historia del siglo xix español. Que sigue sucediendo, lo viene a decir el lendakari Ibarretxe cuando habla del conflicto que venimos arrastrando durante los últimos doscientos años.

x. La Cruzada y el régimen del general Franco

A mí nadie me va a quitar de la cabeza que el régimen de Francisco Franco fue un intento de conciliar la modernidad con la tradición. Lo dejé escrito hace unos días en mi artículo titulado Zapatero, la soledad y el papanatimo.

En su origen, el régimen de Franco, fue un levantamiento contra el marxismo y, también, contra el separatismo. Contra el separatismo porque éste andaba ya aliado con el marxismo en su labor de destrucción de España.

Si hubiera sido posible la alianza del nacionalismo vasco y catalán con la Cruzada −e intentos hubo al respecto por parte del episcopado vasco, lo cuenta Ricardo de la Cierva en su obra La Historia se confiesa− si tal alianza hubiera sido posible como lo fue en el caso navarro, hoy, muy probablemente, no existiría problema nacionalista ni secesionista en España y, seguramente, la izquierda española estaría bastante más civilizada, habría hecho, ella también, su transición, y, en cualquier caso, no podría estar utilizando el problema nacionalista para envenenar la vida política.

No fue posible. Los nacionalismos vasco y catalán del 36 estaban ya entregados en todo a una República que les había regalado el caramelo de sus estatutos y, como hoy, cegados por este caramelo, poco les importaba que España se encaminara a ser un cordero de Stalin en la parte más occidental de Europa.

A su vez, Franco, tras su victoria, adoptó como modelo para la organización territorial de su régimen, el de la España liberal del siglo xix y no prestó ninguna atención a la posibilidad −seguramente porque no había tal posibilidad− de conformar territorialmente a España a la manera tradicionalista cuando el tradicionalismo se contaba entre las fuerzas que con él combatieron y que le llevaron a la victoria.

xi. Una nueva Constitución bajo una Monarquía de inspiración carlista

Voy acabando.

Tras la muerte de don Fernando vii, reinó en España la línea isabelina, representada, en su principio por una niña con la que las camarillas y facciones del liberalismo hicieron mangas y capirotes y que una vez crecida inició lo que −a grandes rasgos− ha caracterizado a esta línea dinástica: vivir el Monarca en paz, no entrometerse en nuestras peleas y, sobre todo, pedir perdón a la izquierda jacobina por permitirle existir y no cortarle el cuello como se lo cortaron a su antepasado el rey Luis xvi.

A su lado, y combatiendo a esta línea isabelina, existió la línea dinástica carlista que postulaba un mantenimiento de la España tradicional dentro de las novedades del mundo moderno. Por eso floreció el carlismo, fundamentalmente, en las tierras españolas más celosas de su tradición, la Vascongadas y Cataluña.

Y por eso, las Vascongadas y Cataluña, una vez confirmado el triunfo de la línea isabelina y confirmada la inviabilidad del carlismo, derivaron hacia el separatismo puro y duro y hacia su alianza con la izquierda revolucionaria.

Castilla, a su vez, amortecida y enervada, solar de la capital del Reino, confundiéndose a sí misma con la totalidad de España, mientras los nacionalismos vasco y catalán caen en la misma confusión, lleva doscientos años callada y conforme con el estado de las cosas.

Creo llegado el momento de que las cosas cambien y creo que sólo pueden cambiar en dos sentidos.

1.      La disgregación lisa y llana de España, o

2.    La reforma de la Constitución en un sentido carlista adaptado a los tiempos modernos.

Es claro que aquí postulo el segundo punto.

Para mí eso significa un pacto entre los antiguos reinos que conformaron a la España del Antiguo Régimen. Hemos de abandonar las zarandajas de la partición de Castilla en ‘nacinalidades’ artificiales tales como ‘Castilla-León’, ‘Castilla-La Mancha’, ‘Extremadura’, etc.

Es evidente que el presidente de la Generalitat o el lendakari vasco ni son ni se van a sentir nunca iguales a, por ejemplo, y con todos mis respetos, al presidente de Extremadura.

Y no lo son porque estas comunidades autónomas en las que se ha disgregado Castilla son entes artificiales y residuos de la partición napoleónica en provincias.

El verdadero interlocutor frente a los reinos de Aragón, de Valencia, de Navarra, frente a Cataluña y las Provincias Vascongadas, ha de ser Castilla: el café para todos de la Constitución del 78 ya no nos vale. De hecho, desde el principio fue un error.

No se trata, como dice la señora San Gil, de caerles simpáticos a los nacionalistas. Para simpatías ya tenemos bastante con las del señor Zapatero y con las de Su Majestad.

Se trata de ver si existe la posibilidad −que, de existir, será seguramente la última− de hacer un pacto leal con ellos.

En el escenario actual de la Constitución del 78 tiene razón María San Gil en que no tiene ningún sentido intentar caer bien a los nacionalitas periféricos porque el problema no es que los que nos consideramos dentro de ese concepto impreciso de la derecha española no seamos lo suficientemente simpáticos.

El problema es, como vengo diciendo, que la Constitución del 78 es ya, para esos nacionalismos, letra muerta, con lo cual no tiene sentido ni que intentemos caerles simpáticos ni que nos enfrentemos a ellos con la Constitución del 78 en la mano.

La solución es −si es que hay solución− la reforma constitucional.

Y acabo:

Como dije al principio, no concibo a España sin la Monarquía pero el monarca no puede vivir haciéndose perdonar continuamente la vida por la izquierda.

En esa España, lo mismo que necesitamos a unos nacionalismos retornados a ella con lealtad, necesitamos de una izquierda moderna, que olvide su obsesión anticatólica y que no le meta miedo al rey y necesitamos de un rey que no le tenga miedo a la izquierda y que, así, no nos desconcierte con aseveraciones tales como decir que Zapatero es un hombre recto e íntegro y que él sabe adónde va.

La primera porque somos muchos los que dudamos de tal rectitud y de tal integridad.

La segunda, porque no es de recibo, en una democracia que el presidente sepa adónde va y el resto de los ciudadanos lo ignoremos, no podamos, por tanto, decidir si queremos acompañarle o no en su camino y el único consuelo que nos quede sea que el rey nos diga que el presidente del gobierno sabe adónde va.

Eso es propio de un rey isabelino. Un rey carlista no nos podría decir eso. Y, menos con la que está cayendo.

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Enviado a las 10/05/2008 18:05:37
11 de mayo: un aniversario para la 'Memoria Histórica'
   

11 de mayo: aniversario para la Memoria Histórica

 

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Stanley G. Payne

 

Don Stanley G. Payne, historiador e hispanista estadounidense, publica hoy en La Razón un artículo titulado: Aniversarios: 14 de abril y 11 de mayo, en el que, al tiempo que nos recuerda que mañana se conmemora el septuagésimo segundo aniversario del inicio de la quema de conventos y de iglesias por parte de la II República española,  viene a coincidir en el revisionismo histórico con Pío Moa y a criticar el sectarismo del Gobierno socialista que padecemos en lo que respecta a la Ley de la Memoria Histórica.

Como el señor Payne es, además de doctor en Historia y profesor emérito en la Universidad de Wisconsin–Madison, extranjero, a la caterva de reaccionarios de izquierda que, aparte de no saber hacer la O con un canuto, asumen como dogma su visión falsa de la II República española y de nuestra Guerra Civil, le va a resultar más difícil hincarle el diente como se lo hincan al señor Moa, a quien, cuando no tienen más remedio que hacerle algún caso —pues su táctica habitual hacia él es el ostracismo y el ninguneo para evitar así, entrar a rebatir sus tesis— le tildan de psudohistoriador y, a partir de ahí, de fascista para arriba.

Pues, ¡mire usted por donde! En su artículo de hoy, el señor Payne, no sólo viene a coincidir con las tesis del señor Moa sino que hasta le cita y viene a coincidir con él.

No es la primera vez que Stanley G. Payne cita a Pío Moa, de quien ya dijo:

Y, añadía, entonces, Stanley G. Payne: 

“Lo más reseñable es que, aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones.

Los críticos adoptan una actitud hierática de custodios del fuego sagrado de los dogmas de una suerte de religión política que deben aceptarse puramente con la fe y que son inmunes a la más mínima pesquisa o crítica.”

La caterva de rojos cerriles con apariencia de historiadores y la caterva de pseudointelectuales, harán como que ni leyeron aquellas palabras ni han leído el artículo que comento.

***

El concepto de revisionismo histórico utilizado de manera peyorativa es una falacia más de la izquierda que se nos quiere presentar como moderna y no es sino la misma antigualla ramplonamente dogmática de siempre.

Es esa izquierda que quiere presentarse como defensora de la Ciencia y no es sino cientifista, es decir, contempla a la Ciencia, sin entender lo que es; la mira de manera supersticiosa y de ahí que no tenga empacho, como viene a decir Stanley G. Payne, en responder a los argumentos de Pio Moa con la trampa epistemológica de invocar al principio de autoridad, es decir, en aceptar o rebatir tesis científicas en función de quién las dice en vez de utilizar el método científico para hacerlo o, dicho de otra forma: el recurrir al argumento de que don Pío Moa no es historiador para rebatir sus tesis tiene el inconveniente de que si luego viene una persona que sí es, no sólo historiador, sino una personalidad dentro de la comunidad científica internacional y, además, profesor, y viene a decir lo mismo que don Pío, los que así han argumentado se quedan con las vergüenzas al aire y lo único que pueden hacer es hacer como si no hubieran leído a Stanley G. Payne.

Pero volvamos al concepto de revisionismo histórico tal y como lo maneja la izquierda, es decir como uno de tantos conceptos totem como utiliza para que su mera mención sirva para callar las opiniones contrarias.

Si la Ciencia es algo es, precisamente, revisionista. Lean a Thomas S. Kuhn los que niegan que la Historia se pueda revisar.

La Ciencia, para seguir avanzando, necesita poner en duda todo lo que conoce pues la verdad científica, a diferencia de la religiosa, se caracteriza por ser una verdad relativa. La base de su conocimiento es poner en duda lo que hoy conoce, volverlo a analizar a la luz de las nuevas evidencias o de los nuevos resultados experimentales y estudiar si hoy puede seguir considerando verdadera la tesis que ayer lo era.

Si no fuera así, la primera teoría física científica, por ejemplo, la Teoría de la Gravedad de Newton seguiría siendo una verdad admitida e inamovible, Einstein hoy sería considerado un revisionista (en el mal sentido de la palabra) y su Teoría de la Relatividad, una engañifa suya.

No se comprende, pues, que quienes se nos quieren presentar como adalides de la racionalidad, del positivismo... (en definitiva, de la Ciencia) y nos atacan a los demás de ignorantes, retrógrados y obscurantistas, utilicen el concepto de revisionismo histórico de la manera que lo hacen: como algo indeseable.

Bueno, miento: sí se comprende. Si nos damos cuenta que a esta gente, la verdad, la ciencia y la razón les importan un bledo y que lo que pretenden es que su verdad dogmática (custodios del fuego sagrado los acaba de llamar Stanley G. Payne) no sea puesta en duda ni por lo más remoto, entonces ¡vaya que si se comprende que saquen a relucir —como digo, de manera tan inconsecuente— el espantajo del revisionismo histórico para que nada sea revisado.

Yo entiendo que la Historia no es una ciencia experimental. No podemos contemplar la Historia con la misma indiferencia ni asepsia con la que miramos un paramecio por el microscopio.

La Historia tiene un componente afectivo que sirve para unir a las gentes que se consideran herederas de una de sus múltiples líneas. A los niños hay que encariñarles con la Historia de su nación como han hecho siempre todas las naciones, como nos cuenta don Marcelino Menéndez Pidal que hacían los godos durante su epopeya daciana por las noches, todos reunidos, grandes y chicos, en torno a las hogueras, entonando los carmina maiorum: los cantos de los antepasados.

Entiendo que así debe de ser y deploro que haya dejado de ser así en nuestra patria.

Pero de ahí a contar mentiras y empecinarse en la mentira media un abismo y el cerrar los ojos al análisis científico de la Historia es sólo muestra del cerrilismo y de dogmatismo.

La Historia de la Patria hay que amarla tal y como es: conociendo sus defectos y sus virtudes, como defectos y virtudes tiene la familia de uno y no por eso ni es menos familia ni debe dejar de amarla.

Como para la izquierda esto no es así, como viven instalados en su mentira y se la creen a pies juntillas, es por lo que les resultan tan molestas y odiosas personas como Pío Moa y, por esa misma razón, como, gracias a personas como don Pío, esta verdad dogmática de la izquierda está siendo puesta en duda en los últimos años, han tenido que inventarse lo de la Ley de la Memoria Histórica para seguir engañándonos a todos con su mentira.

Pues ¡toma memoria histórica!

Para refrescarles la memoria histórica a esta caterva de fanáticos indocumentados escribe hoy en La Razón don Stanley su artículo del que reproduzco aquí algunos párrafos:

«Hace un mes el Gobierno y varios sectores de las izquierdas prestaron bastante atención al catorce de abril, la fecha de la proclamación de la Segunda República en 1931, como «aniversario de la democracia». Esto es superficialmente plausible, en un sentido técnico, porque la República nació en gran parte como una fórmula para buscar la democracia. Las limitaciones, no de la fórmula, sino más bien de la orientación y los valores de los líderes de la República, se pusieron de manifiesto en tan sólo cuatro semanas, el once de mayo, fecha de la tristemente famosa «quema de conventos». Es dudoso que el Gobierno marque este aniversario, pues su «memoria histórica» es notoriamente corta. Muchos historiadores han señalado que fue el once de mayo, no el catorce de abril, el día que iba a simbolizar el contenido político del nuevo régimen a largo plazo. Puesto que los medios oficiales no van a llamar la atención de la supuesta «memoria histórica» a este aniversario, será útil primero resumir exactamente qué pasó en España los días 11 y 12 de mayo de 1931.

»La «quema de conventos», alardeado como amenaza casi desde el comienzo de la República, empezó en Madrid en la mañana del once de mayo, con el incendio de varias iglesias, y rápidamente se extendió a muchas ciudades del sur y del este, especialmente a Sevilla, Granada, Málaga, Cádiz, Valencia y Alicante. En total más de cien iglesias y edificios religiosos fueron incendiados o saqueados, o ambas cosas. Al comienzo, el Gobierno adoptó la actitud cínica de que «el pueblo» estaba divirtiéndose, y rehusó llamar a la Guardia Civil. Más tarde, cuando las dimensiones monstruosas del asunto eran más que claras, pasó al otro extremo, declarando la ley marcial con la intervención del ejército para restaurar el orden. Esto pasaría a ser la práctica normal de los gobiernos de izquierda durante toda la historia de la República: primero ignorar la aplicación de la ley y la Constitución si lo que se estaba dañando no eran más que los intereses de la derecha, y luego, una vez que la situación había sobrepasado todos los límites, empezar a dar palos de ciego con fuerza mayor... 

»Para la sociedad actual, en gran medida secularizada y relativamente indiferente –aunque no necesariamente hostil– a la religión, la religiofobia y el anticatolicismo violento de las izquierdas españolas en la primera mitad del siglo veinte será difícil imaginar o comprender.

»El odio se justificaba por una serie de argumentos que se creían muy fuertes, aunque de verdad bastante extraños e ingenuos, resumidos muy acertadamente por Moa hace poco tiempo. Una frase famosa de Madariaga, comentando esto, fue que «los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia». ¿De veras? ¿Esto se cree en serio? ¿Y si fuera así, por qué no alentar al clero en su afán de destrucción, en vez de asesinarlos? Otra vez, las víctimas como los culpables.

»Otro bulo bastante popular fue que el clero utilizaba las iglesias y conventos como fortalezas armadas de las derechas. Nunca hubo la menor evidencia de tal cosa, pero si fuera así, ¿por qué era siempre tan fácil entrar para quemarlas? Esto era equivalente al bulo decimonónico del envenenamiento de las fuentes, o el conocido «bulo de los caramelos» de Madrid en 1936. Se decía también que los curas eran todos hipócritas y rutinarios, sin calor o calidad espiritual. Extraño motivo para torturar y asesinarlos, como si los nazis liquidaran a los judíos porque éstos no habían practicado bien el judaísmo. ¿Por qué los anticatólicos habían de exigir a los curas de ser campeones de la fe?

»En contra de tales nociones, encontramos que en 1936 las provincias más católicas tenían las tasas más altas de alfabetización, que podría indicar que precisamente en estas provincias había mayor conciencia y reflexión en cuanto a lo que se creía y hacía, mientras había mayor reacción rutinaria y ausencia de reflexión crítica en los distritos revolucionarios analfabetos. Igualmente se decía que el clero se alineaba con los ricos, no con los pobres, pero durante las persecuciones resultó que los activistas del terror buscaban especialmente a los curas y religiosos dedicados a la obras sociales y caritativas entre los pobres para detener y asesinar, como si buscaran eliminar a competidores especiales.

»Y siempre se insistía que la Iglesia y el clero habían combatido a la República desde el comienzo, y eso tampoco es cierto. Claro que el clero no apoyaba políticamente a sus persecutores –¿quién hubiera esperado eso?– pero el Vaticano y la jerarquía eclesiástica dejaron muy claro desde el comienzo que se aceptaba el nuevo régimen, y hasta aceptaba la separación de Iglesia y Estado, insistiendo solamente en los derechos civiles de aquélla, que fueron negados.

»Inculpar a las víctimas es una práctica muy común, pero el anticatolicismo violento se derivaba no de los defectos del clero –que probablemente eran menos que los de un siglo antes– sino del odio ideológico fomentado por las doctrinas radicales de la época. En ellas la guerra religiosa –pro y contra– era fundamental.

Ésta es la contribución, muy de agradecer, del señor Payne a la empresa en que nos hallamos embarcados los españoles de recuperación de la memoria histórica.

Como muy bien señala, la memoria histórica del Gobierno de Zapatero (inspirador de ella) es notoriamente corta y hay que recordarle estas cosas.

Como digo, es muy de agradecer que haya sido un profesor de Historia estadounidense quien haya venido a hacerlo y con esto no apelo al principio de autoridad que antes critiqué. Lo digo sólo para preguntarme qué epítetos estarán rebuscando en sus mentes los Santos Juliá, la caterva de gentecilla pseudointelectual de El País y demás enemigos mortales de don Pío para etiquetar con ellos al señor Payne.

Por lo demás, y a mi humilde entender, si el señor Payne se equivoca en algo es en hablar como habla en términos pretéritos.

  Vínculos: Aniversarios: 14 de abril y 11 de mayo. Arículo de Stanley G. Payne en La Tribuna de la Razón. Otra mención de don S.G. Payne a don Pío Moa.

“Sus obras constituyen el empeño más importante llevado a cabo durante las dos últimas décadas por ningún historiador en ningún idioma para reinterpretar la historia de la República y de la Guerra Civil.”

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Enviado a las 09/05/2008 21:06:01
El PSOE va a meter mano en la Ley de Libertad Religiosa
    El PSOE va a meter mano en la Ley de Libertad Religiosa      

Por más que leo, releo y vuelvo a leer la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, ni encuentro que deje de decir nada que no deba decir una ley de libertad religiosa, ni que diga nada que no deba decir.

En su artículo primero dice:

Uno. El Estado garantiza el Derecho Fundamental a la Libertad Religiosa y de Culto, reconocida en la Constitución, de acuerdo con lo prevenido en la Presente Ley Orgánica.

Dos. Las creencias religiosas no constituirán motivo de desigualdad o discriminación ante la Ley. No podrán alegarse motivos religiosos para impedir a nadie el ejercicio de cualquier trabajo o actividad o el desempeño de cargos o funciones publicas.

Tres. Ninguna confesión tendrá carácter estatal.

Más claro: el agua.

El resto de su articulado, ocho artículos en total, se limita a desarrollar este primero sin hacer mención de ninguna religión, ni para bien ni para mal, como no sea la que hace el tercero a los fenómenos psíquicos y parapsicológicos o la difusión de valores humanísticos o espirituales u otros fines análogos ajenos a los religiosos a los que excluye este artículo del ámbito de protección de la Ley.

Confieso que eso de que los valores humanísticos queden excluidos de la Ley no acabo de comprenderlo. No sé si es que el legislador no supo explicarse y, a la hora de redactar este artículo tercero estaba pensando en aquel Partido Humanista, muy en boga por aquellos años, y que se revestía con toda la apariencia de una secta alienante pero, al fin, esto es lo de menos porque no creo que las cosas vayan por ahí.

A lo que voy es a que esta Ley no puede proteger más ni con más claridad, ni con más rotundidad un principio que todos los contemporáneos del mundo occidental compartimos: la libertad religiosa de todos nosotros.

Así, por más que la leo y la releo no acierto a ver qué le molesta en ella al PSOE.

Qué encuentra el PSOE que falte en la Ley de Libertad Religiosa o qué encuentra que sobre.

Qué va a añadir o qué va a quitar de una Ley que ya nos reconoce a todos ese derecho a nuestra libertad religiosa y que el único límite que a ella pone es:

la protección del derecho de los demás al ejercicio de sus libertades públicas y derechos fundamentales, así como la salvaguardia de la seguridad, de la salud y de la moralidad pública.

Como no lo entiendo, me voy al programa electoral de este partido para este cuatrienio para ver si allí nos adelanta algo y, efectivamente, esta vez algo nos adelanta. Esta vez no podemos decir que el PSOE no nos avisara de sus intenciones con antelación aunque tampoco aclare —para variar— nada.

En su página 234 dice:

El PSOE promoverá, transcurridos treinta años de vigencia de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, una reflexión orientada, en su caso, y con amplio consenso, a valorar la posible modificación de aquellos aspectos de la norma para la mejor garantía de la libertad y el pluralismo religioso en la España del futuro, así como de la aconfesionalidad y laicidad del Estado y la no discriminación por razón de creencias, de acuerdo con los valores y principios constitucioanles.

Sigo, pues, sin entender qué es lo que quiere hacer el PSOE con la Ley de Libertad Religiosa pero me temo lo peor:

como no sea que quiera ampliar la protección que ofrece esta Ley a aquello de los fenómenos psíquicos y parapsicológicos o la difusión de valores humanísticos o espirituales u otros fines análogos ajenos a los religiosos, me temo lo peor.

Y me temo lo peor porque, tocar una Ley que ya nos reconoce, desde 1980, una libertad religiosa absoluta, solo puede ser para poner límite a esa libertad.

Y me temo lo peor porque, viniendo del PSOE y conociendo cómo lo que de verdad le mola a este partido de origen marxista, es meterse y entrometerse en nuestras conciencias hasta la sopa, dirigirlas y hacerlas y formarlas a imagen y semejanza suya, lo que pretende el PSOE, entiendo, es que la Ley de Libertad Religiosa deje de reconocer tan paladinamente como la hoy vigente reconoce nuestra libertad e introduzca en ella vaya usted a saber qué orwelliano límite.

Y me temo lo peor porque, viniendo del PSOE y conociendo su anticlericalismo y su odio, ya seculares, a la religión católica, a lo que de verdad va el PSOE es al enésimo ataque suyo a la Iglesia: dado que hoy no puede ni quemar Iglesias ni matar curas como hizo hace setenta años, la labor de mina y de destrucción de esta religión debe de realizarla de manera sutilísima para que no parezca que lo hace: por ejemplo, reformando leyes de libertad religiosa.

El PSOE nos promete, en su programa, una reflexión orientada, en su caso.

¡¡¡¿Orientada?!!!

¡¡¡¿En su caso?!!!

¿En qué caso la va a orientar, en cuál no la va a orientar y en cuáles va a desorientar esa reflexión?

¿Por qué la ministra De la Vega se escabulle cuando se le pregunta sobre qué es lo que va a hacer el PSOE con la Ley en vez de empezar a dar argumentos para esa reflexión orientada?

¿Por qué Pepiño Blanco hace lo mismo?

¿En qué va a consistir, en su caso, esa orientación? ¿En spots en Gran Hermano como cuando Zapatero orientó nuestras reflexiones sobre el referéndum de la Constitución Europea?

¿Por qué no dicen ya y hasta por la sexta—: miren ustedes: vamos a re reformar la Ley de Libertad Religiosa en este, en este y en este punto?

¿Por qué no lo hacen?

¿Por qué nos prometieron reflexión (aunque orientada, en su caso) y Pepiño y De la Vega eluden dar comienzo al aporte de elementos para tal reflexión?

Lo del amplio consenso entiéndase como una humorada del programa electoral del PSOE: se refiere, es claro, a un amplio consenso entre la gente del Tinell.

En fin: han movido ficha. Dicen que van a cambiar la Ley pero se resisten a decirnos en qué términos. Pronto los veremos y saldremos de dudas.

Yo, como digo, me temo lo peor. Hay cándidos por ahí que piensan que estamos ante una artimaña más de Zapatero para distraernos con peleas sobre el sexo de los ángeles y evitar, así, que nos fijemos en la crisis económica o los separatismos galopantes, vasco, catalán y los que vendrán que su gobierno debería afrontar y no afronta.

Yo no. Yo sí creo que, en definitiva, el PSOE, a lo que va a es a liquidar la libertad religiosa de la que hoy, gracias a Dios, gozamos todos los ciudadanos españoles. ¿En qué términos? No lo sabemos aún. En fechas próximas el PSOE nos orientará al respecto.

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Enviado a las 01/05/2008 09:06:55
Don Eduardo Zaplana
    Don Eduardo Zaplana           Zaplana

 

Si, después del señor Aznar, ha habido alguien, en la España del Pacto del Tinell, más vilipendiado, odiado e insultado por esa media España del pacto, ése ha sido el señor don Eduardo Zaplana.

A media cabeza de distancia le sigue el señor Acebes en lo que respecta a concitar tal odio fimado y afirmado en el Pacto del Tinell.

El pacto que firmó Zapatero sin saber —para variar— lo que firmaba, porque Zapatero es así: lo mismo responde yes a una pregunta formulada en idioma que desconoce, que firma pactos sin mirar lo que firma porque ¿para qué, si a Zapatero, ni las firmas ni los pactos, le importan un bledo? Recordemos, al efecto, la cara de estupefacción que se le puso al señor presidente cuando don Mariano Rajoy le leyó, ante las cámaras de televisión y en un debate electoral televisado, lo que había firmado en el Pacto del Tinell.

Pero dejemos esto y volvamos al señor Zaplana. Él, con Aznar y Acebes, han sido los cocos de la izquierda y del nacionalismo con una saña, una inquina y una injusticia infinitas. Le han insultado hasta la náusea y le han rebuscado en las costuras faltas que se han quedado con las ganas de encontrar pues el señor Zaplana, a más de valiente, es persona honrada.

Lo aguantó todo estoicamente durante los cuatro años que fue portavoz parlamentario del Partido Popular.

Ni elevó la voz, ni dijo una mala palabra, ni hizo un mal gesto, ni se le movió un pelo ante el desorbitado acoso de seres que ni en lo íntegro ni en lo centrado le llegan a la suela de los zapatos.

No elevó la voz pero la mantuvo tan firme como serena y constante en su labor parlamentaria y en su denuncia de las infinitas tropelías que la gente del Tinell inició en la anterior legislatura y va a continuar en la presente. Su firmeza y su serenidad sólo pueden compararse a su capacidad de trabajo y a lo inagotable de su esfuerzo.

Suele suceder así: las personas íntegras, cabales y trabajadoras suelen suscitar el odio, la inquina y el rencor en aquellas otras que carecen, en mayor o menor medida, de tales virtudes.

Si viniera un marciano a la Tierra no sería capaz de comprender por que razones el señor Zaplana ha generado el odio que ha padecido. Los españoles, lamentablemente, entendemos muy bien el porqué.

Ahí queda su labor y ahí queda la berrea de sus enemigos quienes, al fin, se han visto libres de él.

Quizá lo único que le faltó, antes de marcharse de su portavocía, fuera citar aquello del Quo usque tandem abutere patientia nostra, Catilina? pues contra gente mucho más vil que el mismo Catilina fue contra la que alzó su voz. Tal vez no lo hizo porque, sabedor de que sus adversarios andan tan entusiasmados con la Educación para la Ciudadanía como ayunos en letras, no le iban a comprender el retruécano.

Por lo demás, todo lo dejó dicho con la nobleza y la sobriedad que tanto odian los innobles y los majaderos.