Miras y la ves. Un cordial saludo al iniciar la jornada y su respuesta inmediata, afectuosa, cómplice, clarea un despertar no pocas veces atónito; malhumorado también. Un recordatorio breve al concluir el trajín cotidiano, el paso detenido un instante, y en ella se advierte una tranquilizadora complacencia. Sigo aquí, susurra. Seguimos aquí, cual elementos indisociables del paisaje.
Hasta mañana, que será otro día.
Un nuevo día con el fluir inevitable, rápido, y con la variación cromática que empujan las horas, hoy entretenidas y ociosas; hoy en travesía festiva, de homenaje.
Le hablas y escucha. Ella ha cumplido muchos años, más que cualquier testigo que a su causa asista con el debido respeto y la memoria en justicia. Toda la vida la distinguieron los transeúntes en lo alto y alrededor, inconfundible, familiar; como quien aguarda el paso de lo propio y querido sin decidirse por uno u otro; así debe ser, satisfecha al ser elegida por muchos. La madurez le ha conferido una solemne hermosura, un sereno atractivo junto a una inveterada constancia en el conocer tanto como en el predecir.
La miras y la ves. Ahí está, aquí sigue.
Me gusta verla y que me mire. Me habla y escucho, presto atención al relato que incorpora mi historia, la de ayer, de hoy y la de mañana. Me cuenta que nunca se ha resignado a ocupar las últimas habitaciones de la casa para que algunos, los menos pero furibundos, con incomprensible y errónea anuencia, no acusaran su vitalidad al mirarlos de arriba abajo cuando pasaban; aduciendo esos consentidores, pésima excusa, abominable argucia política, que el apartamiento a zona oscura evita crispación.
Ella ha de lucir plenamente porque es nuestra, porque, en definitiva, somos nosotros. La hemos de ver como nos mira al ir y venir, pues es parte de su histórico cometido ser y estar, garantizar, proteger y liberar. cada vez que se asoma al mundo desde un mástil, desde un balcón, desde un vehículo, desde la persona que la luce, inventaría su pasado, que es el nuestro. Ella sabe de amores, traiciones, fidelidades, odios, acuerdos y victorias; porque es como cada uno. Te habla y escuchas, la miras y te ve. Los que antaño debieron fijarse en su mocedad pasarían ahora con el aire digno y cabal de los padres de familia; y los hijos de estos comprenden que si alguna vez, en malhadado suceso, al mirar no la ven o al hablar ella no escucha, cundirá el fracaso sin límites y sin paliativos de Norte a Sur y de Este a Oeste.
El mío es un homenaje modesto, particular y libre a España, representada cotidiana e históricamente en sus símbolos y en sus gentes. Un homenaje compuesto de palabras y sentimientos que trascienden la sintaxis. Obras son amores y no buenas razones, aduce el refrán. hago mío lo que es mío, lo que fue de mis antepasados y lo que deseo hereden mis sucesores; y lo muestro.
Mi gratitud y memoria a quienes dieron su vida por España y a los que día a día la honran.
(Dedicado a todos vosotros)