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07/05/2008 20:19:22
Recibir a Jesús, por primera vez, cuesta 0 euros
Los medios de comunicación en estos días, anteriores a las Primeras Comuniones, nos presentan que estas celebraciones son muy caras, que es un despilfarro y que a muchas familias les supone casi la ruina, o por lo menos una hipoteca.
Por si sirve, digo: Recibir a Jesús, por primera vez, cuesta 0€.
Celebrar la Primera Comunión, socialmente, cuesta: -Según algunos medios de comunicación-
- cadena, medalla, reloj, collar, rosario, crucifijo, misal (no se para qué) 300€
- comida (30 comensales) 1800€
- reportaje de fotos, videos, recordatorios... 300 €
- hinchables, disco móvil (¿para quien?)... X€
En total, entre unas cosas y otras de 2000 a 6000€. Claro, que cada uno puede hacer lo quiera con su dinero y sus pretensiones, pero...
Recibir a Jesús, por primera vez:
- 92 sesiones de catequesis 0€
- trabajo sacerdotes, catequistas... 0€
- luz, calefacción, limpieza, uso salones... 0€
- obsequio de la parroquia, -estampa, evangelio, cruz.... 0€
- luz, limpieza, material celebración... 0€
- 4 sesiones con los padres para preparar todo 0€
- preocupaciones, malos ratos, disgustos.... 0€
En total la preparación, desarrollo y celebración.... 0 €. Claro, que cada uno con su tiempo, su ilusión, su servicio, su disponibilidad, puede hacer lo que quiera.
"Lo que gratis recibisteis, dadlo gratis" -Jesús de Nazaret.
Y el niño/a, ¿qué? ¿Quién lo manipula, lo maneja, le rompe el encanto de lo que celebra? ¿La Iglesia? o ¿la sociedad? Pues ya sabemos lo que nos toca.
In labore requies, in aestu temperies, in fletu solatium.
El desconsuelo me cerca, el cansancio me invita a cerrar los ojos y bajar los brazos. Lo más fácil es rendirse, y yo lo hago de buen grado. Pero es una paz engañosa, un descanso ficticio.
Sólo encontraré el descanso en el combate sin tregua, sólo Tú puedes enjugar mi llanto en la tribulación. ¡Ven, Espíritu Consolador!
"Sólo en Dios descansa mi alma,porque de El viene mi salvación;sólo El es mi roca y mi salvación,mi alcázar: no vacilaré.¿Hasta cuando arremataréis contra un hombretodos juntos, para derribarlocomo a una pared que cedeo a una tapia ruinosa?Sólo piensan en derribarme de mi altura,y se complacen en la mentira:con la boca bendicen,con el corazón maldicen.Descansa sólo en Dios, alma mía,porque El es mi esperanza;sólo él es mi roca y mi salvación,mi alcázar: no vacilaré.De Dios viene mi salvación y mi gloria,él es mi roca firme,Dios es mi refugio.Pueblo suyo, confiad en él,desahogad ante él vuestro corazón,que Dios es nuestro refugio.Los hombres no son más que un soplo,los nobles son apariencia:todos juntos en la balanza subiríanmas leves que un soplo.No confiéis en la opresión,no pongáis ilusiones en el robo;y aunque crezcan vuestras riquezas,no les deis el corazón.Dios ha dicho una cosa,y dos cosas que he escuchado:"Que Dios tiene el podery el Señor tiene la gracia;que tú pagas a cada unosegún sus obras"":
LA celebración del bicentenario del Dos de Mayo está sirviendo para que se tergiverse la verdad histórica de un modo francamente vomitivo. A la izquierda, la celebración le resulta enojosa, pues sabe que aquella rebelión popular fue una reacción contra los ideales revolucionarios de los que ella orgullosamente se proclama heredera. La vicepresidenta De la Vega ha afirmado, refiriéndose a los afrancesados, que «fueron los que por primera vez defendieron un Gobierno responsable, que debía ocuparse de que los ciudadanos accedieran al bienestar, e incluso a la felicidad». La frase es ambigua, y uno no acierta a establecer si, al referirse a ese «Gobierno responsable» que defendieron los afrancesados, la vicepresidenta alude a una aspiración utópica que no se habría hecho realidad hasta nuestros días, en la personita de Zapatero, o si alude concretamente al gobierno tiránico que impusieron las armas napoleónicas, cuyo ideal de acceso a la felicidad consistía básicamente en estuprar doncellas y desvalijar iglesias. Una u otra interpretación de su frasecita nos confirma que, para la izquierda, aquella Guerra de la Independencia que se inició con la revuelta popular del Dos de Mayo fue un acontecimiento luctuoso que retardó el advenimiento del Progreso.
Más patética aún es la interpretación del Dos de Mayo que nos propone la derecha, muy característica de la empanada mental que la corroe. La derecha no abomina de lo que ocurrió en aquellos días, pues intuye que fue una manifestación del genio español; pero está tan infectada por los apriorismos mentales impuestos por la izquierda que necesita enturbiar ese genio español con conceptos totalmente extraños al impulso originario de aquellos patriotas. Así, por ejemplo, la derecha sostiene que con la Guerra de la Independencia surge España como «nación de ciudadanos» y no sé cuántas paparruchas más. Falso de toda falsedad. La idea de nación española se modeló de forma evolutiva desde el siglo VI, con la conversión de Recaredo a la fe católica, para cobrar contornos cada vez más nítidos durante la Reconquista, alcanzar su certeza constitutiva durante el reinado de los Reyes Católicos y hallar su expresión más acabada con la conquista y evangelización del Nuevo Mundo. Don Marcelino Menéndez Pelayo, que leyó más en un solo día de su vida que todos los representantes de nuestra patética derecha en todos los días de su desnortada vida, lo dejó escrito en el grandioso epílogo de su Historia de los heterodoxos españoles: «Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos con sus mártires y confesores, con el régimen admirable de sus concilios por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. (...) España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas». Las palabras proféticas de don Marcelino ya se están cumpliendo, y nuestra derecha, al afirmar que con el Dos de Mayo se constituye la nación española no hace -amén de traicionar la verdad histórica y de renegar patéticamente de su genealogía- sino conceder argumentos a quienes desean despiezar España en cantones y reinos de taifas.
Y el Dos de Mayo no fue una rebelión ciudadana, sino una rebelión popular. Napoleón quería convertir a los españoles en ciudadanos (esto es, en muchedumbre colecticia sometida a sus leyes y exacciones); pero los españoles, con intuición genial, querían seguir siendo pueblo. El genio popular español entendió que los gabachos habían venido a destruir los cimientos de la patria española y a convertirnos otra vez en «presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso»; y se rebeló para defender la grandeza y la dignidad de España, concretadas en su fe y en su tradición. Ese pueblo que se rebeló en 1808 ya no existe, ahora sólo somos una patulea de ciudadanos descristianizados que han accedido al bienestar; y estas conmemoraciones no son sino unas exequias fúnebres que algunos, desde la izquierda, celebran con regocijado cinismo, mientras otros, desde la derecha, hacen de dóciles mamporreros.
Ante la tribulación, sólo en Ti encuentran mi alma y mi corazón descanso. Sólo Tu presencia puede acallar el ruido interior y la angustia frente a los abismos de la cobardía y la infidelidad.
Cuando tu habitas en mi alma, el miedo huye despavorido y el dolor se transforma en carga ligera y yugo amoroso. ¡Ven, dulce descanso del alma!
Veni pater pauperum, veni dator munerum, veni lumen cordium.
Un pobretico más. Así quiero vivir yo: como uno de tus hijos queridos. Nada ambiciono de este mundo ya, nada más que saberte conmigo, y contemplar como transformas mi carne y mi alma. Y sentir como las dos se pegan cada día más a esa Cruz.
La gratuidad de Tu Amor todo lo colma, Tu Entrega todo lo hace nuevo … y a mi también. ¡Ven, luz de los corazones!
«-¿Cómo se hace para estar contento con tantas penalidades? -Para estar contento hay que estar contenido. En latín contento significa contenido. Hay que contenerse con gran fuerza dentro de los límites del charco en que Dios nos puso. La mitad de mis paisanos pasan una vida perra por andar buscando el mar cuando Dios los puso en la laguna. Hay que saber caber en su molde y apretarse adentro de la propia horma, y hacer el gusto a lo poco, mis hijos.
-Esas son teorías -dijo el Sirirí.
-¿Teorías? -replicó el Surubí muy enojado, asomando la aleta pinchuda y el lomo overo-. ¡Teorías son las de ustedes! Yo he sufrido mucho; y cuando uno sufre, sólo la verdad ayuda, y las teorías se apagan. Yo no he nacido en este barrizal, sino allá en el río Amores, que es un paraíso. Un día, una inundación me trajo aquí y yo que era joven y desprevenido no noté cuando el canal se secaba; y se secó y me cortó y me dejó en la laguna. Yo no soy pescado de barrial y pensé al principio morirme de dolor en esta pobreza. Lloré, grité, maldije, salté afuera a la playa, con peligro de ahogarme, y me golpeé la cabeza contra todas las totoras y los duraznillos. Un día entendí que recalcitrar era al ñudo y resolví explorar en todos los sentidos las posibilidades de la pobreza en que Dios sin remedio me había encerrado, hasta tocar el límite de arriba y el de abajo y los límites de todo el circuito horizontal. Viajé y trabajé y el trabajo me templó. Vi que no era tan pequeño el charco como mi dolor lo había exagerado y que para los años de vida que me quedan, al fin y al cabo, iba a durar sin secarse. ¿Ustedes creen que alguna vez no se acongoja mi corazón queriendo locamente volar por los aires hasta mi río natal espléndido que él siente murmurar dulcemente atrás de aquellos pajonales? Pero yo le aprieto fuertemente por medio de la resignación. Y lo hago estar contento y contenido en este charco, con el trabajo, con hacer bien a todos, con los escasos placeres de este barrizal... y con la esperanza de... ¿quién sabe? ¿Por qué no puede venir un día otra inundación que me abra el camino del río inmortal para siempre? Si yo me muero antes, me basta con esta vida a la que me he acostumbrado; pero, ¿quién me quita a mí la esperanza de la otra? El Surubí se estaba metiendo en muchas filosofías y a mí la humedad de la tierra en que estaba tumbado escuchando me estaba haciendo mal. Me levanté, le tiré un cascotazo al pato sirirí y todos los acuátiles se zambulleron y toda la bandada se levantó de un golpe, sacudiendo el ambiente purísimo con el aletear repentino y unánime de sus rémiges poderosas.».
Al hilo del bicentenario del 2 de Mayo estamos escuchando afirmaciones muy discutibles: que la nación española nació en 1808, que el 2 de Mayo fue un levantamiento liberal, que Cataluña o el País Vasco no combatieron por España, sino por su propia independencia… ¿Qué hay de verdad en todo ello? Vamos a verlo con los propios textos de la época. Y avancemos ya la conclusión: ni España nació en 1808, ni el 2 de mayo fue un levantamiento liberal, ni Cataluña y Vascongadas combatieron al margen de España.
¿Qué paso exactamente el 2 de mayo? Pasó esencialmente lo siguiente: en una situación de colapso del Estado, con un ejército extranjero dueño de España y con la familia real retenida fuera del país, se produjo una insurrección popular contra los invasores; insurrección alimentada al mismo tiempo por personalidades relevantes de la monarquía absoluta, distinguidos miembros del clero, militares patriotas y elementos de las clases más humildes donde lo mismo encontraremos artesanos y campesinos que curas de barrio. A la insurrección popular le siguió un movimiento político, institucional, pero fragmentario, distinto según ciudades y provincias, al principio dubitativo, que trató de llenar el vacío dejado por el colapso del Estado borbónico: nacen las Juntas. Ese movimiento no trató de crear un estado de nuevo cuño, sino que actuó a partir de las instituciones vigentes. Así las juntas locales, inmediatamente después de haberse proclamado en franca oposición a los franceses, estimulan la creación de una Junta Suprema Central que permita convocar a las cortes y reconstruir la unidad de la nación.
La nación no nació en 1808
Hay que decir “de la nación” porque así lo dijeron expresamente aquellos caballeros. No es verdad que antes de 1808 no existiera una idea de nación en España. La historiografía liberal suele decir que el concepto moderno de nación surge en España en 1808, y que antes de esa fecha sólo había un vago sentimiento de comunidad cimentado sobre la sumisión a la corona, que actuaba como si España fuera una posesión personal suya. Podríamos enredarnos en debates sin fin sobre qué quiere decir exactamente “nación” y cuándo puede hablarse de “nación moderna”. Lo que a nosotros nos interesa subrayar aquí y ahora es que los españoles de antes de 1808 tenían una clara conciencia de pertenecer a una comunidad política, que esa comunidad se identificaba, en efecto, con la corona y también con la religión, pero que, además, la llamaban “nación” sin mayores complicaciones conceptuales, según se puso de moda hacerlo a lo largo del siglo XVII. Esa idea de comunidad nacional es precisamente la que recoge la Junta de Valencia en julio de 1808 cuando solicita, antes que ninguna otra, la formación de una junta central que unificara a todas las juntas locales. Lo dijo en estos términos:
“Toda la Nación está sobre las armas para defender los derechos de su Soberano. Cualquiera que sea nuestra suerte, no podrá dejar de admirar la Europa el carácter de una Nación tan leal en el abatimiento que ha soportado por tanto tiempo, por puro respeto a la voluntad de sus Soberanos, como en la energía que ahora muestra, falta de tropas, y ocupado su territorio y las fortalezas de sus fronteras por un ejército francés sumamente poderoso. No es menos digno de admiración, que tantas provincias diversas en genio, en carácter y aún en intereses, en un solo momento y sin consultarse unas a otras se hayan declarado por su rey (…) Es indispensable dar mayor extensión a nuestras ideas, para formar una sola nación, una autoridad suprema que en nombre del Soberano reúna la dirección de todos los ramos de la administración pública. En una palabra, es preciso juntar las Cortes o formar un cuerpo supremo, compuesto de los diputados de las provincias, en quien resida la regencia del Reino, la autoridad suprema gubernativa y la representación nacional”.
Este texto es muy importante: aquí está condensada toda la doctrina política vigente en la España de 1808. Los españoles –de todas las provincias, sin excepción- se consideran una nación e identifican su derecho con el de su soberano, el Rey. No hay contradicción entre el sentimiento nacional y la lealtad al monarca, por absoluto que éste sea. Las Cortes, que se consideran representantes de la nación, son además las regentes del reino mientras el Rey está ausente. Esta no es la nación según la entendieron las revoluciones liberales, pero no por eso deja de ser la nación. Que no se diga, pues, que en la España de 1808 no había una idea de nación.
Catalanes y vascos, patriotas españoles
Esa idea de la nación, entendida como pertenencia a una comunidad política y que existía mucho antes de 1808, es la que va a despertar una ola de sentimiento patriótico en toda España. También en Cataluña y el País Vasco. La imagen de una Cataluña o un País Vasco que lucharon contra Francia por su propia independencia, al margen del esfuerzo colectivo de la nación española, ha sido muy propalada por los separatistas, pero es completamente falsa. Al contrario, lo que se comprueba en los textos de la época y en los estudios posteriores más dignos de crédito es que vascos y catalanes combatieron por España y por sí mismos como españoles, con una idea muy clara de que su libertad era la de todos sus compatriotas.
Es muy evidente el caso catalán. Allí los franceses, apoyados en una minoría de elementos separatistas, ofrecieron incluso declarar el catalán lengua oficial para una Cataluña concebida como extensión del imperio napoleónico al sur de los Pirineos. Frente a la oferta francesa, la inmensa mayoría de la población catalana prefirió seguir defendiendo a España y, de hecho, después de la guerra aquellos separatistas tuvieron que abandonar el país como “afrancesados”. Recordemos que Agustina de Aragón era una catalana. Los catalanes se batieron igualmente en el Bruc, en Gerona y en otros muchos puntos, con partidas guerrilleras que se convirtieron en una pesadilla para los franceses. En Cataluña, como en el resto de España, la gente peleó por la religión, la patria, la corona y la libertad, y todo era para ellos una y la misma cosa, y todo respondía al nombre de España.
Igualmente claro es el asunto en el País Vasco, donde, por cierto, la represión francesa fue muy cruenta desde el primer instante. También desde el primer instante fue clara la determinación de las juntas vascas de defender a España y a la Corona contra la invasión napoleónica. Y hacerlo, además, precisamente en nombre de su españolidad. Hay un documento irrefutable que es la proclama de la Junta de Vizcaya en el mismo año de 1808, apenas desencadenado el movimiento insurreccional contra los franceses, y que es un auténtico llamamiento a la unidad nacional española. Decía así:
“Los vascongados a los demás españoles. Españoles: somos hermanos, un mismo espíritu nos anima a todos. Aragoneses, valencianos, catalanes, andaluces, gallegos, leoneses, castellanos, olvidad por un momento estos mismos nombres de eterna armonía y no os llaméis sino españoles. Recibid como prueba incontrastable del espíritu que nos anima, los holocaustos que ofrecen a la libertad española los Eguías, los Mendizábales, los Echevarrías y otros infinitos vascongados”.
Son palabras, estas de la Junta de Vizcaya, que hoy chocarán a una sociedad sometida al adoctrinamiento del nacionalismo vasco, que ha falseado la Historia, pero la realidad es la que es: los vascos, como los catalanes, fueron patriotas españoles como el que más. Y ahí estaban, en efecto, “los holocaustos que ofrecen a la libertad española infinitos vascongados”, como decía la proclama.
El 2 de mayo no fue un levantamiento liberal
¿Quiénes eran los que así hablaban? Eran, esencialmente, gentes que provenían del antiguo régimen. No hubo una revolución liberal en España en 1808. La presión de los elementos liberales vendrá después, en la formación de las cortes y en sus trabajos constituyentes, pero no en el momento de la insurrección. Tampoco hubo una revolución popular: los casos de trastornos sociales en los que las clases populares atacan a los estamentos privilegiados son contadísimos. Cuando se producen, no obedecen a una causa de revolución social, sino al afrancesamiento de tales o cuales objetivos de la ira popular; ira, por otra parte, a cuyo desencadenamiento no serán ajenos algunos clérigos, como ocurre en Valencia. Es interesante repasar la lista de las personas designadas por las provincias para componer la Junta Suprema Central: la gran mayoría son militares del círculo del rey como Palafox, magnates de la iglesia como Bonifaz, Castanedo o Ribero; grandes de España y ex ministros de la Corona como Floridablanca y Jovellanos… Quien recoge la soberanía es la flor del Antiguo Régimen.
Cuando la Junta Central organice la reunión de Cortes, bajo la presidencia del obispo de Orense, no veremos a una institución que se propone comenzar una revolución liberal, sino a un cuerpo clásico del antiguo régimen que jura sus cargos en nombre de la religión y del rey. Este fue el juramento de los miembros de las cortes de Cádiz en septiembre de 1810:
“¿Juráis la santa Religión Católica, Apostólica, Romana, sin admitir otra alguna en estos Reinos? ¿Juráis conservar en su integridad la Nación española, y no omitir medio para libertarla de sus injustos opresores? ¿Juráis conservar a nuestro muy amado Soberano el Señor Don Fernando VII todos sus dominios, y en su defecto a sus legítimos sucesores, y hacer cuantos esfuerzos sean posibles para sacarlo del cautiverio y colocarlo en el Trono? ¿Juráis desempeñar fiel y legalmente el encargo que la Nación ha puesto a vuestro cuidado, guardando las leyes de España, sin perjuicio de alterar, moderar y variar aquellas que exigiese el bien de la Nación?”.
Luego pasarán otras cosas. Veremos cómo el sector liberal maniobra para adquirir una relevancia que inicialmente no poseía. Veremos cómo a Cádiz acuden, por las circunstancias de la guerra, numerosos suplentes cuyo voto no será el que se les había encomendado. Veremos cómo unas cortes convocadas para prolongar la legitimidad de las cortes del antiguo régimen se transforman en unas constituyentes que auspician un cambio hacia un régimen nuevo. Todo esto, en cualquier caso, será después. Lo veremos otro día.
Lo fundamental: a partir de 1808 España vive un proceso que, como escribió el Conde de Toreno se sustancia en tres movimientos consecutivos: levantamiento, guerra y revolución. Pero ni el 2 de mayo fue un levantamiento liberal, ni Cataluña y el País Vasco combatieron al margen de España, ni España, en fin, nació en 1808.
Veni Sancte Spiritus et emite caelitus lucis tuae radium
No soy digno de ti, Señor, pero un rayo de tu luz … un rayo de tu luz bastará para encender mi corazón.
Que tu luz, Señor, traspase mi carne mortal y venga a anidar en este corazón que te ama con la misma intensidad que te traiciona. ¡Ven, Espíritu Santo!
«Y, en aquella hora oscura, brilló sobre ellos una luz que nunca se ha oscurecido, un fuego blanco que se aferra a ese grupo como una fosforescencia extraterrenal, haciendo brillar su rastro por los diversos crepúsculos de la historia; ese rayo de luz y ese relámpago por el que el mundo mismo ha golpeado, aislado y coronado a ese grupo; por el que sus propios enemigos le han hecho más ilustre y sus propios críticos le han hecho más inexplicable: el halo del odio alrededor de la Iglesia de Dios».
La Junta Carlista de Castilla la Nueva se honra al conmemorar a quienes un día se levantaron, sin reparar en sus propias vidas y bienes, contra la tiranía. Su muerte, que no fue buscada, testimoniaba su propia vida: Tranquila en sus referencias: Dios, Patria, Rey; ordinaria en sus quehaceres y labores propias del común: La comunión con Dios Santo, Fuerte e Inmortal, la comunión de la casa, en torno a la familia y el trabajo en sus ocupaciones varias, desde la menestral a lo militar.
No consta en este sentido una “preparación” particular o especial más allá del mismo amor del día a día. Fueron pasados por las armas de la tiranía, en nombre de la Libertad. Los ejércitos de la Revolución se habían asentado en el solar Patrio por esas cosas que tiene la “alta política”. Para quienes conocemos poco de “política”, y bastante menos de “alta política”, resulta poco comprensible el pacto entre la Corona y la Revolución, más allá de los catastróficos resultados impulsados decididamente desde Carlos III y por el mismo Carlos III. El caso es que, ante la intención de llevarse a Francia al Infante don Francisco de Paula, se amotinó parte del pueblo de Madrid. Desde la Plaza de Oriente se extendería por el callejero madrileño el asalto primero, para tomar los caracteres más que de sublevación de extenuante resistencia armada, que a la postre nocturna quedaría agostada en llanto, sangre y luto.
Esta afirmación se nos manifiesta con una nota cualitativa: Lejos de ser respaldada por autoridad alguna, le fue negado todo apoyo institucional. Pero estallaría en un grito que recorrería todos los campos del país, hasta asentarse majestuosamente en 1814: Viva Fernando. Muy probablemente no haya habido en toda la historia española un Monarca de tales proclamaciones… Y con razón pasó a la historia, como “Fernando el Deseado”. Que los amores no fueran correspondidos marca la ruptura por parte del Rey con su pueblo, en su desenlace absolutista, desde donde tendría oportunidad el despeñadero liberal. Pero no la ruptura, desde luego, del pueblo español para con sus Reyes. Esto explica en la confluencia de amores la vigencia y pervivencia de un Ejército Real de voluntarios a lo largo del entero XIX, que desembocará en los acontecimientos del 36, cuando resuenen de nuevo los Viva el Rey, en el descendiente legítimo conforme la Constitución histórica de España: Don Alfonso Carlos.
Nos encontramos ante héroes. Hombres, mujeres y niños. Algunos, clérigos; los más, simples fieles. El encendido de la mecha, un acto de amor a la Autoridad Real. El clamor, una ira desatada contra la impiedad. Las canciones de la época recogerán este espíritu que conecta con la historia inmediatamente anterior, y que mantenida socialmente reverdecerá en campañas posteriores:
De 1794 es la siguiente canción, en la guerra contra la Convención:
Viva España
Viva España y muera Francia
Que ha quemado la bula
Y niega la fe.
Viva España
En 1809 se cantará:
Pólvora en la cabaña
Pólvora en el zurrón
No reinará en España
Ningún Napoleón
Que reinará Fernando
Su Patria y religión.
En 1808 la canción se hacía oración eminentemente práctica, y poca dada a la especulación:
Virgen de Atocha
Danos trabucos
Para matar franceses
Y mamelucos.
No fueron vanos
Efectivamente, nosotros reconocemos en los actos del 2 de mayo, la muestra del mayor amor y la expresión de una gran afirmación de la conciencia personal y social. Sin las referencias del amor y de la conciencia quedan inexplicados. Son actos legítimos de defensa que la moral cristiana alaba. Merecen, pues, nuestro reconocimiento, conmemoración y agradecimiento. De hecho no fueron vanos. Ninguna sangre propia derramada en amor del bien es vana, ni loca. Porque no es vano el amor de la Fe en la que nos va la salvación. No es vano el amor de la Patria, que abrazará nuestros huesos en la espera de la resurrección. No es vano, más allá del reconocimiento necesario, el amor a la Autoridad Legítima. Pues la Autoridad ordena y mantiene la Ciudad y representa la misma autoridad divina sujeta a la ley de la tierra, cabe las natural y revelada y la Sede Apostólica ratio peccati.
No fueron vanos. Muriendo dieron vida a un estallido: “Españoles: La Patria está en peligro acudid a salvarla”. El espíritu de la época, profundamente cristiano en su manifestación social, daría el tono de los acontecimientos, y así las prédicas y manifiestos invocaron la Cruzada contra la Revolución. Guerra Santa en defensa de los derechos de Dios, en defensa de los derechos de la Patria, en defensa de los derechos de la Autoridad Real. El vacío de poder institucional dio lugar a un rebrotar de la época de la Reconquista, y fueron articulándose Juntas Políticas y Militares en nombre de Dios, la Patria y el Rey.
Lo que no podían sospechar aquellos niños, mujeres y hombres sería que enterrados fueran masacrados por la infamia, ultrajados en su memoria, desangrados sus cadáveres por la mentira. No dieron sus vidas por la Libertad, sino muertos por la Tiranía. No dieron sus vidas por la Nación, sino que fueron y son negados bajo la mitificación. Miente Esperanza Aguirre, engaña Gallardón, cuando claman “2 de mayo, Libertad y Nación”. No se teje la historia desde la falsificación, sino desde la verdad. No se afirma la Ciudad desde el mal, sino desde el bien.
No fueron vanos. Tampoco lo son nuestros actos al día de hoy. Y si bien están lejos de su grandeza, no hay por qué negarles una cierta condición de milagro dados los tiempos de desolación, degradación y miseria moral que nos ha deparado el tiempo presente. Nosotros estamos llamados también a manifestar en la plaza pública nuestro ser cristiano y español. Lo que se concreta en el amor para con Dios y para con la Patria. Y con urgencias si cabe mayores que la de aquellos días: Vence el mal con el bien
Sin amor no hay esperanza. Y sin esperanza se marchita la fe. Proclamamos nuestra condición cristiana y católica como Comunión Tradicionalista Carlista, sujetándonos en nuestra acción política al ministerio de la Autoridad Apostólica conferida por Nuestro Señor Jesucristo al Obispo de Roma y a los Obispos en comunión con él, como Padres en la fe. Afirmamos nuestro amor a nuestra Patria España, contribuyendo desde la tarea política a su propio bien, bajo nuestra sola responsabilidad y en conformidad con la legítima autonomía de lo temporal. Sostenemos, por razón histórica y legítima, y en aras del bien común, las Instituciones que nos configuran como conjunto de pueblos en la unidad de la Corona.
Denunciamos la falsa política asentada en la mentira, el odio, la instigación, el conflicto. Denunciamos la corrupción moral y social, de la que depende la misma política y económica. Denunciamos la soberbia embrutecedora que se ceba contra la verdad, el bien y la belleza.
Llamamiento
Hacemos un llamamiento a quienes ejercen responsabilidades políticas para que, cesando en su enemiga y odio contra la persona humana y el bien común, se abran a la verdad de Dios y del hombre. Que la vida social y política se abra a Jesucristo, Señor y Salvador. Que la vida social y política se abra a los cauces del bien común. Pero de manera más determinante hacemos un llamamiento al conjunto de la sociedad española para reencauzar hacia horizontes más luminosos y alegres nuestra historia común.
Clamamos contra la muerte de los inocentes sacrificados en el altar de la Soberanía Nacional, nuevo Moloch.
Clamamos contra el desgarro social que supone la disolución y gravísima perversión del matrimonio, ámbito natural de la vida y de más pleno amor y entrega humanos, en la comunidad de vida de mujer y varón.
Clamamos ante el ultraje sostenido contra lo más sagrado de la vida humana que es la conciencia de la persona humana. Denunciamos la sistemática violación de la conciencia de los niños y de los jóvenes, vejados, hostigados, perseguidos impune y sistemáticamente.
Clamamos en la usurpación del bien por el mal, de la verdad por la mentira, de la belleza por la fealdad. Sólo en el bien de la verdad hecha vida se alza la comunidad humana, comunión en tiempo y tierra. Los nacionalismos liberales y conservadores han deshecho España, al reducirla al unitarismo de la soberanía nacional contra la variedad política y social de sus pueblos históricos. Sus continuadores, los nacionalismos liberales y socialistas –siempre antiteos- toman su lugar contra su unidad de vocación y misión común.
Sostenemos, pues:
-El derecho de todo concebido y no nacido a vivir.
-El justo reconocimiento del matrimonio como institución natural en la comunidad de mujer y varón, indisoluble y abierta al gran don de la vida personal humana.
-La libertad de la conciencia personal afirmada en la verdad, el bien y la belleza compartidas. Libertad religiosa como no coacción y que obtiene del reconocimiento público de Jesucristo, Señor y Rey, su más plena defensa y garantía. Libertad escolar: Engendran los padres, educan los padres, eligen los padres.
-Política del bien común desde los principios de la autoridad, la subsidiariedad, la solidaridad.
Más allá de la desesperanza de algunos y de las escisiones de conciencia, animamos a todos y cada uno a una gran afirmación social desde su casa, barrio, centro de trabajo o ciudad, fomentando cauces de participación que posibiliten tareas de encuentro y fortalecimiento reciproco ante la tiranía nihilista. Desde esta afirmación social que ha de descansar, a su vez, en una grande oración por la Patria, animamos a generar líneas de encuentro en tareas políticas en defensa del bien de la persona, del bien de toda la persona, del bien de todas las personas.
Esta Junta Carlista anima y alienta que se acometan estos trabajos, y ofrece sus manos abiertas a cuantos quieran estrecharlas para aunar esfuerzos en favor de los inocentes, los débiles, los desheredados, los desterrados, los perseguidos, los abandonados.
Por Dios, la Patria y el Rey, lucharon nuestros padres.
Por Dios, la Patria y el Rey, lucharemos nosotros también.
No pocos economistas, empresarios, banqueros e incluso clérigos católicos, llenan las páginas de prestigiosas publicaciones católicas con alegatos a favor del capitalismo liberal, que estiman ser un régimen económico acorde con los postulados esenciales de la Doctrina Social de la Iglesia.
Aunque no todos coinciden en todos ellos, he aquí algunos de los presupuestos y de los argumentos que tales pensadores esgrimen a favor de su tesis católico-liberal:
- Los católico-liberales suelen definir el capitalismo compatible con el cristianismo como un sistema que defiende la propiedad privada de los medios de producción, la libre iniciativa individual y el libre mercado.
- Consideran que este modelo es el que responde al modelo actual de capitalismo predominante en gran parte del planeta, y que está muy alejado del llamado capitalismo manchesteriano o capitalismo salvaje de aquellos lejanos tiempos en que los obreros, incluso niños y mujeres vivían hacinados en las fábricas, trabajando largas horas en condiciones pésimas. Según muchos de ellos, pues, hoy no se dan tales situaciones inhumanas.
- Por otro lado, y no obstante la crítica a ciertos excesos del capitalismo decimonónico, suelen creer los católico-liberales que, en comparación con el estado en que vivían las gentes antes de la aparición del capitalismo, el sistema capitalista supuso una mejora para los trabajadores con respecto al orden social preexistente.
- Algunos sostiene que, de los distintos tipos de liberalismo, sólo el liberalismo filosófico -aquel que proclamarla autonomía de la libertad frente a la verdad objetiva- sería el condenado por la Iglesia desde Pío IX en el Syllabus hasta la Octogessima Adveniens de Pablo VI; mientras que el liberalismo político de Locke, y el liberalismo económico de Adam Smith no estarían incluidos en la condena eclesial.
- Los católico-liberales no parecen tomar en serio la posibilidad de una alternativa real entre el capitalismo y el socialismo. Para ellos todo lo que no sea capitalismo no puede ser otra cosa que socialismo, en mayor o menor medida, desde el llamado Estado del Bienestar hasta los Estados colectivistas marxistas.
- La principal diferencia entre los socialismos y el capitalismo, consiste, para ellos, en que aquéllos, mediante el intervencionismo del Estado, ahoga la libertad de iniciativa individual, desincentivando a los productores, que aplican la ley del mínimo esfuerzo, con lo cual no se genera riqueza; mientras que el capitalismo estimula la inversión, la producción y la creación de riqueza de manera libre y espontánea
- Tratan de demostrar, basándose sobre todo en la Encíclica Centessimus Annus de Juan Pablo II, que la Iglesia es partidaria de la economía capitalista. Para ello aducen parte de unas frases -sacadas de contexto- de la mencionada Encíclica, en las que el Papa parece justificar cierto capitalismo, si por tal se entiende un modelo económico que defienda la propiedad dentro de un contexto de libertad encuadrada dentro de un orden, modelo que, según los liberal-católicos, coincide con el que ellos defienden.
- Los liberal-católicos aseguran que el capitalismo es consecuente los principios fundamentales de la Doctrina Social: el principio de que la propiedad privada es un derecho natural del hombre; el principio de la hipoteca social o función social de toda propiedad; y el principio de subsidiariedad.
· En cuanto al derecho a la propiedad, sostienen que la Iglesia la defiende como un derecho natural. Ciertamente reconocen que la Iglesia nunca lo ha considerado como un derecho absoluto, sino que sobre la propiedad grava una hipoteca social, es decir, que debe cumplir una función social para estar totalmente legitimada. Ahora bien, según ellos, la propiedad capitalista cumple este requisito, pues consideran que no hay mayor beneficio social que el de la creación de empleo y la generación de riqueza, características -para los católicos-liberales- del sistema capitalista.
· En cuanto al principio de subsidiariedad, también estiman que el capitalismo es congruente con él, pues desde su punto de vista, tal principio consistiría en que el Estado debe abstenerse de intervenir en la economía cuando la iniciativa privada funcione eficazmente, y limitarse tan sólo a crear un marco jurídico adecuado para que el mercado y la libre empresa funcionen, supliendo a la iniciativa privada únicamente en los casos en los que ésta no quiera o pueda meterse.
- Los católico-liberales no ven ninguna relación entre la actual crisis de valores y el liberalismo económico.
Piensan que no existe una vinculación directa entre la génesis y desarrollo del capitalismo y el nacimiento y difusión del protestantismo.
Y no creen que tengan por que ir unidos al liberalismo filosófico, el liberalismo político y el liberalismo económico.
- Por último, los católico-liberales admiten que el sistema capitalista liberal puede tener fallos y dar lugar a abusos, pero no por un defecto intrínseco del sistema sino por falta de educación y de asimilación de principios morales en los individuos. La solución está, para ellos, en inculcar a todos, empezando por empresarios y financieros, las virtudes humanas y cristianas.
Vistos los razonamientos de los católico-liberales a favor de la conciliación entre capitalismo y cristianismo, cabe hacer las siguientes objeciones y puntualizaciones:
- Es cierto que la Iglesia propugna la propiedad privada, incluso de los medios de producción, como un derecho natural de todos los hombres. Pero que la Iglesia ha enseñado en distintas ocasiones que la propiedad tiene su origen en el trabajo humano, pues como el trabajo, la propiedad es un atributo humano. Los católico-liberales, por el contrario, dan por supuesto que sólo el capital da derecho a la propiedad de los medios de producción.
Es verdad también que la Iglesia reconoce al capitalista ese derecho a la propiedad, en tanto en cuanto considera al capital como acumulación de trabajo (concepto, por cierto, difícilmente explicable en el caso del capital no proveniente directamente el esfuerzo de su poseedor sino de la especulación). Pero en todo caso, este reconocimiento no excluye el derecho de los que sólo aportan su labor, sea física o intelectual, a la propiedad del fruto de su trabajo. Este derecho, por cierto, viene recogido en la primera Encíclica social, la Rerum Novarum de León XIII.
- Por otro lado, la Iglesia recomienda encarecidamente e insistentemente que la propiedad se difunda entre el mayor número de personas. Pío XI enseñaba en la Quadragessimo Anno , que era muy bueno sustituir el contrato de trabajo propio del régimen de salariado por el contrato de sociedad. Juan Pablo II, en la Laborem Exercens propone introducir en las empresas fórmulas de participación de beneficios y de cogestión.
- Es paradójico que los partidarios del capitalismo insistan en defender el derecho de los propietarios a conservar su propiedad privada y no hablen del derecho de los desposeídos a participar en alguna forma de propiedad si lo desean, incluyendo la de los medios de producción.
- Los católico-liberales olvidan decir que, históricamente, y hasta hoy mismo, el sistema capitalista ha dado lugar a la concentración de la propiedad o el dominio del dinero en manos de cada vez menos personas, a costa de proletarizar a una enorme cantidad de pequeños artesanos, labriegos y comerciantes, que no pudieron competir con el poderío económico de los grandes capitalistas. Y en este sentido, el capitalismo no sólo no ha sido proclive a la propiedad privada, sino que, por el contrario, ha sido uno de sus mayores enemigos.
- La propiedad privada, incluso la de los medios de producción, se hallaba más extendida entre la sociedad antes de la aparición en escena del liberalismo económico. Dos de los objetivos más codiciados por los liberales de los siglos XVIII y XIX fueron la desarticulación del sistema gremial en las ciudades, y la desamortización de los bienes de la Iglesia y de las tierras municipales comunales.
El sistema gremial, aunque susceptible de perfeccionamiento, posibilitaba el acceso a la propiedad y a los beneficios generados en los talleres a todos los que intervenían en la producción, incluyendo al aprendiz, sin necesidad de tener que disponer de una gran cantidad de capital. Las tierras comunales, podían ser utilizadas como pastos o campos de cultivo por aquellos campesinos que no eran poseedores de su propia tierra.
La expansión del capitalismo acabó con todo ello y fue dejando a su paso masas sumidas en la pobreza y la miseria.
No es cierto, pues, que la situación económica y social que precedió al capitalismo liberal fuera peor que la de tiempos posteriores.
Evidentemente el desarrollo técnico no había llegado a lograr los avances que conocemos hoy día. No existían los coches, los frigoríficos, las lavadoras, las televisiones y tantos otros inventos que hoy hacen más cómoda y confortable nuestras vidas. Pero todo esto es previsible que hubiéramos llegado a crearlo igualmente con el tiempo, sin necesidad de implantar un orden económico como el capitalista.
- Cuando los católico-liberales afirman que el capitalismo ha creado riqueza como nunca se había creado, se están refiriendo a la situación de unas cuantas personas en unos determinados países. Pueblos enteros viven en África y en Asia, después de haber padecido en sus suelos la implantación del capitalismo, en la más absoluta indigencia, pasando hambre como no la habían pasado antes de la llegada del imperialismo económico capitalista.
- No es razonable que los empresarios capitalistas puedan justificar la función social de sus propiedades por el solo hecho de crear puestos de trabajo.
No lo es, primero, porque quien tiene que estimar si la propiedad cumple o no la función social, no son los propietarios, sino la sociedad misma. De lo contrario sería como si un presunto delincuente tuviera que juzgar por sí mismo si es culpable o no.
Segundo, porque no basta con dar trabajo. Hay que tener en cuenta qué tipo de trabajo y en qué condiciones se crea.
Si el sólo hecho de crear empleo fuera motivo suficiente para cumplir con la sociedad, los antiguos propietarios de esclavos serían unos señores muy benéficos, y la esclavitud, probablemente, la manera más eficaz de hacer justicia social y acabar con el paro.
- Además ha de tenerse en cuenta que es doctrina pontificia que para que un salario sea justo, no basta con que éste sea libremente pactado entre el trabajador y el capitalista, ya que muchas veces el trabajador acepta las condiciones que le impone el capitalista por temor a un mal mayor. La libre contratación no es suficiente para que la retribución sea justa.
- Hay una idea reiteradamente expuesta en la Doctrina social de la Iglesia que curiosamente los liberal-católicos no mencionan, y en la cual se encuentra la clave de la ilicitud moral y la injusticia del capitalismo. Es la idea de la primacía del trabajo sobre el capital. El trabajo, dice la Iglesia, no puede ser comprado como una vulgar mercancía. El capital, que es un factor necesario para el proceso productivo, no puede sin embargo erigirse hegemónicamente en único protagonista del mismo, ni disponer arbitrariamente el fruto del trabajo. El trabajo es un atributo humano, y por ello más merecedor de respeto que el capital.
Siendo esto así cabe preguntarse: si el beneficio obtenido por una empresa, que es la conjunción del trabajo y del capital que cooperan en el logro de un objetivo lucrativo común, es el fruto de la concurrencia de ambos factores, ya que el uno y el otro se necesitan mutuamente, ¿por qué la parte del beneficio que corresponde a la aplicación del trabajo queda íntegramente en propiedad del capitalista, que dispone de ella a su antojo? ¿Por qué a los trabajadores no se les permite intervenir en la gestión de esa parte del beneficio que ellos mismos han generado?
Esto no quiere decir que no se tenga en cuenta el riesgo que asume el empresario cuando invierte su dinero en la empresa. Se ha de tener en cuenta, y se le debe retribuir un interés en función de ese riesgo.
Tampoco quiere decir que no se tenga en cuenta que los trabajadores no podrían acaso dar fruto si no fuera porque están disponiendo de unas instalaciones, una maquinaria y unos medios materiales que el empresario ha puesto a su disposición. Por eso también habría que remunerar al empresario una cantidad por ese concepto. Lo mismo que si un señor quiere abrir una tienda, y no dispone en principio de dinero y de un local, acude primero al Banco, el Banco le concede un crédito, arriesgando un dinero. Luego, con ese dinero alquila un bajo, monta el negocio, se pone a trabajar, obtiene unos beneficios, y con esos beneficios va pagando el crédito, y va pagando el alquiler. Lo que no parece justo y razonable es que el Banco o el propietario del bajo, además de cobrar el uno su interés, y el otro su mensualidad, quieran disponer también del beneficio de la actividad laboral de su cliente y arrendatario.
En todo caso, parece lógico que no se puede obligar por fuerza al trabajador a tomar parte, para bien o para mal, en los beneficios o en las pérdidas de su empresa, y en la gestión de los mismos. Posiblemente haya muchos trabajadores que prefieran seguir siendo asalariados, por comodidad o por lo que sea. Pero lo que sí sería conveniente es que a todo trabajador se le diera la opción de poder escoger entre uno u otro modelo de contrato. Actualmente no existe esa posibilidad, con lo cual no hay tampoco verdadera libertad en ese sentido.
- Con respecto a la misión del Estado en lo concerniente a la economía, los católico-liberales propugnan que el Estado no intervenga en el mercado, que respete el principio de subsidiariedad, y que establezca un marco jurídico adecuado para que el sistema funcione.
Todo eso son generalidades, que así, sin más explicaciones, podrían ser perfectamente aceptadas desde una interpretación católica de la vida. Pero, en la práctica, el inmenso poder económico acumulado por los grandes capitalistas ha logrado imponer tal presión sobre los gobiernos que las legislaciones se han hecho y se hacen a favor de sus intereses y no del bien común, y en contra de los cuerpos intermedios; con lo cual, de hecho, consiguen que los Estados no se abstengan, sino que intervengan en la economía, pero a su favor, impiden la creación de marco jurídicos adecuados, y se cargan la subsidiariedad.
- Los católico-liberales ocultan que tanto Juan Pablo II como sus predecesores han condenado explícitamente el capitalismo moderno y contemporáneo, así como el liberalismo económico y político (no sólo el filosófico), y advertido que la injusticia y el fracaso del socialismo no hace del capitalismo una alternativa válida para la construcción de un orden social cristiano.
Algunos intelectuales reprochan a los políticos del PP que, por complejos, se proclamen liberales.
A. Martín-Aragón
Los liberales, como los malos poetas, son legión. Los hay por todos los lados y no dejan de brotar de cafés y paragüeros. Esperanza Aguirre se proclama liberal cuando quiere distinguirse del resto de colegas de partido. Lo hizo hace años y vuelve a hacerlo ahora, al reclamar una reflexión de ideas en su partido. José María Aznar también presumía de ser estandarte del liberalismo. No le vino mal la etiqueta: ganó dos elecciones.
"Hoy día, cuando un conservador no sabe cómo definirse, se denomina a sí mismo como liberal. Es una manera de caer simpático en una sociedad que abomina de términos como el de conservador o tradicionalista", ilustra el escritor y articulista Juan Manuel de Prada. En otras palabras, ser liberal es una moda, como lucir pantalones piratas o vestir ceñidas camisetas que dejan el ombligo al desnudo.
Nadie es liberal
Algo no encaja, sin embargo. ¿Son realmente liberales todos los que alardean de serlo? Mario Vargas Llosa comenta que "nadie puede ser liberal cuanto todos se enorgullecen de profesar el liberalismo". Algunos, pues, hacen trampas o manejan el lenguaje sin rigor ni mimo léxico. No obstante, el novelista peruano, ruidoso paladín de la libertad frente a la opresión desde sus años de adolescente, cree que aún quedan en Europa liberales sinceros y auténticos. Ahora bien, "si uno —matiza— quiere ser bien entendido cada vez que emplea los vocablos liberal y liberalismo, conviene que los acompañe de un predicado especificando qué pretende decir al decirlos". No basta, por tanto, declararse liberal a secas. Hay que especificar la estirpe a la que se pertenece.
¿Quiénes son liberales en España? “Para responder a esa pregunta—explica el filósofo Gustavo Bueno— hay que dejar claro antes qué se quiere significar con la palabra. El concepto liberal es multívoco. Se es liberal con respecto a algo o a alguien. Si una persona se denomina liberal a secas, no nos está aclarando lo que realmente es". Bueno subraya que la noción ha experimentado profundas transformaciones y manipulaciones a lo largo de la historia. Es un concepto averiado, socorrido, pero "no esclarecedor".
"En el siglo XIX —relata—estaba más claro lo que era un liberal: una persona que propugnaba la libertad individual como valor absoluto frente a la servidumbre que genera el poder absoluto".
Todos los males
"Actualmente es todo un problema determinar qué partido es más liberal". ¿Es liberal Esperanza Aguirre?" El pensador asturiano admite que no es fácil contestar a eso. "Aguirre será liberal o no dependiendo de qué ámbito hablemos: economía, política o cultura. Por ejemplo, uno puede ser liberal en economía y tradicional en la moral". De Prada no se detiene en personas y prefiere ir a las raíces. "El liberalismo —sentencia— ha sido una doctrina nefasta. Es el origen de todos los males actuales del hombre". En su opinión, "es una amplia y benévola etiqueta, concepto aplaudido por la derecha, un cajón de sastre". De Prada no columbra liberales en España. Pero no le preocupa, pues caso de hallarlos, preferiría estar lejos de ellos.
En el PP también hay controversia sobre la sobrementada noción. Esperanza Aguirre —lo crea o no— ha logrado introducir el gusanillo del debate ideológico entre su gente. José María Lasalle, secretario de Estudios del PP y diputado por Cantabria, reprocha, en tono amistoso, a la presidenta de la Comunidad de Madrid que ponga en duda el liberalismo del PP cuando el partido "lo ha asumido como soporte de la mayoría de sus propuestas". Lasalle es un liberal convencido. En un artículo, Liberalismo antipático, el político glosa la forma en que Rajoy ha adoptado "un liberalismo igualitario que trata de sintonizar con la compleja fisonomía ideológica y afectiva que irradian las sociedades abiertas después del Muro de Berlín".
Sea como fuere, el PP semeja un bullicioso salón de baile donde casi todos los invitados reclaman su derecho a ser tratados como liberales. "Les puede el complejo y el miedo a llamarse conservadores", opina De Prada. Miedo o inseguridad, el caso es que Aguirre seguirá pregonando que es la más liberal del barrio. Las palabras, en fin, son como brujas escurridizas y venales.
El grado de libertad no depende del peso que se le dé al liberalismo
Una cosa es la libertad y otra el liberalismo. "No todo el que exalta la libertad comprende su auténtico valor y su aplicación en la vida cotidiana". Son palabras del filósofo Gustavo Bueno. Juan Manuel de Prada lamenta que se aborde el problema de la libertad de manera tan chusca y festiva.
"Algunos políticos anuncian que, de alcanzar el poder, no prohibirán nada y que darán libertad a los ciudadnos para hacer de todo. ¿Se han parado a pensar el perjuicio que causa a la sociedad este tipo de pensamiento? La libertad es algo más complejo". Ambos autores coinciden en señalar que el liberalismo no es garantía de libertad.